(Fragmento)
En aquella mortecina mañana de octubre de 1595, a D. Juan le había vuelto aquella honda tristeza. No hacía más que leer el Oracional Tarraconense que encontró hacía varios años en la biblioteca de palacio. Recordaba que aquel día hacía un espantoso calor de agosto y que no podía conciliar el sueño. Se asomó por el amplio ventanal a contemplar las hermosas y olorosas huertas y aquel río llamado de la vida, porque, como la vida misma, una veces discurría ocioso, dulcemente quieto y manso y otras, con los primeros deshielos y tormentas, llegaba en riadas, impetuoso, con aquella apetencia destructora que todo lo encenagaba y hundía y arrastraba a su paso. Los últimos acontecimientos, desatados los nervios y destrozados los ánimos del cabildo, le quitaban el sueño. Y para su desgracia el verano le hacía más difícil soportar tantas noches de insomnio. Temblaba, Don Juan Alonso de Moscoso y López, mitad místico y mitad soldado, hombre de eficaz gobierno, al hacer recuento de los desafueros y desastres habidos en aquellas tierras desde la rebelión morisca, los desaguisados y desavenencias del cabildo, las penurias económicas de la curia, las desgracias de su precursor Fray Julián Ramírez Díaz, del hábito de Santiago. Y su temblor era mayor y más enfermizo cuando pensaba en aquel patriarca anterior, viejoinquisidor: Don Melchor Álvarez, dimisionario, que residía en la ciudad en olor de santidad.
Hacía dos días que el Secretario trajera aquella invitación tan inoportuna, cita tanto tiempo esperada y temida. El Secretario dejó con cuidado los documentos encima de la mesa y, entre ellos, aquella misiva ilegible rubricada por D. Melchor Álvarez de Vozmediano y Orozco, natural de Camón de los Condes, defensor que había sido en el Concilio de Trento del patronato de los Reyes sobre las iglesias, santo para algunos y obispo terrible para otros que fuera nombrado obispo de Guadix en los peores momentos y del que se decía que aplicó, por mandato del rey Felipe II, a las fábricas de la Catedral los bienes de hábices de muchos moriscos y los dineros obtenidos por la venta de mujeres y niños en los mercados de esclavos de Gérgal. Y que más tarde, arrepentido por sus acciones tan bien elogiadas por todos, pero tan contrarias con la doctrina cristiana, presentó al mismísimo rey la dimisión de aquella silla que había ocupado desde 1560.
Recordaba D. Juan que antes de acudir a la cita había pasado largas horas en oración, encerrado en su cámara modestamente amueblada con los escasos ajuares donados por los Marqueses de Cortes y Peñaflor. Y que había leído y descifrado el mensaje mil una vez, transformándosele el rostro poco a poco, tan amargo desde ese instante, tan descompuesto, que nadie le hubiera reconocido. Y que ausente iba de un lado a otro de la cámara hasta que el pequeño familiar preocupado por él entrara allí con un recado urgente. Entonces, salió sin decir nada, dirección hacia la casa de Don Melchor en el Barrio Latino. Muchos canónigos le vieron entrar en la casa y mucho se habló después cuando horas más tarde Don Juan dobló la esquina con el andar lento y denso como un dócil animal arrastrando su pesada carga y penetró en la catedral.