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Revista
musical de publicación en Internet |
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Tannhäuser en duotono Tannhäuser und der Sängerkrieg auf
Wartburg, gran ópera romántica en tres
actos, con música y libreto de Ricardo Wagner. Reparto: Günther Groissböck (Landgrave
Hermann), Peter Seiffert / Robert Gambill (Tannhäuser), Christian Gerhaher / Roman Trekel (Wolfram von Eschenbach), Stephan
Rügamer (Walther von der Vogelweide),
Felipe Bou (Biterolf), Joan
Cabero (Heinrich der Schreiber), Johann
Tilli (Reinmar von Zweter), Petra Maria Schnitzer / Edith Haller (Elisabeth ), Lioba Braun /
Anna-Katherina Behnke (Venus), Sonia de Munck (un pastor), Rosa Mª Caballero, Gloriana
Casero, Mayte Yerro, Dolores Coll (pajes). Coro y Orquesta del Teatro Real. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena : Ian Judge. Escenógrafo y figurinista: Gottfried
Pilz. Iluminador:
Mark Doubleday. Director del coro: Peter Burian. Producción de la Ópera de
Los Ángeles. Teatro
Real de Madrid, 13 de marzo a 2 de abril de 2009.
El Teatro Real ha presentado una polémica producción de
Tannhaüser procedente de la Ópera de los Ángeles. Es una producción vistosa,
con una dirección de escena pretendidamente provocadora, pero vulgar y
fallida. Ian Judge ofrece una lectura simplista y tosca del drama wagneriano
al contraponer el sexo a la castidad, sin profundizar en la culpa, ni en la
redención, ni en la compleja ambigüedad de los protagonistas. Es una puesta
en escena más anticuada que moderna a pesar de que algunos medios de comunicación
hayan destacado su carácter provocador por el hecho de que la bacanal en el
Venusberg de la primera parte se muestre con figurantes casi desnudos (llevan
tanga visón) que simulan torpemente una orgía. Algunos llaman a eso sexo
explícito; será que nunca han visto la televisión. Si tales eran las
angustiosas pasiones que atormentaban al caballero cantor, estamos apañados.
Por otro lado, la presencia de cuerpos desnudos en la ópera es un recurso que
ya está muy trillado desde hace décadas. Hubiera resultado mucho más
sugestiva, por su valor metafórico, una buena coreografía. Pero además de
este arranque fallido, la puesta en escena contiene otros muchos desaciertos.
El arpa suena mientras el caballero finge tocar un piano de cartón, dando
solución patética a un error de concepto. El mecanismo que hace florecer al
báculo despierta risas por su evidente accionamiento, aunque las hojas son
tan raquíticas que no se ven más allá de la fila siete. En cualquier comercio
de artículos de ilusionismo se pueden encontrar producciones florales más
vistosas. La iluminación es igualmente plana y por momentos molestos: la luz
roja envuelve al pecado y la luz verde a la redención, como si de un semáforo
se tratara. Tanto color primario fatiga la vista. El vestuario tampoco es muy
vistoso: se queda completamente exánime bajo esos focos inclementes. Pero la
producción también tiene sus virtudes. La escenografía de Gottfried Pilz es
interesante y viva. Construida sobre dos plataformas giratorias y paneles en
americana muestra un salón laberíntico lleno de puertas que se transforma en
distintos espacios. Todo se cierra con un panorama de fondo, creando un
interesante efecto de profundidad y amplitud. Aunque hay problemas de
alineación, los maquinistas del Teatro Real realizan, como siempre, un
trabajo impecable y muy complejo en este caso. Las voces del primer reparto
son estupendas. Peter Seiffert es un Tannhaüser inmejorable, poderoso y
emotivo. Se mete en el papel y se entrega durante la larga función sin dar
muestra alguna de fatiga. A pesar de su fuerza vocal, sabe dosificar muy bien
la dinámica e introduce quiebros puntuales, llenos de dramatismo y sin caer
en el mal gusto. Petra Maria Schnitzer encarna a Elisabeth sin tanto
desgarro, pero de manera igualmente brillante y convincente, plasmando en su
voz grande y bella toda la aflicción del personaje. A Christian Gerhaher le
ha tocado hacer de Wolfram von Eschenbach. Su versión de la “Canción del
lucero vespertino” es sencillamente maravillosa. El reparto no se queda atrás
y obtiene las mayores ovaciones del público junto al coro que, dirigido por
Peter Burian, realiza algunas intervenciones magistrales, a pesar de vivir
unos momentos de zozobra laboral. Tras un arranque especialmente lento y
difícil, López Cobos marca unos aires inusuales que no consigue imponer
claramente ni en el foso ni en la escena. Cabe suponer que responden, como es
habitual en sus atentas lecturas, a las indicaciones literales de la
partitura, pero no resultan eficaces. Entre aciertos y desaciertos, la función
nos permite disfrutar de una música y de unas voces maravillosas. (Fotografía de Javier del Real) |