La carretera, en verdad, no era tal carretera sino un serpenteado y polvoriento camino delimitado por extensos y copiosos parrales. La carretera se empinaba y torcía vertiginosa en cada trecho, como si se abriera paso con el rugido del flamante Bentley.
-! Mon Dieu¡-exclamó con cierto enojo Jacques apurando el cigarrillo sin soltar las manos del volante.
De soslayo miró hacia la izquierda. Desde allí el valle desapareció un momento para más tarde mostrarse desangelado ante la vehemencia del desierto próximo. De su fertilidad quedaba aquella dulce fragancia de naranjos en flor que envolvía el aire. El sol giraba detrás de las montañas como la rueda de un castillo de fuegos artificiales, chispeante y rugiente con aquellos destellos que como fogonazos golpeaban los cristales del auto y cegaban de súbito al conductor. Allí, comprendió Jacques, la luz se hacía fruto y humana medida. Desde allí el valle parecía el más hermoso de los paisajes que jamás había visto. Los naranjos desprendían un enervante aroma y Jacques tuvo la sensación de tener aquella esencia pegada en el paladar como el resto de una golosina .
El automóvil dio varios saltos y parecía -remontando quietamente la cuesta-que iba a detenerse. Jacques notó como -al tomar una curva-el trípode golpeó contra una puerta. Pensó descorazonado que aquel viaje no tenía fin. De repente, la pendiente se hizo una recta que entraba directamente en el pueblo.
Un gran edificio de estilo neoclásico de dos plantas se reflejaba diáfano en el agua de una gran alberca.
-El balneario para reumáticos- se dijo, respirando hondamente con placer.
De unos caños corría limpia el agua directamente del balneario. Allí unas mujeres-tapadas las cabezas con velos negros- sacudían y restregaban la ropa contra los pilares. Un borrico abrevaba con remanso, mientras su dueño cargaba con cántaros el serón.
-C´est magnifique-gritó alborotado, sacando desde dentro del auto el trípode y aquella familiar cámara fotográfica que había pertenecido a su padre y al padre de su padre. Apenas puso el pie en el suelo, tuvo la impresión de que alguien le miraba desde alguna parte. Vaciló un momento, y después encuadró la imagen con las manos con meticulosa exactitud.
-Otro forastero-exclamó La Sole -Y mira que es guapo.
Las muchachas se volvieron hacia el fotógrafo con risa nerviosa. Jacques desde su posición las saludó, mientras preparaba la placa. Luego un fogonazo de luz sobresaltó al borrico. Y la mañana otoñal se hizo más clara un instante.
Un grupo de chiquillos persiguió el auto del francés hasta que se detuvo en la plaza. Era día de mercado. La plaza era recogida y apacible; tenía en el mismo centro un hermoso y centenario árbol rodeado de un pequeño muro que servía de banco. Jacques examinó la escena buscando un nuevo motivo para su arte. Su mirar se detuvo a contemplar la torre de la iglesia que sobresalía por encima de las casas. El reloj señaló el mediodía . Jacques preparó de nuevo la cámara. Respiró hondamente. Aquel viaje valía la pena-pensó feliz. Aquella escena era la que venía buscando: las mujeres se paraban ante los puestos ambulantes formados por mesas abatibles de madera repletas de alimentos , de objetos curiosos, de telas de suave tacto. En algunas fachadas colgaban ristras de pimientos colorados, alpargatas, aperos de labranza, piezas de caza.....Un perro husmeaba el suelo de tierra buscando algún resto de comida. El vendedor de carne le dio un puntapié malhumorado. Más a la izquierda otro vendedor repartía sal con hielo entre el pescado, espantando con aspaviento las moscas. Jacques lió un cigarrillo con parsimonia antes de que el fogonazo de luz encerrara en el tiempo aquella atmósfera delicada para siempre.
Durante los largos y melancólicos meses de Otoño, Jacques abandonaba Lyon. De repente, sin avisar preparaba sus cosas y sin decir nada desaparecía, aunque todos sabían bien que él, como las aves migratorias, buscaba en el Sur un lugar donde le diese el sol en la cabeza para avivarle el sentido y donde encontrar paisajes recónditos que fotografiar. No faltaba quien decía que Jacques estaba un poco chiflado y que era como las golondrinas. Lo cierto es que cuando asomaba la neblina y el aire se hacía espeso y frío barruntando tormenta, Jacques arrancaba su Bentley y reanudaba el oficio de su padre :un fotógrafo que presumía de haber sido discípulo de Louis Jacques Daguerre. No en vano le habían bautizado con el segundo nombre del inventor del daguerrotipo. En los meses de ausencia, Jacques jamás escribía a nadie. Llegado de nuevo el calor con la primavera ,sin avisar como se había marchado, regresaba cargado de placas de vidrio reveladas que durante semanas , encerrado en su cuarto, examinaba embebido.
En el taller de barrilería, Tobas modelaba la madera con destreza. Y sentado desde su banqueta dirigía a los aprendices, niños aún ,que daban golpes en los aros de metal hasta la medida indicada. Tobas se atusaba-irritado- la barbilla encanecida cuando alguno daba golpes de más o se entretenía con alguna fechoría. Todos en el taller apreciaban su trabajo. Decía que un buen barril era aquel que se fundía con el aserrín y con las uvas como un sólo cuerpo.
-La madera es algo vivo y hay que tratarla con cariño-dijo a Sebas con ternura. Pero el chiquillo no atendía al maestro, atento al ruido extraño que se oía desde lejos. En el recodo del camino apareció el automóvil brillante del francés. Y los aprendices dejaron sus herramientas con descuido para observar curiosos aquella máquina .
-Buenos días, monsieur-saludó Jacques. Tobas le devolvió el saludo con desdén, pero luego de saber que un día su imagen quedaría impresa en un libro de historia, intocable, adulta y sabia, acariciando la madera con ternura como se le atusa el pelo a un hijo, decidió posar para el fotógrafo.
Jacques permaneció mucho tiempo sin hacer nada."Mi arte consiste en esperar-hizo saber a los barrileros con énfasis-Atrapar la memoria necesita tiempo. No es cosa de improvisaciones. Ustedes a lo suyo".Tobas se atusó la barbilla y reanudó la tarea. Sebas se quedó quieto, una mano con el dedo pulgar metido en el bolsillo del pantalón y la otra sujetando el martillo que descansaba en la boca del barril. Reclinó la cabeza a un lado y puso mirada expectante hasta que Jacques se decidiera a poner la placa de colodión dentro de la cámara oscura. Nicolás , el hijo pequeño de Tobas, se abrochaba el botón del cuello del abrigo cuando Jacques disparó su haz de luz. Y todos quedaron de golpe sorprendidos.
Los días eran para Jacques-desde su llegada-luminosos y leves como el vuelo de un pájaro. Pero aquella tarde fue distinta, un pinchazo acabó de súbito con la bondad de su carácter. Cuando Tobas le encontró en el camino, tratando de cambiar la rueda, tenía los ojos enloquecidos, y según hablaba, su voz adquiría unos trémulos extraños. Lo cierto es que Tobas no le entendía nada de lo que decía y no sabía cómo ayudarle.
-Hombre de Dios, déjeme a mí-gritó arrebatándole la rueda-Ustedes los artistas sirven sólo para su arte. Y nada más-Sentenció rotundo sin que el francés pusiera resistencia-Donde se ponga un buen carro tirado de unos buenos mulos...
Jacques jadeaba. El sudor le escurría por la frente lo mismo que cuando pasaba días sin encontrar un motivo fotográfico para apresar en el interior de sus placas de plata. Le exaltaba una irritación creciente a causa de aquel maldito e inoportuno pinchazo, que se le agrió el rostro.
-No desespere. Todo tiene arreglo menos la muerte-añadió para tranquilizarle.
Cuando el coche arrancó, una sonrisa discreta de satisfacción se dibujó en el rostro de Jacques. Los dos hombres subieron la cuesta hablándose por señas porque el francés no encontraba palabras que traducir al español para expresarle su agradecimiento. Luego supo, en el bar, que una buena botella de vino es el mejor diccionario para sellar una buena amistad. También Tobas supo un día que una buena fotografía vale para lo mismo, cuando se vio allí , entre las páginas de aquel libro, delante del taller acariciando la madera con ternura, entornados los ojos por la gavilla de luz de la cámara, rodeado de sus aprendices, cada cual en su puesto; y descubrió que el tiempo estaba allí también con él, invisible, envolviéndolo todo , con su masa volátil, con su mano de nada. Al pasar la página también encontró una fotografía del pueblo, tomada desde el cerro Milano, hacia abajo. Su pueblo, extendido como una alfombra de seda blanca, con sus casitas y sus calles estrechas y empinadas .A lo lejos, el horizonte, en blanco y negro ,disipada la luz de Otoño.






