El
segundo empate albiazul en sus tres comparecencias en casa despierta
los primeros recelos en una grada que continúa con demasiados
asientos vacíos
Inmerso como
está el Alavés en la pugna por volver a ser equipo
de Primera, partidos como el de ayer desilusionan al aficionado
más fiel. La condición de 'grande' que pesa sobre
su espalda es el pan de cada día y a pesar de que tan sólo
se cumple la quinta jornada los primeros recelos surgen en el
graderío.
Más
allá de valoraciones deportivas, de cuál es el mejor
sistema o los jugadores más adecuados para afrontar uno
u otro partido, las comparecencias de los albiazules en casa dejan
que desear por el resultado, que al final es lo que vale. En lo
que va de Liga, bien es verdad que resta un mundo por delante,
Mendizorroza ya ha visto volar cuatro puntos. Los que ha dejado
de sumar el conjunto de Cos y Piterman ante el Elche y el Tenerife.
Seguro que nadie se echa las manos a la cabeza por tales números
y mucho menos se puede hablar de crisis. Pero sí queda
demostrado que el estadio del Paseo de Cervantes no asusta, por
el momento.
En el estreno
de la campaña el Elche arañó una igualada
gracias a la picardía de Gastón Casas antes de que
se cumpliera el primer minuto. Después el Alavés
mereció, sin duda, un mejor resultado. El juego desplegado
tras el mazazo inicial no ofreció un mayor guarismo porque
se erró en el acierto en el remate. Frente al Tenerife
los merecimientos babazorros no fueron tantos. Ofreció
un juego plano, ramplón y que aburrió por doquier.
Es deseable que no se echen en falta estos puntos al final del
torneo.
Dos empates,
en resumen, que por el bien del futuro más cercano deben
quedar ahí. La seguridad como local es una pieza imprescindible
para mirar hacia cotas mayores. En este caso, el ascenso. Victorias
como la de Vecindario dan envergadura pero de poco sirven si posteriormente
se suspende en la asignatura más importante.
Intimidación
Un problema
a resolver por los principales protagonistas del fútbol,
que son los jugadores y los técnicos. Pero si ya de por
sí es difícil encontrar los argumentos necesarios
-el Alavés los posee por la calidad de la plantilla- para
superar a un rival como el de ayer que pisó el césped
para encerrarse, es mucho más complicado si el poder de
intimidación que debe llegar desde la grada no es tal.
Sin afán
de ser repetitivos, Mendizorroza no impresiona. Atrás han
quedado aquellas tardes en el que el campo era un hervidero de
gente comprometida con el equipo. Salvo en contadas ocasiones
el empuje de los aficionados brilla por su ausencia. Los asientos
siguen vacíos y ni los jugadores rivales ni el árbitro
se sienten intimidados. El equipo contrario. como demostró
el Tenerife, está cómodo.