El
Alavés dijo ayer adiós a la era Piterman con una derrota
plena de tranquilidad. Sin el dirigente ucraniano ni sus más
estrechos colaboradores en Mendizorroza y ante la inminente venta
del club, el cuadro vitoriano despachó otra ración
de bostezos a sus aficionados. Claro que la temporada real concluyó
hace una semana en Lorca con la permanencia y la ilusionante nueva
etapa de la entidad alavesista se abrirá en breve. En el
lapso de tiempo entre estos dos acontecimientos albiazules se inmiscuyó
el partido de ayer. Una especie de contratiempo del calendario que
obligó a dos equipos sin pretensiones ni objetivos a pasar
la tarde sobre el césped.
Y
el Alavés se volvió a retratar en el Paseo de Cervantes.
Ni ha podido en toda la campaña mantener una mínima
regularidad -es casi milagroso que haya ganado tres de los últimos
cinco partidos- ni la despedida le permitió ofrecer a la
grada un guiño de complicidad. El cuadro vitoriano era un
manojo de nervios e impotencia cuando existían puntos en
juego y, sin la presión del resultado, apenas mejoró
para cambiar el gesto de crispación por una sonrisa amable
cuando llegaron los errores. De su catálogo de despropósitos
volvió a surgir la falta de puntería y pegada -sólo
uno de sus graves problemas esta campaña- y la Ponferradina
lo aprovechó para dejar la Segunda División con una
victoria. En el aspecto extradeportivo, el choque empezó
con las gradas cuasi vacías, ante la iniciativa de peñas
y aficionados de entrar un cuarto de hora después para exigir
la marcha de Piterman. Pero ya ni siquiera esto es excepcional en
un curtido Mendizorroza, si se tiene en cuenta, además, que
fue una protesta sin incidente alguno.
El
Alavés saltó al campo con un once extraño.
Sobre todo por la presencia de Carpintero como improvisado central
y Gaspar escorado en la banda derecha. La aparición de Gentil
después de 24 partidos en blanco, era otra de las novedades.
El resto del once, similar al de jornadas anteriores. El juego,
también.
De
derrochar oportunidades se hartó el Alavés hasta el
descanso, con Arthuro en el punto de mira de la grada. El brasileño
acabó desquiciado y entre pitos. Con la Ponferradina defendiendo
sobre la línea del centro del campo, el cuadro vitoriano
rompió en varias ocasiones la línea de fuera de juego,
pero fue incapaz de marcar. Hasta en tres ocasiones topó
con los palos la escuadra albiazul.
Para
la Ponferradina todo resultó más sencillo. Entre la
relajación generalizada, de donde salían gran número
de oportunidades que poca relación tenían con el buen
juego, aprovechó parte de las suyas. No acertó Risso
con toda la portería a su disposición, pero sí
tras el descanso Fran en un grave error de Ardouin. Poco después
fue Ramírez el que hizo el 0-2 en otra concesión.
Entre este desbarajuste, el alborozo de la meritoria hinchada rival
y los gritos de la grada vitoriana, el Alavés se desperezó
al menos para romper su mal fario y hacer un gol. En una escapada
de Wellington bien resuelta por el brasileño.
Y
la tarde continuó pese a todo apacible. Después de
tanto sufrimiento y ante la costumbre albiazul en la segunda vuelta
de perder en casa, el triunfo de la Ponferradina parecía
uno más. Y el ritmo monótono apenas se alteró
para dar la bienvenida a John Aloisi, recuperado tras mes y medio,
y para cerrar la temporada entre pitos al equipo.
Es
tiempo ya de olvidar esta campaña atroz y volcarse en la
terapia veraniega para volver con fuerzas en agosto. Dentro del
club, no obstante, llega la hora del anhelado cambio. Dmitry Piterman
se convertirá en negra historia del club en pocos días
y a partir de ahí comenzará la regeneración.
Después de tres años, el Alavés lo merece. |