HOMOSEXUALIDAD
Y CRISTIANISMO
JUAN JOSÉ
TAMAYO, director de
MADRID.
ECLESALIA, 18/01/06.- La relación
entre homosexualidad y cristianismo es un tema complejo, sobre el que no se
suele hablar con serenidad y equilibrio. Se opera con estereotipos, prejuicios
y concepciones míticas, debido a una educación religiosa y cívica caracterizada
por la homofobia. Faltan objetividad, rigor y respeto
en el tratamiento sobre el tema. La
tendencia es a la descalificación. Antes de informarse, la gente opina y
no precisamente para comprender sino para condenar.
El primer dato a tener en
cuenta en esta materia es el amplio pluralismo que existe entre los colectivos
de cristianos y cristianas (aquí me circunscribiré a los católicos). Por una
parte están las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al
menos externas, y de algunas organizaciones católicas que consideran éticamente
desordenada la mera inclinación de la persona homosexual; califican la práctica
homosexual de inmoral y abominable; acusan a los gays
y lesbianas de personas depravadas, virus para la sociedad y moralmente malos;
comparan a los matrimonios homosexuales con la acuñación de moneda falsa y les
aplican valoraciones como éstas: corrupción y falsificación legal de la
institución matrimonial, retroceso en el camino de la civilización, lesión
grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia, atentado
contra la armonía de la creación, quiebra de la estabilidad social en su
entraña más profunda y desfiguración de la imagen del hombre y de la familia. A
su vez, expresan su dolor por los perjuicios causados a los niños entregados en
adopción a esos “falsos matrimonios”.
De otra parte
están los planteamientos de numerosos colectivos de teólogos, teólogas, grupos
de base, lesbianas y gays cristianos, que disienten
de la jerarquía y la acusan de beligerante y totalitaria. Estos colectivos
defienden un modelo de convivencia caracterizado por el respeto y la libertad,
justifican la homosexualidad como una forma legítima de ejercer la sexualidad,
reclaman el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio tanto
civil como religioso, ya que son unidades de convivencia y afecto en igualdad
de condiciones que las personas heterosexuales, y a la adopción.
Los puntos de acuerdo entre
la jerarquía y los colectivos citados son mínimos, por no decir nulos. La
fractura no puede ser mayor. Intentando objetivar el tema, creo que el problema
de fondo radica en una serie de distorsiones que paso a explicitar.
1. La primera es la tendencia a considerar como ley natural y
divina lo que en realidad son normas eclesiásticas. Es la estrategia de los
obispos y de sus asesores -entre los que se contaba hasta su fallecimiento el
banquero Rafael Termes-, para imponer a toda la ciudadanía una concepción del
matrimonio y la sexualidad que pertenece a la doctrina moral de
2. La segunda distorsión,
consecuencia de la anterior, es la no
aceptación de una ética laica,
válida para todos los ciudadanos y ciudadanas, independientemente de sus
creencias e ideologías. El proceso de secularización ha establecido una
justificada separación entre la esfera religiosa y la cívica, que los obispos
harían bien en respetar y, a partir de ahí, colaborar en la búsqueda
consensuada de unos mínimos de ética laica compartidos por todos los ciudadanos
y ciudadanas, dentro del respeto a las normas morales de las distintas
tradiciones religiosas.
3. La tercera es interna al
propio catolicismo y me parece fundamental desde el punto de vista teológico.
Consiste en una lectura fundamentalista
de los textos bíblicos relativos a la homosexualidad. Voy a poner un par de
ejemplos. El primero es el de Sodoma y Gomorra (Gn 19,1-11). Según la interpretación tradicional, el
pecado de los habitantes de esas dos ciudades fue mantener relaciones
homosexuales. Sin embargo, según la interpretación que hoy parece más correcta,
lo que se condena no es la homosexualidad en sí, sino la dureza de corazón de
los sodomitas, la violación de hombre con hombre, que implica una humillación,
la ofensa a los extranjeros a quienes
Lot había acogido en su casa ejerciendo la virtud de
la hospitalidad. La teóloga norteamericana Alice Winter demuestra que el pecado de estas dos ciudades se
concreta en un sistema de injusticia y opresión defendido por una pequeña elite
para asegurarse una vida en abundancia y ociosidad a costa de los pobres. En
definitiva es la falta de hospitalidad
para con los extranjeros lo que se condena.
El segundo ejemplo son las
prescripciones del Levítico. En un
texto de este libro (18,22) se califica la homosexualidad masculina como
abominable. En otro (20,13) se dice que si un varón se acuesta con otro varón,
ambos cometen una abominación y deben morir. Los dos textos deben ser leídos en
su contexto. En la legislación hebrea se ordena pena de muerte para quienes
maldicen a sus padres, para los adúlteros, los incestuosos y los pecados de
animalismo. Se considera igualmente abominable mantener relaciones sexuales con
una mujer durante la menstruación. Por el contrario, se permite vender a la
hija como esclava, poseer esclavos, tanto varones como hembras, siempre que se
adquieran en naciones vecinas. Se establece la pena de muerte para quien transgrede el precepto del descanso sabático y osa trabajar
el séptimo día. Se prohíbe acceder al altar a toda persona con algún defecto
corporal. ¿Hay que interpretar estos textos en su sentido literal?
Decididamente, no. Lo que estas prohibiciones quieren poner de relieve es el carácter
peculiar del pueblo hebreo como pueblo de Dios, que se distingue del resto de
los pueblos. La condena de la homosexualidad así como otras prácticas no se
basa en razones sexuales sino en razones religiosas. El problema no se plantea
en el terreno moral, sino en el de la identidad étnica y el de la pureza.
Yo creo que el conflicto o la incompatibilidad entre cristianismo y
homosexualidad carecen de base tanto antropológica como teológica. Coincido con
el teólogo holandés Edward Schillebeeckx
en que no existe una ética cristiana respecto a la homosexualidad. Se trata de
una realidad humana que debe asumirse como tal sin apelar a valoraciones
morales excluyentes. A mi juicio, no existen criterios específicamente
cristianos para juzgarla. La incompatibilidad en el cristianismo no se da
entre ser cristiano y ser homosexual, sino entre ser cristiano y ser insolidario, entre ser cristiano y ser homófono, o, como
dice el evangelio, entre servir a Dios y al dinero.
La teología del matrimonio
con la que operan de manera generalizada no pocas iglesias cristianas se
elaboró en una cultura, una sociedad y una religión homófobas
y patriarcales, que imponían la sumisión de la mujer el varón y la exclusión de
los homosexuales de la experiencia del amor. Hoy se necesita reformular dicha
teología, para que sea inclusiva de las distintas tendencias sexuales que deben
vivirse desde la libertad, el respeto a la alteridad, dentro de unas relaciones
igualitarias y no opresivas. Los teólogos y las teólogas tenemos aquí un papel
importante que jugar, pero sin dogmatizar, sino desde la apertura a las nuevas
investigaciones científicas en esta materia y desde la sensibilidad hacia los
nuevos modelos de pareja, pero sin anatematizar a priori ni moralizar. Antes de
juzgar, y en algunos casos de condenar, haríamos bien en salir del
analfabetismo enciclopédico en que con frecuencia estamos instalados los
cultivadores de la teología. Primero estudiar, informarse. Seguro que el juicio
entonces estará más razonado y será más comprensivo y tolerante. El dogmatismo
nunca ha sido buen acompañante de la reflexión y menos aún de los juicios
morales. (Eclesalia Informativo
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