Revista musical de publicación en Internet
(crítica publicada el día 30-5-2009)

> TEMPORADA MUSICAL MADRILEÑA <

 

El ave fénix

Por Víctor Pliego de Andrés

Recital de Barbara Hendricks (soprano) y Love Derwinger (piano). Winterreise, op. 89, D 911 (Viaje de invierno), de Franz Schubert. XV Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 11 de mayo de 2009.

 

 

Barbara Hendricks es una singular, respetada y veterana soprano, con una voz legendaria que aún conserva destellos de su antiguo esplendor. Se advierte en su arte un talento natural y arrollador, un oído maravilloso, y un sentido personal, muy seductor, de la musicalidad. En el recital ofrecido dentro del ciclo de Lieder del Teatro de la Zarzuela se presentó con El viaje de invierno de Franz Schubert. Fue un viaje insólito, lleno de sorpresas, que recorrió estacones y edades pero en el sentido inverso. Si bien la conclusión, la llegada al invierno es la metáfora de la senectud, aquí la soprano empezó con una voz envejecida y deshilachada, para ir creciendo hacía la madurez y terminar extrayendo recuerdos de su voz juvenil. Renació de sus propias cenizas, asombrando al respetable. La precisión de su afinación es sobrecogedora, y la seguridad de los ataques, incluso en los momentos iniciales en los que manifestó una evidente destemplanza. Fue ganando en dramatismo y voz poco a poco, apoyándose antes que sus calidades canoras que en la dicción. El pathos fue derrotando al logos. Los registros se fueron igualando a ojos vista y de pronto se produjo la magia, con la aparición de una voz llena de plasticidad y fuerza.

 

Hendricks tuvo mucho arrojo y humildad al mostrar sus puntos débiles sin ningún disimulo, confiando en el respeto del público, aunque seguramente sabía que al final la voz alcanzaría su plenitud. El pianista estuvo algo desaliñado y se mostró bruto en los momentos delicados, tapando a veces la voz con el piano completamente abierto. Pero la espera valió la pena y la soprano fue creciendo. La afición reconoció el valor de la artista, que cantó como propina una espectacular versión del Ave María de Schubert y un bis de El tilo, número cinco del Viaje de invierno. Un incidente desagradable ensombreció la velada. Durante medio recital se escuchó en la sala un persistente e insidioso pitido, tal vez de algún audífono mal ajustado, que despertó las lógicas protestas del público. No fue posible localizar la fuente de la perturbación y nadie pudo hacer nada para suprimirlo, pero finalmente desapareció con el mismo misterio con el que había llegado.

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