Músicos de ahora y de mañana
Por Víctor Pliego de Andrés
Cuatro piezas para orquesta, de Cristóbal Halffter. El
Mar de las Calmas, Antón Gracía
Abril, El Mandarín
Maravilloso, de Béla Bartók. Joven Orquesta Nacional de España. Director:
Miguel Romea. Auditorio Nacional de Música. Madrid, 19 de enero de 2009.

La Joven Orquesta Nacional de España (JONDE)
vive un momento excelente. Tiene un sonido espectacular y un gran
equilibrio entre todas las secciones.
Se nota que el nivel de los jóvenes instrumentistas no deja de subir. En los
últimos lustros, la formación orquestal, que antes era casi inexistente, ha
recibido un gran impulso en los conservatorios y los resultados están a la vista.
Además, las jóvenes orquestas están de moda: justifican la función social y
educativa de la música clásica, salen más baratas que las orquestas
profesionales y, en muchos casos, ofrecen resultados mejores. Cuentan con una
mano de obra cualificada, barata y entusiasta. La cosa cambia mucho cuando
pasan a ser profesionales y plantean sus lógicas exigencias profesionales. El
paso de ser becario a ser asalariado puede ser muy duro. La JONDE
se presentó con músicas del siglo XX adecuadamente escogidas
para lucir un sonido poderoso y para quitar el miedo que muchos músicos
puedan tener al repertorio más moderno. Es necesario acostumbrar a los
músicos y al público a familiarizarse con una época que ya es historia y que ofrece
músicas tan diversas como valiosas. Las que conformaron este programa eran
piezas excelentes, efectistas y fáciles de escuchar. Se tocaron obras de dos
maestros españoles consagrados. Las Cuatro
piezas para orquesta de Cristóbal Halffter son
el resultado de un reciente encargo del Palau de la Música de Valencia. Son
cuatro movimientos espectaculares en los cuales Halffter
confirma una vez más su dominio de las grandes masas sonoras y de los
contrastes orquestales. Antón García Abril compuso El Mar de las Calmas para el Festival Internacional de Música de
Canarias, y en esta obra hace un claro homenaje a la cultura de las islas,
entrelazado sutilmente melodías tradicionales en un evocador tapiz sinfónico.
El programa se completó con El Mandarín
Maravilloso, de Béla Bartók,
una pieza de 1919 que conserva toda su frescura y brillantez. La orquesta
pudo desplegar sus efectivos de forma ordenada. El repertorio ayudó a los
músicos a tocar con todo el brío que las piezas requerían, rompiendo con la
timidez que a veces pueden mostrar los jóvenes instrumentistas. El maestro
Miguel Romea desarrolló un excelente trabajo artístico y pedagógico,
dirigiendo la orquesta con precisión, confianza y claridad, pero también con
mucha expresividad. Es un gran músico y “además” un magnífico maestro. El
concierto se remató con dos propinas lucidas: las Danzas de Galanta de Zoltan Kodály y una inesperada
versión de Suspiros de España. Fue
un concierto espectacular, con un programa atractivo y unos intérpretes
excelentes, pero el Auditorio Nacional solo se llenó a medias. ¿Tienen que
venir las jóvenes orquesta de Latinoamérica para que llenar el auditorio? Tal
vez en este país no valoramos lo que tenemos, o no lo sabemos “vender”.