Juan
Pablo II, ¿icono efímero de la postmodernidad?
Balance
de un pontificado.
Jaume Botey,
de Cristianos por el
Socialismo
10 de abril del 2005
Qué
cambió el Vaticano II
Son ya muchos los autores que desde
la muerte de Juan Pablo II han dicho que lo que ha caracterizado teológicamente
este pontificado ha sido la infidelidad objetiva a los principios que
inspiraron el Vaticano II. Lo cual significa que para valorar lo que estos más
de 25 años han supuesto de “contrarreforma” hay que ver en primer lugar lo que
aquél acontecimiento, cuyo alcance sorprendió al propio Juan XXIII que lo
convocó, significó de cambio revolucionario en la historia dos veces milenaria
de
No fue tanto una revolución por el
contenido de sus grandes declaraciones, que también, sino por el método
escogido. Ante el cambio fundamental que estaba experimentando el mundo y las
cada ves más distantes relaciones de la
iglesia con él, por primera vez en dos mil años la iglesia se preguntó por el
punto de partida de su fundamentación teológica. La pregunta fue: “desde dónde
conocemos a Dios?”. Porque los grandes conceptos que a lo largo de dos mil años
ha manejado el cristianismo procedían, más que de la biblia, del molde griego
de nuestra cultura. De ahí, por ejemplo, el concepto del Dios-poder, del
Dios-que-lo-sabe-todo, del Dios-autoridad. Sobre este modelo del
Dios-allá-arriba se deducía la concepción pesimista del hombre y de la materia
y un modelo de iglesia más como calco de la organización piramidal del imperio
romano que una comunidad de fe.
El sólo hecho de formular la
pregunta era ya una valentía por parte de la iglesia porque suponía la
posibilidad una perspectiva nueva. Y la
respuesta del Concilio no dejó lugar a dudas: a Dios se le conoce
- desde la
misma historia, no por lo tanto a partir de conceptos filosóficos,
- desde las
personas pobres, como sacramentos o señal de Dios
- desde un
mundo definitivamente laico y adulto, que no necesita ya la tutela de la
religión o la iglesia,
- desde el
ecumenismo o la vivencia que las
diferentes confesiones religiosas no son sino diferentes caras del mismo Dios.
Se evidenció la posibilidad de un Dios hermano,
próximo y se miraba por consiguiente el mundo con confianza y el progreso
científico o moral como la positiva presencia de este Dios encarnado en los
acontecimientos.
En el S. XVI Copérnico había cambiado la visión que
hasta entonces se tenía del sistema solar y de la relación Tierra-Sol. A ello
se le llama revolución copernicana. El Vaticano II supuso una revolución copernicana
en teología. En lugar de una teología de arriba a abajo, deductiva, a partir de
los grandes principios, se cambió la perspectiva, se construyó una teología de
abajo a arriba, a partir de la lectura de los acontecimientos.
La historia, el pobre y el mundo se convierten en
"lugares teológicos". En lugar de distinguir entre Historia profana e
historia de salvación el Concilio enseñó a ver la historia, toda ella, como un
único hecho de salvación y a saber ver la dimensión positiva de los acontecimientos.
En lugar de ver en el pobre el simple objeto de caridad al que habría que
ayudar, el pobre se convierte en señal de Dios. En lugar de pretender moldear
la realidad a partir de una supuesta Fe-Verdad eterna que poseyéramos en
exclusiva, se empezó a participar en la transformación de este mundo en
igualdad de condiciones a los demás hombres y mujeres.
Restauración
doctrinal
Pero el proyecto de Juan Pablo II iba exactamente en
dirección contraria. Había participado en el Concilio y había manifestado en él
su preocupación por el tema central del mismo, las relaciones iglesia-mundo,
pero desde una óptica diametralmente opuesta a la que finalmente fue aprobada.
Sus aportaciones al famoso Esquema XIII o constitución Iglesia-mundo fueron
rechazadas. Sus convicciones venían muy condicionadas por la experiencia del
catolicismo polaco, perseguido tanto por el nacismo como por el comunismo pero
cimiento de la nación y culturalmente hegemónico en ambas expresiones de
resistencia política. Para el nuevo papa la modernización de
Para una operación de esta envergadura había que
empezar por restaurar la imagen de Dios. Debía volverse a su imagen preconciliar y a la teología
preconciliar hecha de conceptos y definiciones. Y apareció el Dios del poder,
autoritario e intransigente, el Dios de arriba-a-abajo y el Dios del pecado
porque el monopolio de la salvación que pretende poseer
Se esquiva el gran descubrimiento de la teología
moderna y del Vaticano II: que la teología y toda verdad cristiana tiene como
referente fundamental la narración, un hecho histórico. Se vio bajo sospecha
por consiguiente toda expresión teológica que pudiera simpatizar con el Dios
que se descubre a través de los signos de los tiempos y que protagonizan las
personas, sean o no cristianas; con el Dios que se descubre en el rostro del pobre
y en las luchas por su liberación; con el concepto de Iglesia como pueblo que
camina junto a otros pueblos; con una liturgia excesivamente participada en la
que no queden bien definidos los ministerios, la autoridad, la distancia entre
lo sacro y lo laico.
Quizá la más emblemática de todas ha sido la condena
de
Subrayando el carácter contextual de la reflexión,
esta teología necesitaba, como toda elaboración moral o social, instrumentos de
análisis de economía o de sociología para establecer correctamente el punto de
partida y en algunos casos se utilizaron los métodos de análisis marxista.
Aunque quedaba claro que ni Gustavo Gutiérrez ni Boff ni Ellacuría ni Jon
Sobrino ni monseñor Romero o Pedro Casaldáliga eran o son marxistas sí que
intentaban hacer una reflexión acerca de los acontecimientos a partir de la fe
y con los instrumentos de las ciencias sociales. “Nosotros no asumimos el
marxismo para explicar el misterio de
Pero la reacción de roma fue fulminante. Se condenó
teólogos, se trasladaron obispos, se partieron diócesis, se cerraron
seminarios, se amenazó a editoriales, se hicieron desaparecer las comunidades
de base. La misma iglesia reconoce ahora que esta condena se está pagando cara
en América Latina: hoy el catolicismo está allí en clara regresión frente a la
proliferación de las sectas. Los entendidos dicen que cada día son 12.000 los
latinoamericanos que abandonan el catolicismo para ir a las sectas y después hacia
la nada. Por otra parte tal condena no se hacía desde la fe sino desde la
política, y más en concreto desde la política que gusta oír a los ricos. La
teología de la liberación, avalada con tantos mártires, hubiera deseado
escuchar más una palabra profética y de aliento que una palabra política.
Lo ocurrido en Nicaragua en la famosa visita de 1983
(recordemos el dedo acusador dirigido a Ernesto Cardenal, su homilía
innecesariamente agresiva contra la iglesia de base y su grito contra la
multitud que le pedía oraciones para sus muertos), lo ocurrido en El Salvador
casi responsabilizando a Monseñor Romero o a los jesuitas de
Y ello independientemente que Juan Pablo II, sobre
todo en la segunda fase de su pontificado, tuviera mensajes socialmente
avanzados. Pero así como en repetidas ocasiones condenó al marxismo “en su
esencia”, el capitalismo o neoliberalismo fue condenado sólo “en sus excesos”,
en sus aplicaciones. Uno de los instrumentos de elaboración y difusión de la
doctrina social de la iglesia es
Pero no sólo se condenó
En el plano de la moral es conocida la insistencia de
Juan Pablo II en la defensa del modelo tradicional de familia, a favor del
respeto a la vida, contra el aborto, la contracepción, la eutanasia y su
obsesión por lo sexual en todas sus manifestaciones. Es cierto que algunos de
estos valores pueden ponerse en peligro con el relativismo de una sociedad
postmoderna. Pero la falta de consideración de las condiciones sociales o
psicológicas en la que viven millones de personas y las dramáticas
consecuencias de sus posiciones ultra ortodoxas pueden conducir, como en el
caso del Sida en África, a una catástrofe social y humanitaria y en
consecuencia a la falta de credibilidad del mensaje. Sólo el fanatismo puede
conducir a la despiadada actitud que significa condenar a muerte a millones de
personas a partir de criterios supuestamente evangélicos y que nada tienen que
ver con la piedad puesta de manifiesto en los mismos relatos evangélicos. Algún
día la iglesia deberá también pedir solemnemente perdón a los homosexuales o
por el genocidio causado con su doctrina entre los pobres de África.
Por otra parte es obvio que, a la vez que la sociedad
va elaborando su propio código moral acerca de estas cuestiones, en el mundo
occidental y económicamente desarrollado tales recomendaciones tienen poco eco
incluso entre sus mismos fieles. En una sociedad progresivamente laica, ya no
es la iglesia la única fuente de moralidad.
La restauración del Dios distante y el rigorismo
moral son dos componentes fundamentales que determinan el pesimismo
antropológico y cultural de la teología de Juan Pablo II, paradójicamente en
tantos aspectos cercana a la teología del poder del neoconservadurismo de EUA
de herencia protestante y que domina la actual administración Bush.
Parece como que el criterio fundamental que guiaba a
Juan Pablo II era que la evangelización se ejerce desde el poder. Quizá influyó
en esto la concepción mesiánica que tenia de su propia función. De nuevo esto
significaba dejar de lado el espíritu del concilio que afirmaba que la
evangelización sólo será posible desde los pobres y con medios pobres.
En su documento fundamental sobre la iglesia (la
constitución Gaudium et Spes) el Concilio veía el papel de ésta en el mundo
“compartiendo las alegrías y esperanzas de la humanidad” cumpliendo un rol de
inspiración moral, nunca como el ejercicio de un poder. Sin embargo pronto se
puso de manifiesto que el proyecto del nuevo papa era la recristianización del
mundo y una cierta concepción teocrática de la sociedad y del ejercicio del
poder. Se trataba de poner el mundo y en primer lugar Europa bajo la autoridad
de Dios y a la iglesia en un sitio de privilegio entre las potencias de este
mundo. Gráficamente, seria como la restauración en el S. XX del medieval Sacro
Imperio Romano Germánico.
Ello significaba un proyecto político de largo
alcance con dos frentes: la lucha contra el comunismo ateo y la lucha contra la
laicidad del mundo occidental. Sin lugar a dudas se puede decir que éstos han
sido los dos objetivos explícitos en
política exterior de su pontificado. A pesar de que reiteradamente
condenó la intervención de los sacerdotes en política, probablemente él ha sido
el pontífice del siglo XX con la más decisiva intervención política, la caída
de los regímenes del este. Con la sutil diferencia que cuando los sacerdotes de
la teología de la liberación luchaban a favor de los pobres su intervención era
condenada “porque intervenían en política” pero cuando él intervenía a favor
del sistema o se exigían privilegios económicos o políticos para a iglesia,
todo esto se hacía “por exigencias pastorales de los fieles”.
El sindicato Solidarnosc se financió con fondos de la
santa sede, del banco del Espíritu Santo y con la mediación del banco
Ambrosiano. A raíz de esto salió a la luz pública una larga serie de escándalos
de los que será difícil que algún día se llegue a conocer la verdad. Estuvieron
involucrados el cardenal Marcinkus, responsable del Instituto de las Obras de
La lucha anticomunista exigía hacia dentro una
iglesia fuerte y disciplinada y hacia afuera una amplia alianza con otras
fuerzas económicas y políticas. De ahí los compromisos con los EUA, las
organizaciones norteamericanas que canalizaban los fondos hacia solidarnosc y
las mismas visitas de Reagan al Vaticano. Y de ahí asimismo la tolerancia con
los regímenes dictatoriales de derecha como los de Chile, Argentina o
Filipinas. Todos estos escándalos se ponen de manifiesto, entre otros, en el
libro “A la sombra del papa enfermo” del colectivo anónimo Discípulos de la
verdad.
Era necesaria también la lucha contra la
secularización de la sociedad, la laicidad, el hedonismo, la recristianización
de la moral en un mundo laico y progresivamente autónomo de los criterios de
Esta “nueva evangelización” ha impulsado un tipo de
espiritualidad, a menudo exigente en cuanto a comportamientos personales, pero
desencarnada y alejada de los compromisos sociales, valorando fundamentalmente
lo afectivo e interpersonal y que se ha desarrollado sobre todo en los
movimientos carismáticos. Fuera de esto, importante pero minoritario, el
resultado de los mensajes del papa en este aspecto ha sido tan efímero como
todo lo mediático. Eso no significa necesariamente rechazo social al mensaje o
al mensajero. En un mundo en el que prima lo inmediato, la emoción fuerte pero
pasajera, hasta puede quedar bien la proclama de los valores de siempre. Pero
si no hay nada más, después del espectáculo queda poco.
En el contexto de las relaciones internacionales es
cierto que Juan Pablo II manifestó en repetidas ocasiones su sincera
preocupación por la paz. Se opuso a la guerra del golfo, alertó contra la de
Kosowo y mantuvo serias reservas en la invasión de Afganistán, reivindicó el
derecho de los palestinos a tener un estado, se opuso al embargo de Irak y
últimamente de manera decidida contra la invasión. La paz entre los pueblo fue
uno de sus leitmotivs constante. Pero por desgracia en la mayoría de las
ocasiones esta llamada a la paz quedaba en referencias abstractas. Hizo pocas
referencias a las causas de las guerras o a los lazos entre guerra e
imperialismo económico y militar. Hubiera sido de desear en este tema tan central
poder escuchar una voz más decididamente profética, al margen de prudencias
internacionales, al margen de las posibilidades posteriores de que los
cristianos fueran mal vistos en algunos estados. De hecho no pidió una
conferencia extraordinaria de las Naciones Unidas, no condenó expresamente la
invasión, no animó directamente a las movilizaciones por la paz invitando sólo
a orar por la paz que viene de Dios, no condenó expresamente a los agresores.
En su visita a España poco tiempo después de la invasión no incriminó a Aznar,
sino que recibió con ostentación mediática a toda su familia perdiendo una
ocasión de oro ante el fuerte movimiento por la paz que había en España. Parece
ser que el silencio estaba negociado con el PP a cambio del estatuto a la
asignatura de religión como materia obligatoria y evaluable. Quedaba claro que,
aun en su tema querido de la paz, cuando se trata de enfrentarse a los
poderosos es más prudente hacer retórica que ser profeta.
Algo parecido ha ocurrido con el famoso gesto con
ocasión del jubileo 2000 de pedir perdón en nombre de la iglesia por sus
actuaciones pasadas: cruzadas, inquisición, esclavitud, modelo de la conquista
de América Latina, condena de Galileo, silencios de la época nazi etc. Sin
querer darse cuenta que con algunos de sus comportamientos autoritarios,
restauracionistas o de rigidismo moral está reproduciendo hoy los
comportamientos del pasado por los que pide perdón. Ha rehabilitado algunos
“herejes” del pasado y ha condenado a cientos de teólogos y teólogas de hoy
acusados de herejía. O con las famosas canonizaciones de los mártires de la
guerra civil. ¿Porqué sólo los de un bando? ¿Porqué ninguna alusión, ningún
respeto a los más de 200.000 que según las estadísticas fueron fusilados por
Franco por los ideales de la justicia? ¿No sabian el papa y los obispos
españoles que con esto en lugar de reconciliar ofendían, mantenían el
sentimiento de cruzada, dividían y se distanciaban de la sociedad española?
Para proceder a la restauración doctrinal y moral y a
la proyección política de la iglesia en el campo de las relaciones
internacionales era necesaria una reforma institucional que acabara de una vez
con lo que él mismo y sobre todo la curia romana consideraba excesiva
contestación a la jerarquía y peligro de desmembración. La curia había sido
relativamente apartada de los espacios de decisión de cuestiones importantes
durante el concilio y había mantenido una situación de impasse durante el
mandato de Pablo VI. Era necesario reforzar la unidad, los mecanismos de
control, la verticalidad. Debía quedar claro que aunque el concilio dice que
Quienes le conocieron de cerca hablan de la
concepción mesiánica que tenía de si mismo y de la función que estaba llamado
ha hacer en la iglesia. Si a un talante autoritario e intransigente se le une
el convencimiento que habla en el nombre de Dios o que es la misma encarnación
de Dios poco espacio puede quedar al debate o a la participación. Contrastaba
en este sentido con la figura humilde y campesina de Juan XXIII o a la del
intelectual y dubitativo Pablo VI. Juan Pablo II actuó como un cruzado, con
mano de hierro hacia dentro y hacia fuera de la iglesia, como hombre de estado,
diplomático, sabio, organizador. Exactamente la imagen que Juan XXIII quiso
evitar.
Especialmente dura ha sido, aunque menos visible
hacia el público, la política de nombramientos episcopales al margen de las
aspiraciones de las diócesis. Se han escogido obispos dóciles que no crearan
problemas y poco a poco el nivel profético de las comunidades y de sus obispos
ha dejado paso a que fueran simplemente gestores de los mandatos de la santa
sede. La iglesia llega al final de este mandato con un problema real de cuadros
que tengan, junto al espíritu evangélico, imaginación profética, inteligencia,
creatividad y audacia suficiente para afrontar los retos de su presencia en el
mundo. Se ha convertido en una iglesia chata. En España y en concreto en
Catalunya sabemos bastante de esto.
Juan Pablo II se ha servido tanto del Opus como
instrumento privilegiado para sus objetivos de restauración como el mismo Opus
se ha servido de él para consolidar su poder en el interior de la iglesia. El
Opus ha financiado viajes papales, concentraciones masivas ante las que él
podría encontrarse a gusto aclamado por miles de jóvenes, ha moldeado los
medios de comunicación a la medida de su personalidad y para mayor
engrandecimiento de su personalidad. Y a la vez la concepción de iglesia y
espiritualidad que deja Juan Pablo II es la concepción del Opus: evangelizar
desde el poder, autoritarismo y centralismo, espiritualidad desencarnada,
marginación de la mujer dentro de la iglesia, rigidez moral, paternalismo en lo
social, desactivación de la línea renovadora del Vaticano II y condena de la
modernidad.
Ello ha significado alentar en el interior de la
iglesia un grupo de nuevos movimientos eclesiales (Neocatecumenales, Quicos,
Carismáticos, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo, Foccolari etc.),
fundamentalmente anti-intelectuales, con una estructura fuertemente jerárquica,
integristas en teología y con una espiritualidad que a menudo quiere ser
también señal de distinción social. Son ellos en gran parte los que han llenado
los estadios en las concentraciones masivas del papa. Los otros movimientos
(movimientos especializados, JOC, comunidades de base) han sido prácticamente
marginados. Resulta llamativo ver cómo estos grupos crecen, especialmente entre
los jóvenes al mismo tiempo que languidecen de vocaciones las congregaciones
religiosas clásicas, decrece la asistencia a las parroquias y, por la edad de
sus promotores o la marginación, van desapareciendo las experiencias más
comprometidas con lo social o que fueron simplemente el testimonio humilde en
los barrios o zonas rurales de los grupos que surgieron a raíz de la
espiritualidad del Vaticano II.
Terminado su reinado no es fácil distinguir entre su
propio carisma personal y la imagen que de él han transmitido los medios de
comunicación inteligentemente manejados por el Opus, difícil distinguir entre
el rostro y la máscara, entre
Si creyéramos al Jesús del evangelio cuando decía “mi
reino no es de este mundo” el mismo funeral rodeado de todos los poderosos de
este mundo tendría muy poco de evangélico. Alguien dijo que por lo que aquel
día vimos parecía que a San Pedro el negocio de la barquita y los peces que
había empezado hacía dos mil años le había ido bastante bien. Sin embargo no
era necesario llegar al agotamiento físico del actual pontificado para poder
hablar ya hace años del estrepitoso fracaso en las empresas que había
emprendido: restauracionismo de la cristiandad medieval, lucha contra la
laicidad, rigorismo moral etc. Creo incluso que a medida que él iba siendo
consciente de este fracaso más se empeñaba en la teatralidad de su función y en
el uso de los medios, incluso en la retransmisión directa de su propia
debilidad física final.
Sin duda Juan Pablo II ha estado por encima de las
posibilidades de su propia iglesia. El eslogan que define este hecho reza que
“ha llenado los estadios y se han vaciado las iglesias”. Es difícil saber qué
va a quedar, saber si la gente que ha llenado los estadios pasará de manera
estable a las iglesias. Lo más probable es que no. Con la utilización masiva de
lo mediático se ha alargado por poco tiempo la evidencia de la crisis
fundamental que padece la iglesia y de la que con su personalidad el propio
Juan Pablo II tiene una importante parte de responsabilidad. En nuestro mundo
de postmodernidad lo normal es lo efímero. Quizá él mismo pronto llegue a ser
el icono de la postmodernidad.
Creyó que saciando de respuestas y catecismos a los
ciudadanos conseguiría el respeto hacia la autoridad moral de
Pero la "revolución copernicana" que supuso
el Concilio fue de verdadero calado. De la misma forma que después de Copérnico
nunca más volvimos a ver al sol dando vueltas a la tierra, después del Vaticano
II ya nunca más será posible volver a