Justicia a medias
Por Víctor Pliego de Andrés
Juan José. Drama lírico popular en tres actos. Música: Pablo Sorozábal. Libro: Joaquín Dicenta. Intérpretes: Manuel Lanza,
Ana María Sánchez, Maite Arruabarrena, Olatz Saitúa, Celestino Varela, José
Luis Sola, Simón Orfila, Constantino Romero (narrador). Orquesta Sinfónica de
Musikene. Director: José Luis Estellés. Versión teatralizada: Ignacio García.
Ciclo de Jóvenes Orquestas. Programación propia. Auditorio Nacional de Música,
Madrid, 23 de febrero de 2009

Terminada en 1968, la ópera de Sorozábal (1897-1988) estuvo a punto de estrenarse en
el Teatro de la Zarzuela
en 1979, pero la torpeza de los gestores y el incumplimiento del
contrato firmado con el ministerio frustró aquel proyecto. El Sorozábal maestro se murió
si ver estrenada la que consideraba su obra más ambiciosa. Por fin se ha estrenado pero ha sido
en dos funciones (una en San Sebastián y otra en Madrid), en versión de
concierto, y a cargo de una orquesta de estudiantes, que realiza una
tarea encomiable y conquista así una mención dentro la historia de la música
española. La obra de Sorozábal es verdaderamente ambiciosa. Parte de un drama
de Joaquín Dicenta (1862-1917) muy popular y exitoso, escrito a finales del
siglo XIX, que estuvo en cartel durante años. Tal vez la vinculación
histórica del drama de Dicenta a los movimientos sindicales fuera unos de los
factores que explican la postergación tardía de la ópera de Sorozábal. La
fatalidad que arrastra a un trabajador en paro hasta el desastre y el crimen tiene, a
pesar de su énfasis decimonónico y se su sesgo pasional, plena actualidad.
Bien se podría ubicar dentro de
un imaginario y extemporáneo “verismo” a la española. Las excelentes notas que
el sabio Andrés Ruiz Tarazona publica en el programa de mano son tan
entusiastas como elocuentes en este sentido. La música del maestro Sorozábal adopta
un tono postromántico e intenso, que a veces se deja llevar por aires y
ritmos populares con los que genera interesantes contrastes. Pero siempre está
clara la distancia respecto a la zarzuela porque nos hayamos, sin duda
alguna, ante una ópera de primera fila. La sólida formación germana, el buen hacer y
el talento de Sorozábal brillan con luz propia en esta música de cierto tono
wagneriano. La versión ofrecida por la Orquesta de Musikene fue correcta. Los jóvenes
estudiantes hicieron un magnífico papel ante una dirección poco brío y con
serias dificultades para equilibrar los planos sonoros. Por desgracia, la
orquesta tapó constantemente a los
cantantes. Apenas se les pudo escuchar y, mucho menos, entender. Dentro del
reparto destacó Ana María Sánchez, en el difícil y borroso papel de
Rosa, que no se sabe si es buena o mala. La voz fue ganando calidez y potencia en el transcurso de la velada,
sin conseguir hacerse oír por encima de la orquesta. No hubo sobretítulos, aunque si una pantalla en la que se proyectaron grabados y
recortes de prensa, completamente innecesarios. Ignacio García firma una
supuesta “versión
teatralizada” que, al menos en Madrid, brilló por su ausencia. Los cantantes apenas añadieron
algunos gestos o pasos mínimos que bien podrían haber sido de su propia
cosecha, cosa corriente cualquier óperas en concierto. También fue superflua
la presencia Constantino Romero recitando
las acotaciones escénicas. Es una artista consumado, pero este no era su
sitio. Lo que hace falta es llevar la pieza a escena y
hacer las funciones que el Ministerio comprometió hace ya más de treinta
años. Con este estreno en concierto hemos podido comprobar que la partitura
bien lo merece. El estreno de esta “ópera proletaria” fue un gran acontecimiento
para los aficionados a la zarzuela, los musicólogos y los eruditos. Pero el
Auditorio no se llenó. También fue un homenaje, tan merecido como corto, al
genial maestro Sorozábal que, con su tono provocador y
temperamental decía que para escribir una ópera en España había que ser “un
perfecto idiota”. Es, remataba, tremento, “como poner una fábrica de congeladores en el
Polo Norte.”