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LA HACIENDA Arrastraba con lentitud, por el luminoso y empedrado claustro de la hacienda, la maleta grande y grisácea a la que, por el desgaste, le chirriaban las ruedecillas haciendo que el equipaje fuera dando saltos y pequeños vaivenes de aquí para allá. Al ajustar de nuevo los tirantes de la pesada mochila, repleta de libros, se notó terriblemente cansado. Se detuvo un instante para mirar el hermoso y florido patio, coronado, en el centro, por una redonda y modesta fuente de un sólo surtidor, rodeada por una pequeña diadema de geranios blancos y rojos. El agua tintineaba luminosa. Salvador respiró hondo, seguro al fin, después de la larga travesía en avión. Miró la esfera del reloj y trató de calcular mentalmente la hora oficial mejicana. Un sentimiento de alivio le envolvió al saberse por fin allí. Recordó, sintiéndose los latidos del corazón y el respirar fatigado, cómo de repente se vio perdido en aquel oleaje de gente que llenaba el aeropuerto y que le empujó hasta la oficina de cambio desde donde buscó sin fortuna a la persona que le esperaba. Y cómo había recorrido un largo trayecto en autobús, después de pelear con aquel taxista enjuto y mordaz que intentaba engañarle para ganarse unos pesos de más, hasta llegar a aquella antigua hacienda de soberbio estilo colonial, antes monasterio y refugio de los cristeros, y ahora convertida en hotel y en centro de reuniones y congresos.. Al final del pasillo, una mujer con rasgos indios, vestida al uso de las criadas de los culebrones televisivos, terminaba de limpiar las habitaciones. Salvador la saludó amable, buscando inquieto su cuarto."Es aquí, señor", le indicó con voz aflautada, fijándose en el número de la llave. La habitación le pareció-al entrar- lúgubre y fría, iluminada tan sólo por aquel ventanuco imposible de abrir. Realmente la estancia era modesta como una celda de frailes: dos camas de madera toscamente labradas, una pequeña mesita que hacía las veces de escritorio y un perchero de pared. A la derecha, al lado del ventanuco hermético por el que la luz entraba difusa y opaca a través de unos cristales arañados por la persistente limpieza, estaba el cuarto de baño: Un sanitario, una ducha oculta tras una cortina de plástico verdoso con un estampado de flores y un lavabo estrecho. Salvador se lavó las manos después de mirarse en aquel espejo cuarteado y quebrado en un extremo, fijado en un ovalado marco de metal. Se atusó el cabello. Pensó que hacía mucho tiempo que aquella habitación no había sido ocupada por nadie y que le fastidiaba pasar allí toda la semana. Se descolgó la pesada mochila que dejó encima de un silla y examinó con atención la pieza. Las paredes olían a húmedo, a una especie de hedor retestinado y pegajoso envolviéndolo todo, como una maraña de olores imprecisos ensuciando aún más aquella atmósfera y descubrió, con asco, junto a la cama , la línea roja de sangre de un mosquito reventado con saña contra la pared. A lo largo del claustro se distribuían las habitaciones, repartidas desigualmente. Estas, al contrario que la suya, no tenían ventanas y la luz entraba directamente desde el patio a través de unas puertas acristaladas que ocultaban el interior con unos visillos de encaje amarilleados por el intenso sol. Salvador, al salir de la habitación, se detuvo en seco para no tropezar con una de las dos niñitas gemelas, de unos cuatro años, que se perseguían dando vueltas alrededor de la fuente. Una mujer rubia y hermosamente joven, con un plato de comida en la mano, las llamaba alterada. "Perdone, Vd... Son mis hijas!",le dijo con acento afrancesado."Es el señor Salvador Olive?, preguntó. Sorprendido, la miró a los ojos como no tenía costumbre a causa de su terrible timidez. Respondió cortés y fue informado que el resto de huéspedes llegarían por la tarde. Pero que algunos ya estaban allí y que podía encontrarles en el comedor: un antiguo granero situado al final de la hacienda, junto al gran muro que, como una línea fronteriza, separaba ésta del pueblito y al que se accedía, después de subir unas cuantas escaleras, por una pequeña puerta de madera. Desde la entrada del edificio principal, con la fachada de un anaranjado cobrizo, a izquierda y derecha, se abrían al exterior unos anchos soportales en los que se distribuían mesas y sillones de mimbre y desde donde tranquilamente se podía contemplar el resto de edificios. Hacía un hermoso y soleado mediodía. A Salvador le pareció todo una vista agradable. Y le sobresaltó la idea de no encontrar allí a Marga a la que había conocido en Europa, hacía unos años atrás, con ocasión de un simposio internacional sobre la didáctica de la literatura.Trató de recordar la figura de aquella profesora mejicana, de estatura mediana, ojos achinados, piel de oliva y con aquella larga trenza carbón que se le balanceaba al caminar y que le ocultaba un cuello frágil y esbelto, digno de una venus griega. Pero advirtió que su imagen era un enorme borrón, una inmensa mancha de color en el lado más oculto y secreto de la memoria, como si un vehemente huracán arrasara con todo y no hubiera dejado a su paso más que desastre y un montón de ruinas. Como si de repente una parte de su historia vital y personal se hubiese desteñido, desvanecido como la escritura en un papel mojado. Y entonces se sintió aturdido e inquieto. Cuando aquel hombre, delante de él, se presentó, le temblaron las manos. -Soy Luis, el dueño de la hacienda. Usted no me conoce, pero yo le he leído tantas veces..., -le dijo alargando la mano en un caluroso y agradecido saludo. -Perdone...-respondió Salvador Olive, levantándose del asiento. De pronto, recordó fulgurante, como si un relámpago hubiera abierto de par en par su cabeza rebuscando en todos los cajones de la memoria, la imagen de Marga paseando a su lado bajo los grandes árboles, camino del Château de Bossey, en aquella fría y desangelada tarde. Y también recordó su voz suave y calurosa. Y la olor de su pelo negro y el movimiento de su cuerpo redondo de muñeca. Y el color marrón de sus ojos dulces y adivinos. Mientras Luis le mostraba los jardines y las habitaciones y le explicaba todo lo que se esperaba de él en aquella semana, Salvador se agarró fuertemente a la imagen de Marga, trató de retenerla en la mente con fuerza para que no se difuminara más, con la misma fuerza y ternura de un niño que atrapa una mariposa entre sus dedos y que escapa al final frágil y repentina en un instante de descuido. -Perdone.Está cansado..?-preguntó Luis al observar que Salvador andaba en sus pensamientos, lejos de allí, lejos de todo. -Sí, un poco. Pero no se preocupe, todo esto, este pueblito, me parece tan nuevo, tan maravilloso...-respondió con sequedad. Frente a la puerta que se abría en el muro, había una pequeña plazoleta donde se instalaba un pequeño escenario para la banda de música que-como anunciaban unos carteles pintados a mano- tocaba en el baile aquella misma noche. En el centro, se levantaba espigada y testimonial la iglesita , bordeada por unos cuantos y aromáticos limoneros. En el suelo de tierra, en círculo, los niños y niñas recibían la lección del catecismo, en silencio, atentos a las palabras de las chicas mayores. Salvador siguió a su acompañante hasta el interior de la iglesia. Un San Antonio rudimentario de madera policromada presidía el altar en el que unas ancianas encendían unas candelillas, mientras sus labios mascullaban algún rezo , sin apenas poner demasiada fe para ser escuchadas. Tenían los ojos abultados por el llanto y en sus frentes un surco hondo y espeso de arrugas señalaba el paso de los años como los anillos de un viejo y retorcido roble vencido por el viento. Al salir, un campesino de voz quebrada, apoyado el cuerpo contra en el muro, les saludó. Luis se detuvo. Entonces Salvador se despidió, adherido al hierro ardiente de la memoria para no dejar escapar a Marga que le miraba tierna y mansa como una gata, bajo los grandes árboles de aquel camino abierto en el bosquecillo, dirección al Château de Bossey, en aquella tarde suiza fría, lluviosa y desangelada. Mientras sentía cómo aquella mujer madura y tierna le miraba y le sonreía con aquella sonrisa grande que como el viento del oeste entraba en sus entrañas y le removía el corazón con fuerza, con una fuerza total como no la había sentido jamás. Salvador era un hombre cuarentón, alto y un poco encorvado, pero de buena presencia, que no había conocido más amor que el de su madre y sus tías. A Salvador se le conocían pocas novias y ninguna amante. Se decía que había perdido su juventud entre libros, embebido en lecturas inútiles hasta alta horas de la madrugada en aquella biblioteca inmensa que perteneció a su abuelo, un hombre aventurero , afable, inteligente y astuto que había hecho fortuna en oscuras empresas. Y que un día no se sabe bien porqué lo había abandonado todo, mujer e hijas, y al que encontraron muerto una noche gélida de invierno en Santiago de Compostela a las puertas de una hospedería.A Salvador le quedaba reflejado en la cara, como un navajazo, la amargura de la familia. Aquella amargura de su abuela enloquecida y encerrada en la casa hasta que un día decidieron las hijas sacarla a la fuerza y la encontraron desnuda en un rincón con los ojos abiertos mirando al techo, con aquella mirada ausente, imprecadora, tan vacía. Aquella imagen de la abuela atolondrada como una polilla alrededor de un foco, se quedó pegada en el rostro de Salvador , dentro del vientre de su madre, como un maldito antojo. Nada supo del abuelo ni de su trágica y solitaria muerte hasta que encontró su fotografía, oculta en la mesilla de noche de aquel dormitorio destartalado. La fotografía se había deslizado y caído al fondo cuando su madre y sus tías arrasaron como un voraz incendio todo rastro y resquicio del paso del abuelo, Don Genaro, por aquella casa. Faltó entonces rebuscar entre sus muros, horadar sus paredes, desmenuzar las pisadas secretas en los corredores, desbrozar cada brizna de vida , hacer desaparecer el aliento y el humus de aquella casa para destruir totalmente la presencia de aquel hombre cruel que las abandonó un día. Pero bastó aquella fatídica fecha en la que Salvador niño rebuscó en la mesita de noche, para desatar la más turbulenta de las tempestades y reavivar , como si se tratara solo de un letargo, aquello que todas secretamente habían tratado de ocultar. Su madre le arrancó de aquellas manos prietas la fotografía de aquel hombre esbelto con un pequeño mostacho perfilándole las comisuras de los labios; de aquel hombre de mirar alegre, con aquella mirada traviesa y huidiza, vestido tan elegantemente con aquel traje de la época. Desde aquel día se le quedó a Salvador , como una señal, la amargura de la familia en el rostro y una enorme soledad uncida como un ejército de garrapatas a las costillas. Y también aquella extraña forma de descifrar las cosas y la manía enfermiza de leer en aquella inmensa biblioteca aquellos libros inútiles, aquel montón de papeles guardados con el cuidado de un coleccionista, esperando tal vez nuevamente un indicio, algún extraño mensaje con el que reconstruir la verdadera historia familiar .En aquellas horas de lectura, aprendió Salvador el amor por la literatura y a fabular con un estilo original y limpio como nunca nadie lo había hecho. Ya a sus veintisiete años, había ganado numerosos premios literarios y había imaginado para los demás, que no para sí, las más maravillosas vidas. Pero nada de esto le había valido para ser feliz. En las fiestas y reuniones interpretaba, para ocultar sus temores, al personaje principal de una de sus novelas :un joven locuaz , dichero, simpático y un tanto ligón. Pero acabada la velada, cuando todos se retiraban contentos de haber conversado con un hombre excepcional, a Salvador , en su soledad más sola, le quedaba aquel poso de melancolía que le había impedido, desde muy joven, mantener cualquier relación amatoria. Y ahora en aquella hacienda, a la que había venido poniendo por excusa el estudio de su obra literaria, a sus cuarenta y siete años, Salvador supo que si no volvía a encontrar a Marga, a la mujer que conoció en Celigny, la oportunidad de amar se le escaparía para siempre. El borboteo del agua interrumpió el Nocturno de Chopin que tanto le gustaba escuchar cuando todos en casa ya dormían y élla, cansada de todo el día, arrancaba unas horas al sueño. Sobre la mesa dejó entre las páginas del libro aquel sobre azafranado con aquella carta apresurada de despedida. Caminó despacio hasta la cocina, acompañada de Mina, su gata. Preparó con cuidado una taza de poleo menta sin azúcar. Y repantigada nuevamente en el sofá reanudó la lectura: "Te escribo, Marga, esta mañana suavemente temprana, antes de partir, a solas contigo sin saberte a no ser por esos recuerdos que me han dado tu compañía en horas de alta intimidad. No para decirte nada, que nada puedo decir sin olvidar el respeto que te debo. Lo que hayas vivido porque lo aprendiste, lo que no porque sólo tu podrás enseñartelo. Tan sólo por estar contigo esta mañana, yo, conmigo, cuando me leas, tú. Porque me marcho y te quiero, te escribo lo que no tendré ocasión de decirte, no porque el tiempo no quiera, que es nuestro cuando lo buscamos; sino porque los sentimientos hondos que nacen del corazón se me estrellan en el quicio de una boca demasiado tiempo abierta a la palabra. Te esperan fuertes pruebas, nunca mayores de lo que eres capaz. Cuajar la soledad. Rumiar una desesperanza que los años te irán incrementando. Sacar mayores fuerzas de un tiempo que se te está agotando, Marga, contínuamente. De todas esas pruebas teme sólo la marcha definitiva de quien te quiera, porque será lo único que te hendirá el alma en un desesperado gesto de impotencia y de rabia. Todas las demás cosas no tienen importancia mientras siga aumentando ese caudal de amor con que te abrazas día a día a las vidas de los que contigo sufren y se alegran. Me llegaste hace muy poco, Marga, pero directa y honda. Por eso esta mañana me desnudo lentamente ante ti en este ritual sagrado del amor, para decirte que estoy aquí asomado, no sé muy bien porqué, a este querer saber las cosas que no entiendo. Que quiero y necesito que me sepas a tu lado siempre .Y te espero, Marga, siempre, viviendo como quiero encontrarte cuando llegue. Con las manos contentas y el corazón en paz, alegremente abierto a tu presencia. Salvador." Al releer nuevamente aquellas líneas escritas con estremecido pulso, Marga sintió los latidos alterados de su corazón. Quiso engañarse, en la soledad de sus horas más tranquilas, con falsos argumentos, pero aquella escritura pequeña y compulsiva le hizo recordar, mientras Mina la miraba felina y cómplice. Al tocarse los labios con la punta de los dedos ,notó que la belleza se le disipaba como las flores en un centro de mesa y que saberlo le dolía profundamente. Los años no habían pasado en balde por su cuerpo. Se palpó el vientre. Estaba cansada de luchar día a día contra todo y todos, de abrirse a codazos paso en la vida y de aguantar tanto revés. El piano dio la última nota del Nocturno. Y respiró compungida. Claro que tenía ganas de verle de nuevo. De olfatearle como un animal. De acariciar sus manos. Y mirarle a hurtadillas mientras él hablaba de sus sueños con aquella voz tenue y dulce de pájaro. A lo lejos el ladrido de un perro se oía lastimero. Había guardado tan secretamente aquella carta que ahora no le importaba hacerla pública, dejarla allí para que todas la leyesen, para que todos supieran que era capaz de amar, de hacer algo importante además de fregar y cocinar y de ocuparse tanto de los demás que se había olvidado de sí misma. Las varices-como raíces inmensas que le crecían hacia dentro en aquellas piernas firmes y hermosas que fueron un día- le dolían más que nunca. Y sintió que la sangre se le agolpaba en un solo punto y se petrificaba .Soy una piedra,pensó mientras sorbía nuevamente un poco de líquido. Y el aroma del poleo se le quedaba pegado en la nariz. Todavía recordaba las horas interminables de aquellas noches en las que trataba de empujar el tiempo hacia tras, de remover el pasado hasta el punto en el que creía que los sueños podrían hacerse realidad. Un deseo nuevo estaba experimentando por primera vez en su vida. Tal vez un deseo reprimido, secreto, como el último rescoldo vivo de una hoguera. Era un deseo distinto a todos que podía masticar y saborear. Imaginó entonces el rostro desesperado de su marido leyendo la carta. No. No podía por más tiempo soñar despierta, refugiarse en aquella historia de amor que la hacía enloquecer, pero que era el mejor remedio para hacer su mundo más fácil, más llevadero; para ocultar que se había equivocado tantas veces. Apretó la taza caliente con fuerza entre las manos. Por un instante pensó que lo más acertado era romper aquella carta en mil trocitos pequeños y tragárselos para que nadie nunca encontrara el más mínimo indicio de su infidelidad. Pero aquello, meditó más tarde mientras atusaba el suave lomo de la gata, sería como destrozar lo único maravilloso de su vida, como desprenderse de aquello que la sujetaba fuertemente a aquella casa y a su hijo, como arrancar el cordón umbilical que la unía inexorablemente a un tiempo y a un espacio, a la memoria. Aquella carta se había convertido en su única victoria. Aquella victoria que se enarbolaba por encima de la angustia y de las horas, que hacía su vida más esplendorosa, más noble... y que la protegía del presente y de lo inútil de las cosas y la hacía sentirse, cuando el avispero del insomnio le zumbaba en la cabeza y le aguijoneaba los párpados, nuevamente hermosa y deseada. Trató de sacudirse la cabeza pero aquel dolor tan fuerte se le clavó cada vez más - como un cristal roto- en las sienes. En el silencio de la noche, desde la sala de estar, oyó el respirar ronco de su marido y el goteo intenso del grifo del lavabo. Y supo que en aquella casa, su casa, había estado siempre sola. |

