A Rosa María Rodríguez López
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Aquí, el desierto con su calcinada textura; aquí, el espejismo de un vaso de agua cristalina que apaga nuestra sed dudosa. Aquí, el cortijo almeriense, el brillo de una tarde lila, la rectitud, el pámpano, el vegetal dorado, la humana dimensión desnuda. Aquí, el movimiento perfecto de una mano frágil que se eleva hacia la línea, hacia la imagen, hacia el pétalo y que nos conduce suave, con su luz vertiginosa y pálida, hacia la pasión desmedida, hacia la indecisa primavera que nos envuelve, aunque falsamente, en nuestro delirio, en nuestro inmóvil vacío de sabernos hacedores del mundo. Y otra vez el amor, el dulce cereal sin fronteras, el hilo de un sueño sobresaltado, la nueva y muda aspereza de un boceto. |






