PERE CASALDALIGA, ‘XVIII PREMI INTERNACIONAL
CATALUNYA’
BENJAMÍN FORCANO, sacerdote y teólogo
MADRID.
ECLESALIA, 14/03/06.- ’Premi Internacional Catalunya’ es
otorgado anualmente por La Generalitat de Cataluña. Para el 2006 se han
presentado 238 candidaturas. Por mayoría absoluta, en su edición XVIII, ha sido
otorgado al obispo Pere Casaldáliga, obispo emérito de Sao Félix do Araguaia (Brasil)
“por su meritoria labor entre los más desvalidos, en especial de indígenas y
los campesinos sin tierra, con los que ha colaborado en la transformación
social del Mato Grosso Brasileño”. El premio, dotado de la escultura “La llave
y la Letra” de Antoni Tàpies y dotado con 80.000 euros, le ha sido entregado en
persona por el presidente Maragall el día 9 de marzo en el propio Sao Félix do
Araguaia.
Es raro
en nuestro mundo occidental que a un obispo católico se le conceda un “premio
internacional”. Ha ocurrido ahora con Pedro Casaldáliga. Quizás porque los
obispos no gozan de buena prensa ni tienen gran credibilidad. Pedro, apodado el
“Che” por capitanear entre los claretianos la trinchera renovadora después del
Vaticano II, tenía encantamiento y credibilidad. La juventud lo admiraba por su
apertura, su compromiso con la justicia y los más marginados, su sensibilidad
poética y su capacidad de dialogar con los problemas de la cultura moderna.
En la
vida de cada persona hay semillas que preparan su futuro. Esas semillas
brotaron en Pedro y le hicieron decir un día al regreso de unos Cursillos de
Cristiandad dados en Guinea: “Siento furiosa la realidad y la llamada del
Tercer Mundo. Traigo para siempre en mi corazón, confusamente, como un feto,
África, el Tercer Mundo, y esa nueva Iglesia -la Iglesia de los pobres- que
diríamos luego a partir del concilio”.
Uno
encuentra natural que Pedro, ya en el Mato Grosso, en uno de sus primeros
entierros -los sepultados eran cuatro niñitos de prostitutas- dijera a su
compañero Manuel Luzón: “O nos vamos de aquí inmediatamente, o nos suicidamos,
o hallamos una solución para todo esto”. ¿Esto es fruto de circunstancias
extremas? Entonces, ¿por qué otros antes que él no se habían convulsionado?
La
lealtad, la libertad y la profecía no se improvisan. Cada uno da lo que es. El
radicalismo de Pedro proviene de dentro, como de un río secreto que irrumpe
cuando circunstancias externas tratan de desviarlo, pararlo, acallarlo. Cuenta
Pedro: “Una vez, tras enterrar a uno de esos peones asesinados, cogí un puñado
de tierra de su sepulcro, lo puse sobre el altar y excomulgué a esas haciendas.
Pero fue un acto contra las haciendas, no contra las personas”. Y, ante la
presión de ciertos latifundistas muy “cristianos”, que lo invitaban a celebrar
misa en las capillas de sus haciendas, decidió evitar toda ambigüedad: “El
Evangelio es para los ricos, pero contra su riqueza, sus privilegios, su
posibilidad de explotar, dominar y oprimir. Si cada semana voy a la casa de un
rico y no pasa nada, no digo nada, no sacudo aquella casa, no sacudo aquella
conciencia, ya me he vendido y he negado mi opción por los pobres”.
No es
habitual el testimonio episcopal de Pedro. ¿Qué hace que una misma situación de
injusticia a unos los subleve y a otros los deje tranquilos? La extraña
discrepancia tiene quizás esta explicación: hay quien se toma en serio lo de
que el amor a Dios se verifica en el amor a la persona, el respeto u ofensa de
la persona es respeto u ofensa de Dios y, a mayor ofensa, más indignación y
compromiso. Ahí veo yo la clave:: “Mi decisión última, escribe Pedro, fue el
1967. Había llegado mi hora. El testimonio laico del Che Guevara, muerto por
entonces, era una nueva llamada. Elegí el Brasil. Por fin, había conseguido lo
que tanto había soñado: un clima heroico para vivir heroicamente”.
Y, al
poco, en el 70, Pedro firmó el informe-denuncia (secuestrado por la policía)
que recogía en letanía trágica “los casos en carne viva de peones engañados,
controlados a pistola, golpeados o heridos o muertos, cercados en la floresta,
en pleno desamparo de la ley, sin derecho alguno, sin humana salida. Hasta el
Nuncio me pidió que no lo publicase en el extranjero y uno de los mayores
terratenientes me advirtió que no debía meterme en esos asuntos. Pero ahora
debemos aplicar nuestra opción: no podíamos celebrar la eucaristía a la sombra
de los señores, no podíamos aceptar signos externos de su amistad”.
Expresado
en otras palabras: “Yo, Pedro, soy incapaz de presenciar un sufrimiento sin
reaccionar. Yo nunca me he olvidado de que nací en una familia pobre. Yo me
siento mal en un ambiente burgués. Siempre me pregunté que si puedo vivir con
tres camisas por qué voy a necesitar tener diez en el armario. Los pobres de mi
prelatura viven con dos, de quita y pon”.
Pedro
arroja aquí cierta luz para quienes de verdad decidan ser revolucionarios:
“Estoy doblemente convencido de que no se puede tener una sensibilidad
revolucionaria y profética ni se puede ser libre sin ser pobre”.
No es
habitual que un obispo no visite Roma, cuando tiene obligación de hacerlo cada
cinco años; no es habitual oírle decir que él no viaja porque los pobres no
viajan y él es un pobre (ni siquiera cuando murió su madre vino a España); no
es habitual que un obispo no tenga vacaciones, pero él ha dicho que “las tendrá
bajo los parrales de la gloria”; no es habitual que un obispo se entreviste con
políticos “mal vistos”: Fidel Castro, Daniel Ortega, etc; no es habitual que a
un obispo católico lo visiten, lo lean y le pregunten ateos, agnósticos,
periodistas, científicos, gentes de otras religiones; no es habitual que alce
su voz para corregir al Papa y denunciar los pecados del sistema eclesiástico:
“A Juan Pablo II, escribe, al requerirme para que lo visitara, le hablé con
mucho cariño, pero con mucha libertad, ejerciendo el derecho de mi
corresponsabilidad eclesial y de mi colegialidad apostólica. Le dije: en el
campo social no podemos decir con mucha verdad que hayamos hecho la opción por
los pobres, pues no compartimos la pobreza real que ellos experimentan ni
actuamos, frente a “la riqueza de la iniquidad”, con aquella libertad y firmeza
adoptadas por el Señor”.
Resulta
muy esclarecedor lo que comenta acerca de la teología de la liberación: “La
teología de la liberación no es un invento moderno, ni está a punto de
extinguirse. La teología de la liberación nació en América Latina porque cuando
el teólogo pensaba se encontró con un clima de opresión y también de
liberación. Las cabezas pensantes de los teólogos iban precedidas por los pies
caminantes del pueblo. Han sido muchas las barbaridades colgadas de la teología
de la liberación. Nosotros no hemos optado por Marx sino por el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, por su Reino y sus pobres. La teología de la
liberación nos obliga a analizar la trágica situación de los dos tercios de la
humanidad, señalarla como contraria a la voluntad de Dios y asumir compromisos
prácticos. Sólo a los enemigos del pueblo no les gusta la teología de la
liberación. ¡Celebrarían tanto que los cristianos pensasen sólo en el
cielo...despreciando la tierra!”.
Exiliado
de nuestra civilización, enclavado en el sertao a miles de kilómetros, rotas
las amarras como quien dice con un mundo sin el que nosotros apenas podríamos
vivir, Casaldáliga divisa y sigue lúcidamente el rumbo de nuestro mundo. Su
mirada cobra fulgor del proyecto original, en el que seguramente más temprano
que tarde habrán de confluir personas, pueblos y continentes. Una mirada que
restalla profética en el vaivén desmadrado de propósitos imperialistas, siempre
inhumanos y retrógrados.
Nos
encontramos ante un cristiano singular, que ha disuelto la dicotomía entre
Reino de Dios e Historia del mundo. Precisamente por hallarse entrañado en el
mundo, Casaldáliga capta maravillosamente la inmisericordia del sistema capitalista,
origen y garantía del mundo de los empobrecidos. Rara vez se ha visto en el
mundo eclesiástico un lenguaje -vital, herido, sociológico, tan atinadamente
político- que lo estigmatice con tanta fuerza. Pedro no es neutral, considera
idolatría ser persona cristiana y flirtear con falsos dioses.
Generalmente
los jerarcas eclesiásticos se han llevado bien de la mano del poder. Pedro no
puede. Lo dejó bien escrito en su consagración episcopal: “Tu MITRA será un
sombrero de paja; el sol y la luna; la lluvia y el sereno; el pisar de los
pobres con quien caminas y el pisar glorioso del Señor. - Tu BACULO será la
verdad del Evangelio y la confianza del pueblo en ti. - Tu ANILLO será la
fidelidad a la Nueva Alianza del Dios Liberador y la fidelidad al pueblo de
esta Tierra. - No tendrás otro ESCUDO que la fuerza de la esperanza y la
libertad de los hijos de Dios. - No usarás otros GUANTES que el servicio del
amor”.
Un
obispo así iba a sentir como prioritario el problema de la tierra, una tierra
sin ley allá en el Mato Grosso, donde el latifundio era área de inhumana
desintegración de indios, posseiros y peones: “Malditas sean todas las cercas!
¡Malditas todas las propiedades privadas que nos privan de vivir y de amar!
¡Malditas sean todas las leyes, amañadas por unas pocas manos para amparar
cercas y bueyes y hacer la Tierra esclava y esclavos los humanos! ¡Otra es la
tierra, hombres, todos! ¡La humana tierra libre, hermanos!”..
La
maltratada tierra hizo que el obispo poeta escribiera: “Yo digo siempre que cuando
me hagan la autopsia me van a encontrar tierra en el corazón y en el hígado. En
el corazón por el amor a la tierra, y en el hígado, por lo mal que la tierra me
ha llevado siempre”.
Analizar,
escribir y firmar todo esto era firmar la propia pena de muerte, un desafío.
Cohonestar la injusticia ha sido un pecado demasiado ‘católico’. “Dejábamos,
escribe Pedro, de ser amigos de los grandes. Si ser obispo es ser la voz de los
que no tienen voz, yo no podía honestamente permanecer de boca callada al
recibir la plenitud del servicio sacerdotal. Yo me rebelo contra los tres
mandamientos del neocapitalismo, que son: votar, callar y ver la televisión”.
Y
siguieron las advertencias, las amenazas y las persecuciones: “Voces
latifundarias y eclesiásticas, “amigas”, me decían que yo no debía entrar en
esos asuntos, porque podrían acusarme de subversivo. Podrían matarme. Y
pusieron precio a mi vida, con insistencia. Daban por mi cabeza mil cruzeiros,
un revólver 38 y un billete de salida a voluntad... En la dictadura militar,
nos perseguían militares católicos. Nuestros presidentes eran católicos,
comulgaban. Nuestros terratenientes, católicos. Echan alambradas para proteger
sus tierras y, al mismo tiempo, inauguran en ellas una capilla”.
No hay
cosa que más asuste a los espiritualistas y que más recelos provoque en muchos
cristianos que el tema de la política. Es casi un tema tabú, que se demoniza
sin más, como cosa incompatible con la fe. Sin embargo, pocas verdades tan
claras en los Evangelios como la de que Jesús fue ajusticiado por el poder
político y religioso -la sinagoga y el imperio-. Y lo fue por su intolerable
parcialidad: “No se puede servir a Dios y al dinero”.
Hoy se
pretende desleír la cruda realidad de que la sociedad es una inmensa pirámide
de desigualdad, donde unos están arriba y otros abajo, unos son más y otros
menos, donde unos viven en la abundancia y otros en la miseria, donde unos
oprimen y otros son oprimidos. Y sería un verdadero sacrilegio querer atribuir
esta composición piramidal a Dios, justo y nivelador por excelencia: “Todos
vosotros sois hermanos”. El Dios de los señores no es igual al Dios de los
pobres. “O se sirve al sistema o se sirve al pueblo. En todos hay un político:
reaccionario, reformista o transformador”.
Cada
quién verá como anda en política y hacia qué opción deriva. Casaldáliga lo dice
claro: “Yo siempre he sido de izquierdas. Ya de pequeño era zurdo, pero en
aquellos tiempos estaba prohibido y no nos dejaban escribir con la izquierda.
De manera que incluso biológicamente soy de izquierdas. Yo he pasado a las
opciones del socialismo. Por el contacto con la dialéctica de la vida, por las
exigencias del Evangelio y también por algunas razones del marxismo. Qué
socialismo, no lo sé a punto fijo, como no sé a apunto fijo qué Iglesia será
mañana la que hoy pretendemos construir por más que sé que la queremos cada vez
más cristiana”.
Hoy la
realidad de los pueblos es global, mundialmente interconectada, pero se ha
globalizado bajo el dictado y leyes del neoliberalismo. Ante esa realidad
poderosa, Casaldáliga se mueve con un buen bagaje de racionalidad, dignidad
humana, firmeza ética, libertad evangélica y, sobre todo, experiencia
inapelable, la de aquellos que, con marcas, atestiguan la inhumanidad del
rodillo neoliberal. Son suyos los apotegmas de no a la propiedad privada
privadora, no al fundamentalismo del mercado, no al neoliberalismo que mata la
vida de la mayoría. Casaldáliga llama a las cosas por su nombre: el
neoliberalismo es, por esencia, pecado; la gran blasfemia de nuestros días es
la macroidolatría del mercado total; el antidios es el dinero: “Creo que el
capitalismo es intrínsecamente malo: porque es el egoísmo socialmente
institucionalizado, la idolatría pública del lucro, el reconocimiento oficial
de la explotación del hombre, la esclavitud de muchos al yugo del interés y la
prosperidad de los pocos. Una cosa he entendido claramente con la vida: las
derechas son reaccionarias por naturaleza, fanáticamente inmovilistas cuando se
trata de salvaguardar el propio tajo, solidariamente interesadas en aquel Orden
que es el bien... de la minoría de siempre”.
Si por
algo resulta cautivante el lenguaje de Pedro Casaldáliga es porque hay, tras
él, una vida digna, coherente, libre, insobornable.: “Yo moriré de pie, como
los árboles // Me matarán de pie”.
Siempre
lo he dicho: un obispo sin poder, sin economía, sin burocracia organizativa, ha
sido capaz de poner en jaque a uno de los poderes políticos mayores de América.
El ha utilizado unas armas distintas: la cultura. Sin cultura no subsiste
ningún sistema, es la argamasa que lo cohesiona y legitima. Casaldáliga mete su
espada en el corazón del sistema: “Se nos está queriendo imponer una cultura
única. Una macrocultura, que nos la pasan por televisión, nos la pasan en la
cama. En Brasil, en América Latina y en Europa, el 70 o el 77 por ciento de las
películas son gringas, norteamericanas. Y yo digo que una macrocultura acaba
siendo más asesina que muchas armas. Culturas impuestas, no sólo matan a los
cuerpos, matan las almas, explosionan la salud de los pueblos”.
Vista
la vida de Pedro, resulta veraz lo que ha escrito: “Yo me atengo a lo dicho: La
justicia: a pesar de la ley y la costumbre, a pesar del dinero y la limosna”.
Palabras estas que alumbran un poco las razones por las que se le ha a
concedido el Premi Internacional Catalunya. (Eclesalia Informativo autoriza y
recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
14/03/2006 21:31