LA IGLESIA Y EL
DINERO
José M.
Castillo
La Conferencia Episcopal
Española le pide más dinero al Estado. No discuto si el Estado debe o no debe
dar a los obispos lo que piden. Me pregunto si la Iglesia hace lo que tiene
que hacer en este asunto. ¿Por qué? Empecemos por el principio. Cuando Jesús
envió a sus apóstoles (cuyos sucesores son los obispos) a predicar el Evangelio
les prohibió terminantemente procurarse dinero: ni “oro, ni plata, ni
calderilla” (Mt 10, 9, Mc
6, 8; Lc 9, 3). Por lo visto, Jesús entendía la tarea
de los apóstoles de forma que, para cumplir con su misión, no sólo no
necesitaban dinero, sino que, además, recibir dinero les estaba prohibido. Sin
duda, Jesús veía que el dinero es un estorbo para anunciar su mensaje. Es
verdad que san Pablo reconoce el derecho que tienen los apóstoles a recibir una
retribución para vivir (1 Cor 9, 4-7). Pero también
Pablo afirma que él renunció a ese derecho “para no poner obstáculo al
Evangelio de Cristo” (1 Cor 9, 12).
Pablo se
dio cuenta de que el dinero, en lugar de servir para la difusión del Evangelio,
es un obstáculo para eso. Pablo se enorgullecía de vivir de un trabajo manual:
“Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en
nada, y tan verdad como que soy cristiano, que nadie en toda Grecia me quitará
esa honra” (2 Cor 11, 9-10). Es más, Pablo les dijo a
unos presbíteros: “No he deseado plata, ni oro ni ropa de nadie; sabéis por
experiencia que estas manos han atendido a mis necesidades y a las de mis
compañeros. Os hice ver en todo que hay que trabajar así para socorrer a los
necesitados, acordándoos de aquellas palabras del Señor Jesús cuando dijo: “hay
más dicha en dar que en recibir” (Hech 20, 33-35).
Llama la atención la insistencia de san Pablo en que él vivía de su trabajo
manual (1Tes 2, 9; 4, 10 ss; 2 Tes
3, 6-12; 1 Cor 4, 12; Hech
18, 1-4).
El
problema está en saber si todo esto era válido en el siglo primero, pero no
hoy, cuando la cultura y la economía son tan distintas de lo que eran hace
veinte siglos. Más aún, ¿es imaginable que la Iglesia, tal como está
organizada, pueda hoy poner en práctica lo que mandó Jesús y lo que pensaba san
Pablo? La respuesta es evidente: mientras los obispos sigan pensando que el
modelo actual de organización eclesiástica es el mejor, está claro que la Iglesia necesitará mucho
dinero. Pero lo que hay que preguntarse es si el actual modelo eclesiástico es
el más adecuado para enseñar el Evangelio y para vivirlo.
Y a la
vista está que, por lo menos en un asunto tan importante en la vida como es el
dinero, en eso mejor sería que los hombres de Iglesia digamos sinceramente que
lo que dijo Jesús sobre ese asunto no es aplicable hoy. Pero, entonces, ¿qué es
aplicable ahora y qué cosas del Evangelio no son para estos tiempos? Porque, si
es verdad que la economía ha cambiado del s. I al s. XXI, ¿es que no ha
cambiado también la forma de entender y practicar el poder, pongo por caso?
Pero resulta que, en asuntos de poder, la autoridad eclesiástica fue avanzada
en sus orígenes (se ejercía democráticamente), mientras que ahora, cuando ya no
hay monarquías absolutas y se ha logrado el Estado de derecho, los sucesores de
los apóstoles se empeñan en mantener la última monarquía absoluta que queda en
Europa, el Estado Vaticano.
Vamos a
ser sinceros. Diciendo que hoy no se puede aplicar lo que no nos conviene y
afirmando que el Evangelio consiste en aquello que nos interesa, ¿qué
credibilidad vamos a tener los cristianos y el clero? Lo decisivo es que el
Evangelio no se transmite desde el poder y el bienestar que da el dinero, sino
desde la transparencia y la sencillez que genera la ejemplaridad. Porque el
dinero nos ata a intereses inconfesables, mientras que quien va por la vida
“sin alforja ni bastón” (Mt 10, 10) tiene, por eso
mismo, la libertad que es enteramente indispensable para decir hoy lo que dijo
Jesús hace dos mil años.
Lo que
pasa es que, si todo esto se toma en serio, en la Iglesia habría que cambiar
muchas cosas. Empezando por el clero. Para mantenerlo, la Iglesia española necesita
más de 130 millones de euros al año. ¿Cómo va a prescindir la Iglesia de esa cantidad?
Solución: que los clérigos nos ganemos la vida en un trabajo civil, sea el que
sea, como hace todo el mundo. Y cuando nos ponemos viejos, a vivir de la
pensión, también como todo el mundo. Y que los laicos hagan en las parroquias
muchas cosas para las que no es necesario un sacerdote. Lo que ocurre es que ni
curas ni obispos queremos esta solución. Primero, porque vivimos mejor como
estamos. Y, en definitiva, por la misma razón por la que no se cambia la ley
del celibato. Porque a una persona a la que se le controla la economía y el
sexo, esa persona es incondicionalmente sumisa, por más que en privado proteste
y murmure contra quien le domina y le somete. Pablo tenía callos en las manos
que enseñaba con el sano orgullo de un trabajador (Hech
20, 34). Y eso no le impidió ser un gran apóstol. ¿Es que nosotros pretendemos
ser más apóstoles que san Pablo?
No sé si la Iglesia va a conseguir que
el gobierno actual le suba la ayuda económica del 0'5 % al 0'8 % del IRPF. Sin
entrar en otras consideraciones, pienso que así la Iglesia probablemente
conseguirá más dinero, pero tendrá menos libertad. Porque quien paga, pone
condiciones. Y, sobre todo, si es que seguimos por este camino, la Iglesia tendrá cada día
menos credibilidad. Una credibilidad que iremos recuperando en la medida en que
no pidamos lo que el Evangelio nos prohíbe pedir.