La ópera ¡vive!
Por Víctor Pliego de Andrés
Faust-bal. Música: Leonardo Balada. Libreto: Fernando Arrabal. Reparto: Ana Ibarra / María Rodríguez, Cecilia Díaz, Gerhard Siegel / Eduardo
Santamaría, Tómas Tómasson
/ Lauri Vasar, Stefano Palatchi, Fernando Latorres. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena: Joan Font. Escenógrafo y
figurinista: Joan Guillén. Coreógrafo: Xevi Dorca. Iluminador: Albert Faura. Director del coro: Peter Burian. Director del coro
de niños: Félix Redondo. Coro de Niños de la Comunidad de Madrid.
Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Nueva producción del Teatro Real.
Madrid, del 13 al 23 de febrero de 2009.

El
Faust-bal de
Balada y Arrabal ha sido un estreno importante, acogido en el Teatro Real con
naturalidad. Si bien el público no ha manifestado entusiasmo, tampoco ha
expresado un abierto rechazo ha ocurrido como en otras recientes
ocasiones . El libreto de
Arrabal es delirante, pero contiene un dramatismo y una retórica perfectamente
adecuada al género lírico con referencias al mito de Fausto que son de gran
ayuda. La música de Balada es igualmente acertada, por su gran instinto
teatral. Estamos ante un compositor, y eso no es hoy en día muy corriente, que
conoce perfectamente el género dramático puesto que lo ha frecuentando con
anterioridad. Su
partitura es brillante y teatral; integra voces y coros de forma
razonable y desataca por una rica y sugestiva orquestación que
la Orquesta Sinfónica
de Madrid y el maestro López Cobos interpretan magistralmente. Es una partitura ecléctica, llena de citas
entre las cuales destaca el Cant dels ocells
como símbolo de la paz y del amor
universal. Balada integra estilos
diversos, ritmos y técnicas muy variadas, que apelan a las músicas del siglo XX, y que dan a su complejo entramado sonoro multitud de
resonancias y sugestivas lecturas. Pero lo más
importante de este estreno, es que la historia se entiende, el público no se
pierde ni tiene que parase a reflexionar sobre el sentido de la narración. Hay
una línea clara que conecta todo el discurso de principio a fin, sin recurrir
al culebrón romántico, ni al formalismo clásico. Es una obra contemporánea, impactante,
inteligente, pero con capacidad de entablar comunicación con el espectador. La
puesta en escena de Joan Font interpreta libremente
las indicaciones de Arrabal, cae en cierta ingenuidad, propia del estilo de
les Comediants, pero es vistosa y funcional. La
violencia provocativa y arrabalesca resulta discutiblemente
suavizada, reduciendo riesgos en pro, tal vez, de la inteligibilidad. Pero, ¿qué cabía esperar de Arrabal sino arrebatos? Joan Guillén ha
construido una estructura que emerge con el elevador y que sitúa los
distintos planos de la acción simbólica en espacios equivalentes a los de un
gran retablo, castillo o corral, propio de un auto sacramental. La modernidad de esta creación apela
a un mundo barroco que aparece maravillosamente recreado. Hay evidente
disonancia entre el concepto de la obra, arrebatado, y su dulce escenificación, pero la sangre
no llega al río. El reparto vocal es doble y se turna en las funciones,
mostrando calidad y fuerza interpretativa. No llega a la altura de
la orquesta, pero tampoco lo exige la partitura. Todas las piezas que
garantizan el éxito de la ópera funcionan: la música, el texto, la puesta en
escena, la plástica, los cantantes, la orquesta y la dirección musical. El
Teatro Real ha hecho un gran esfuerzo de producción y ha acertado plenamente,
dando al estreno una dignidad y unos medios que son infrecuentes en estos casos. La
función es una gozada para todos aquellos que aman la ópera más allá de
estilos o épocas, para todos aquellos que creen en su vitalidad y en su
presencia actual, para quienes se dejan asombrar por el teatro sin
prejuicios. La ópera no es solo una cosa de museo, y con este estreno el
Teatro Real lo demuestra una vez más.