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Revista
musical de publicación en Internet |
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Triunfo de la plástica Rigoletto. Melodrama en tres actos. Música de Giuseppe
Verdi. Libreto de Francesco
Maria Piave, basado en Victor
Hugo. Primer reparto: José Bros, Roberto Frontali, Patricia Ciofi, Marco
Spotti, Nino Surguladeze. Director musical: Roberto Abbado. Directora de escena: Monique
Wagemakers. Escenógrafo: Michael Levine. Figurinista: Sandy Powell. Iluminador: Reinier Tweebeeke. Director del coro: Peter
Burian. Coro Intermezzo.
Orquesta Titular del Teatro Real. Producción del Teatro Real y del Liceo de
Barcelona basada en el montaje original de la ópera Holandesa de Ámsterdam.
Teatro Real de Madrid,
Dieciocho funciones, casi todas seguidas, ha sido la
fastuosa oferta para este curioso Rigoletto. Han
hecho falta tres repartos y del cartel original se cayó Juan Diego Flórez. Aún así, el título basta por si solo para atraer
al público y llenar. El esfuerzo ha sido importante (sobre todo para la
orquesta y los técnicos) y esperamos que también lo haya sido la
rentabilidad. El Real, en alianza con
el Liceo, ha rescatado una producción de Ámsterdam. Nos explican que el minimalismo de la escenografía pretende centrar la
atención y el protagonismo en los personajes, pero a mi buen entender ocurre
todo lo contrario. La exquisita realización plástica del montaje acapara toda
la atención, restando nervio y fuerza al melodrama de Piave.
La iluminación de Reinier Tweebeeke
es impecable y crea diversas atmósferas, aunque algo frías. El escenario está
definido por una gran plataforma cuadrada que oscila y que flota en el aire y
se mueve una con pasmosa ligereza,
portando a los intérpretes. Todo es muy austero, aparentemente, pero detrás
de estas bellísimas imágenes, algunas de las cuales tienen toda la fuerza de
un cuadro viviente, hay un alarde de ocultas y muy avanzadas máquinas. Pero
todo ese esteticismo parece ajeno a la trama. No se advierte apenas ninguna
relación con la acción teatral, ninguna aclaración, ninguna ayuda que
refuerce la historia. Más bien, al contrario, la estética visual distrae. El
montaje da la sensación de ser una amalgama de discursos superpuestos, ajenos
entre si. El teatro y la música quedan convertidos en pura anécdota, en un
fondo sonoro que acompaña a estos fastuosos cuadros de luz. La dirección de
escena marca movimiento generales, conduce al coro hacía unas coreografías
mecánicas algo autistas, y descuida los detalles actorales
de los cantantes. El primer reparto fue excelente. El espacio vacío no
favorecía mucho la proyección de las voces, pero todas se oyeron con
claridad. Roberto Frontali acometió magistralmente el
papel de Rigoletto, con sobrada fuerza y adecuado
dramatismo, algo perdido entre ese gélido ambiente. Gilda
fue interpretada por Patricia Ciofi que se reservó sus
mejores facultades y las dosificó. Fue ganando presencia en el transcurso de
la representación, sobre todo en algunos momentos del segundo acto, que
gustaron mucho y fueron premiados con calurosas ovaciones. Supo administrar astutamente
sus éxitos, aunque no se implicó demasiado en este montaje y eso fue muy evidente.
José Bros no estuvo mal como Duque de Mantua. Desplegó su pirotecnia vocal apretando un poco
los agudos y eso el público no lo perdonó. La cantante Nino
Surguladze puso en juego todo su talento en su
breve pero intervención como Maddalena y a mí me
gustó especialmente. Roberto Abbado (sobrino de
Claudio Abbado) dirigió con dificultad una orquesta
que atendía con brusquedad a sus indicaciones dinámicas. Tras sus recientes
protestas, el coro habitual en estas funciones fue reemplazado por otra
empresa. Pudimos disfrutar de un gran espectáculo, muy interesante, con muy
buenas voces, pero inadecuado para un título tan melodramático y romántico
como es Rigoletto. (Fotografía: Javier del Real) |
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