Los mensajes subliminales de la encíclica “Deus Caritas Est” de Benedicto XVI

 

 

Leída por una mujer cristiana que cree que el Evangelio de Jesús de Nazaret incita a defender la igualdad de la dignidad, libertad y derechos de todos los seres humanos, sin excepción.

Primera parte.

La lectura de esta 1ª parte me ha inspirado varias preguntas:

La primera: ¿Cómo es posible que un varón célibe y supuestamente casto sepa tantas cosas sobre erotismo?

Respuesta: Mas de siete páginas dedicadas al tema demuestran un amplio estudio de todo tipo de filosofías, teorías y teologías que se han ido produciendo a lo largo de la Historia sobre el particular.

La segunda: ¿Cómo es que con los problemas tan acuciantes que tiene la Iglesia en estos momentos (por ejemplo: templos vacíos de jóvenes; seminarios sin seminaristas...) inaugure su pontificado hablando ex cátedra de un tema que poco o nada debe interesar a los pocos fieles que quedan o al resto del clero cuyas edades rondan los sesenta años?

Respuesta: Precisamente por eso. Es evidente que quienes sospechan que en realidad de lo que se trata es de cambiar el “paradigma” sobre la incompatibilidad entre sacerdocio y matrimonio, tienen razón. Parece ser que se está preparando un cambio en la norma del celibato para convertirlo en opcional y eliminar así la barrera que impide que los jóvenes se interesen por ingresar en el clericato. Está comprobado que no es falta de generosidad (ahí están las numerosas oenegés), lo que les  retrae, sino la imposibilidad de mantenerse célibes (sinceramente y honestamente) durante toda su vida.

Tercera pregunta: ¿Cómo quedaríamos las mujeres después de ese cambio de “paradigma”?

Respuesta: Habremos ganado algo en cuanto a la opinión que sobre nosotras ha mantenido la tradición eclesiástica, a través de los siglos. Es decir, habremos pasado de ser “la puerta del infierno”, según San Ambrosio, S. II, a ser “la ayuda que Adán precisa”, según Benedicto XVI, basándome en Gén. 2, 23 y después de haber analizado diversas teorías, entre ellas, la de la “complementariedad” o “media naranja” de Platón, la cual, datando del siglo cuarto antes de Cristo, resulta ser mucho mas igualitaria que la del Papa Ratzinger.

 

Mensajes subliminales:

 

a)            Si hasta Juan Pablo II era pecado “mirar con deseo a la propia esposa”, a partir de ahora, si el “eros” se convierta en “ágape” (nº 6), ya no lo es.

b)           El hombre es sujeto de su propio  destino. La mujer (por designio divino) es objeto útil en el destino del varón. (nº 11)

 

Segunda Parte.

Se repiten la perspectiva y el lenguaje androcéntricos. Prueba de ellos es la mención que se hace sobre el origen del diaconado en las  primeras comunidades de cristianos (nº 22). El Papa alude a los “siete varones” que aparecen en Hechos, 6, 1-6, omitiendo mencionar las mujeres que entonces ya llevaban a cabo dicha labor y cuyos nombres aparecen en diversas epístolas de Pablo. El silenciamiento ha sido la tónica eclesiástica durante siglos y siglos. Pero ahora, con este nuevo silenciamiento de las mujeres, el Papa demuestra su intención de justificar la reciente e injusta norma del diaconado, así como su decisión de mantener a las mujeres discriminadas en la institución.

El otro mensaje subliminal que se desprende de la lectura de esta segunda parte de la encíclica, es el de que “la justicia social no es cosa de la Iglesia” (nº 28). Por lo tanto, invita a la comunidad eclesial a practicar lo que él llama “la caridad cristiana”. Para ello, desafía a la “crítica marxista” descalificándola y descalificando, de paso, a todos los movimientos y teologías que ponen en el centro de su quehacer la lucha por la justicia social.

(nº 26) “Desde el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa de la Iglesia, desarrollada después con insistencia sobre todo por el pensamiento marxista. Los pobres, se dice, no necesitan obras de caridad –la limosna–  sino de justicia. Las obras de caridad serían en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social y despojando a los pobres de sus derechos. En vez de contribuir con obras de caridad a mantener las condiciones existentes, haría falta crear un orden justo en el que todos reciban su parte de los bienes del mundo y, por lo tanto, no necesiten ya las obras de caridad. Se debe reconocer que en esta argumentación hay algo de verdad, pero también bastantes errores”.

Como es bien sabido, la lucha por la justicia social incomoda y pone nervioso al sistema socio-económico-neoliberal-globalizado. El enfrentamiento con él puede llegar a ser mortal. Por el contrario, la beneficencia (o “caridad cristiana”, como le llama Benedicto XVI) puede convivir pacíficamente con el neoliberalismo capitalista e incluso en armonía con él hasta el punto de apoyarse mutuamente y colaborar juntos. Debe ser por eso que el Papa alerta, una y otra vez, sobre el peligro que encierra el “pretender cambiar el mundo” (nº 33, 36 y 37). Y justifica su punto de vista con abundantes, seductores, documentados, razonados, piadosos y misericordiosos argumentos. Palabras sabias y bellas, pero carentes de credibilidad (a los ojos del mundo cada día más empobrecido y miserable), cuando son emitidas por quien gusta de vestirse de oro de los pies a la cabeza, se deja  hacer reverencias y vive rodeado de tesoros, lujos y parafernalia.

Pero lo más grave, en mi opinión, es la manipulación que hace de la devoción de los fieles hacia María, la Madre del Señor. Para alabarla, pone el acento en las virtudes de sumisión, renuncia y servicio que la adornan (virtudes intencionada y secularmente asociadas con “lo femenino”). Cita el Magnificat, pero teniendo sumo cuidado en no hacer mención de la parte en donde, aquella mujer de Nazaret, proclama cuales son las características del Dios al que Ella ahora y en el que, seguramente, debió iniciar a su HIJO: Un Dios que “derriba a los príncipes de sus tronos”..., “llena de dones a los hambrientos”, y “a los ricos envía vacíos...” ), (Lc 1, 32-33).

Tampoco hace mención alguna sobre Jesús fuera coherente con el Dios de su Madre, lo que le costó ser juzgado y condenado a muerte por incitar a la subversión contra el poder establecido de entonces en una sociedad que, como la de ahora, estaba compuesta por opresores y oprimidos. La justicia social, eso que parece asustar tanto a Benedicto XVI, fue cosa de Jesús de Nazaret el cual tuvo la “presunción de querer mejorar el mundo” (nº 35).

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

Al final de la lectura de esta encíclica, me he quedado con la impresión de que Benedicto XVI, cuando la redactaba, no estaba especialmente preocupado por anunciar el Evangelio a los pobres (cuya inmensa mayoría son mujeres y niñas) sino por recuperar el esplendor de una Iglesia decadente, que él desea que siga siendo poderosa, rica, machista y aparentemente santa.

¿Es consciente Benedicto XVI de que está conduciendo a la Iglesia por un camino opuesto al del Evangelio de Amor y Justicia de Jesús de Nazaret? Quisiera poder responder que no..., pero dicen que es la persona más lúcida e inteligente que tiene la Iglesia Católica en estos momentos...

 

Roser Puig (Miembro de “Creients i Feministes”)