Los cristianos, atentos al tiempo que nos ha tocado vivir y sus signos, debemos ser creativos y artífices del momento histórico con fidelidad al evangelio y sin caer en el sectarismo eclesiástico ni en una concepción mítica del mundo.

 

La laicidad no es el laicismo que niega el hecho religioso o lo reduce a la vida privada; que destierra a Dios de la sociedad o pervierte el impulso liberador de la laicidad.

 

     La laicidad es el grito de la modernidad, como respuesta a la usurpación de la dignidad humana por parte de las religiones, negando el protagonismo, la creatividad, la autonomía y la libertad del hombre. Por defender los derechos de las religiones, se han  negado demasiadas veces los derechos de las personas.

 

La laicidad es la devolución de la potencia pública a todos, sin distinción. Descansa en dos principios esenciales: libertad radical de conciencia e igualdad desde todos los puntos de vista: jurídica, política, simbólica y espiritual.

 

La laicidad transciende las diversas opciones espirituales, recordando a los hombres que la humanidad es una antes de especificarse en creencias. Así que es también principio de fraternidad.

 

La laicidad, como camino de liberación, debe encerrar, al menos, estos componentes:

 

Respetar la autonomía de la conciencia personal

    

Facilitar la decisión personal mediante la creación de aquellas condiciones que la posibiliten, es la tarea de un buen gobierno, y acompañar la decisión mediante el fomento de la responsabilidad, según criterios evangélicos, es la más urgente tarea de la Iglesia.

 

Aceptar un principio ético transcultural

 

Hay que aceptar el valor intrínseco de cada ser humano. Ese valor supremo ha encontrado su mejor definición en el concepto de derechos prelegales, que a su vez se han convertido en los llamados derechos humanos.

 

Reconocimiento sincero del pluralismo

 

-        aceptar la diversidad de instancias culturales, creencias, convicciones, potencialidades

-        respeto a las divergencias sin prejuicios ni dogmatismos

-          por encima de la fe particular y diferenciada de cada uno, está  la fe común en la dignidad de la persona y sus derechos; fe que obliga a la Iglesia y al Estado

 

Valoración de la autonomía de lo real

 

-        los valores del mundo son válidos sin la marca religiosa

-        la filosofía, la ciencia y la ética tienen que regirse por leyes que le son propias

-        el Reino de Dios es universal y opera en todo tiempo y en toda cultura, y pueden encontrarse gérmenes, signos y realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la presencia del hombre

-        no hay que suplantar la religión por la sola razón, no hay que        desrreligiosizar al hombre, haciéndolo ateo a la fuerza y hacer del ateismo una praxis confesional y política

 

Celebrar el valor  de la ciudadanía

 

-        vivir en un mundo adulto significa que la humanidad traspone con la modernidad el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse a la mayoría de edad

-        la cultura de la participación responde a la sabiduría del evangelio más que la imposición, el dogmatismo, la prepotencia o la función paternalista paralizante que ejerce, con frecuencia, la jerarquía católica

 

Potenciar el diálogo y el consenso

 

-        apelar al diálogo constructivo como la forma evangélica y civilizada de resolver los conflictos. Ni los púlpitos ni los decretos pueden resolver los desencuentros. Necesitamos desactivar dogmatismo e invitar al entendimiento social

-        mantener viva la sabiduría que antepone la misericordia al reproche la compasión al control, el acompañamiento a la condenación, la reconciliación a la agresividad