Revista musical de publicación en Internet
(crítica publicada el día 28-3-2009)

> TEMPORADA MUSICAL MADRILEÑA <

 

Tannhäuser en duotono

Por Víctor Pliego de Andrés

Tannhäuser und der Sängerkrieg auf Wartburg, gran ópera romántica en tres actos, con música y libreto de Ricardo Wagner. Reparto: Günther Groissböck (Landgrave Hermann), Peter Seiffert / Robert Gambill (Tannhäuser), Christian Gerhaher / Roman Trekel (Wolfram von Eschenbach), Stephan Rügamer (Walther von der Vogelweide), Felipe Bou (Biterolf), Joan Cabero (Heinrich der Schreiber), Johann Tilli (Reinmar von Zweter), Petra Maria Schnitzer / Edith Haller (Elisabeth ), Lioba Braun / Anna-Katherina Behnke (Venus), Sonia de Munck (un pastor), Rosa Mª Caballero, Gloriana Casero, Mayte Yerro, Dolores Coll (pajes). Coro y Orquesta del Teatro Real. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena : Ian Judge. Escenógrafo y figurinista: Gottfried Pilz. Iluminador: Mark Doubleday. Director del coro: Peter Burian. Producción de la Ópera de Los Ángeles. Teatro Real de Madrid, 13 de marzo a 2 de abril de 2009.

El Teatro Real ha presentado una polémica producción de Tannhaüser procedente de la Ópera de los Ángeles. Es una producción vistosa, con una dirección de escena pretendidamente provocadora, pero vulgar y fallida. Ian Judge ofrece una lectura simplista y tosca del drama wagneriano al contraponer el sexo a la castidad, sin profundizar en la culpa, ni en la redención, ni en la compleja ambigüedad de los protagonistas. Es una puesta en escena más anticuada que moderna a pesar de que algunos medios de comunicación hayan destacado su carácter provocador por el hecho de que la bacanal en el Venusberg de la primera parte se muestre con figurantes casi desnudos (llevan tanga visón) que simulan torpemente una orgía. Algunos llaman a eso sexo explícito; será que nunca han visto la televisión. Si tales eran las angustiosas pasiones que atormentaban al caballero cantor, estamos apañados. Por otro lado, la presencia de cuerpos desnudos en la ópera es un recurso que ya está muy trillado desde hace décadas. Hubiera resultado mucho más sugestiva, por su valor metafórico, una buena coreografía. Pero además de este arranque fallido, la puesta en escena contiene otros muchos desaciertos. El arpa suena mientras el caballero finge tocar un piano de cartón, dando solución patética a un error de concepto. El mecanismo que hace florecer al báculo despierta risas por su evidente accionamiento, aunque las hojas son tan raquíticas que no se ven más allá de la fila siete. En cualquier comercio de artículos de ilusionismo se pueden encontrar producciones florales más vistosas. La iluminación es igualmente plana y por momentos molestos: la luz roja envuelve al pecado y la luz verde a la redención, como si de un semáforo se tratara. Tanto color primario fatiga la vista. El vestuario tampoco es muy vistoso: se queda completamente exánime bajo esos focos inclementes. Pero la producción también tiene sus virtudes. La escenografía de Gottfried Pilz es interesante y viva. Construida sobre dos plataformas giratorias y paneles en americana muestra un salón laberíntico lleno de puertas que se transforma en distintos espacios. Todo se cierra con un panorama de fondo, creando un interesante efecto de profundidad y amplitud. Aunque hay problemas de alineación, los maquinistas del Teatro Real realizan, como siempre, un trabajo impecable y muy complejo en este caso. Las voces del primer reparto son estupendas. Peter Seiffert es un Tannhaüser inmejorable, poderoso y emotivo. Se mete en el papel y se entrega durante la larga función sin dar muestra alguna de fatiga. A pesar de su fuerza vocal, sabe dosificar muy bien la dinámica e introduce quiebros puntuales, llenos de dramatismo y sin caer en el mal gusto. Petra Maria Schnitzer encarna a Elisabeth sin tanto desgarro, pero de manera igualmente brillante y convincente, plasmando en su voz grande y bella toda la aflicción del personaje. A Christian Gerhaher le ha tocado hacer de Wolfram von Eschenbach. Su versión de la “Canción del lucero vespertino” es sencillamente maravillosa. El reparto no se queda atrás y obtiene las mayores ovaciones del público junto al coro que, dirigido por Peter Burian, realiza algunas intervenciones magistrales, a pesar de vivir unos momentos de zozobra laboral. Tras un arranque especialmente lento y difícil, López Cobos marca unos aires inusuales que no consigue imponer claramente ni en el foso ni en la escena. Cabe suponer que responden, como es habitual en sus atentas lecturas, a las indicaciones literales de la partitura, pero no resultan eficaces. Entre aciertos y desaciertos, la función nos permite disfrutar de una música y de unas voces maravillosas.

 

(Fotografía de Javier del Real)

http://www.teatro-real.com/