|
FILOMÚSICA Revista
musical de publicación en Internet |
|
Lulú en oratorio Lulú. Ópera en un
prólogo y tres actos. Música y libreto de Alban Berg. Reparto: Agneta Eichenholz, Jennifer Larmore, Heather Shipp, Sten Byriel,
Will Hartmann, Gerd Grochowski, Paul Groves, Franz Grundheber, Paul Gay, Gerhard Siegel, Ruth González, Itxaro Mentxaka, María José Suárez, David Rubiera, Josep Ribot. Director musical: Eliahu Inbal. Director de
escena: Christof Loy.
Escenógrafo y figurinista: Herbert Murauer. Iluminador: Reinhard Traub. Coreógrafo: Thomas Wilhelm.
Orquesta Titular del Teatro Real. Producción del Teatro Real y
Empezar la temporada del Teatro Real con la ópera Lulú no debería suponer hoy ningún riesgo.
El título tiene más de setenta años y hace mucho que dejó de ser un estreno.
Lo que podría dar alas a los detractores de esta maravillosa obra es la
polémica puesta en escena que se ha presentado. Anunciada como “minimalista”,
resulta en realidad pobre y estática; casi parece un oratorio o una ópera “en
concierto”. Su frialdad nada tiene que ver con la intensidad expresionista de
Lulú, sino que contradice
constantemente el espíritu de la música, del libreto y de la acción. El
decorado se limita a una caja negra cruzada por una mampara traslúcida que,
según escuché decir a un espectador, parecía de una ducha. La iluminación es fría, el
vestuario saca del ropero los trajes negros de siempre, y la acción es prácticamente
inexistente. ¡Con la de cosas que el teatro puede conseguir con una manta y
una bombilla! No se advierte ninguna calidad plástica ni escénica en la
producción. También fue minimalista y contradictorio el montaje de Rigoletto visto a finales de la temporada
pasada, pero allí sí que pudimos apreciar y valorar una estética discutible,
pero exquisita y refinada. Este montaje de Lulú no aporta nada a la narración, ni a la emoción, ni a la
belleza, ni a la dramaturgia, ni a la música, ni a la ópera. La presencia del
renombrado maestro Eliahu Inbal
en el foso poco pudo ayudar a salvar la situación. Los cantantes hicieron
frente al papelón, demostrando mucho más conocimiento del estilo que el
equipo escénico. Las partes cantadas fueron salvadas con mérito, pero las
partes habladas quedaron oscurecidas. ¿Sería ésta, tal vez, otra consecuencia
intencionada del supuesto minimalismo? Parte del
público protestó y marchó sin esperar al final de la funciones. La culpa no
fue de Alban Berg, ni de la música, ni del libreto.
Tampoco de los músicos ni de los intérpretes. La mujer fatal no se merecía
este desenlace. (Fotografía: Javier del Real) |
|
|