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Supimos que una nubil esclava lo había pendido del aire, de cada servil línea de cabello. Había sólo que acariciar el silencio hasta las fronteras del tacto para recobrar aquellas largas trenzas y saber de la virginidad de la patricia, de la textura leve del rizo, de cada copo de carne conquistado. Y deslizar el sueño por las aristas del polvo para sentir la desnudez sin fondo de su cuerpo, el temblor primigenio de sus labios, la vibración última del sexo. Así, percibidas en un instante, las permutaciones de cada geometría levantada, de cada columna erecta, de cada resquicio de noche, contemplar la muerte misma peinándose, desenredándose del gozo, de la extensión de los órganos, de cada pulgada de espiga que se vence. |