La voz de la esfinge
Por Víctor Pliego de Andrés
Recital de Lieder de Robert Schumann, Gustav Mahler y Hugo Wolf. Dorothea Röschmann (soprano) y Malcolm Martineau (piano). XV Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 27 de
abril de 2009.

Sustituyendo a Barbara
Bonney, que no pudo cantar debido a una enfermedad,
Dorothea Röschmann cantó
en el ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. Su voz es cálida y
dramática desde la primera nota del recital. Su primera intervención, con las
canciones de la Reina María
Estuardo de Schumann, nos ubicó en el tono
romántico e intenso que tendría todo el recital. No hace apenas gestos, canta
como una estatua, pero su voz lo dice todo; en su voz reside toda su fuerza.
La austera presencia de la soprano estuvo en consonancia con la austera
concepción interpretativa: sobria, contenida y exacta, emocionante sin
excesos. La teoría de la música ha considerado tradicionalmente que la
expresividad del lenguaje musical se deriva de la dinámica y del fraseo. Las
versiones de Röschmann parecen ratificarlo con un
magnífico fiato
y un fraseo que ascendía suavemente, desde los “pianos” más dulces e
inteligibles, hasta los “fortes” necesarios,
siempre bien dosificados y colocados. Pero es la línea media en la que mejor
se sostuvo, con delectación y cierta lentitud en los tiempos. Su versión de
algunos números de Amor y vida de
mujer, de Schumann, fue delicada e introspectiva.
Con las canciones de Gustav Mahler
se fue soltando, y ofreció lo mejor de la velada en un tono más operístico.
Su perfecta afinación quedó probada en las líneas de Hugo Wolf, cuyas piezas cerraron
el recital. Malcolm Martineau
complementó desde el piano la música, derrochando todos los gestos y la
teatralidad que la cantante tanto economizaba, Formaron una curiosa pareja de
escenario, complementaria en actitudes y criterios, pero eficaz en lo
musical. Me pareció advertir, por algún brillo en su mirada, que la aparente
concentración de la soprano quedaba fugazmente perturbada por alguna de las
horrendas toses y repetidas llamadas telefónicas que pudimos oír en el
transcurso del recital. Tal vez fuera mi propia sugestión, pues la música
siguió fluyendo de principio a fin con idéntica perfección. Fue una de esas veladas
musicales en las que parece que no ocurre nada extraordinario, aunque el mejor
arte estuvo presente.