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Africana y latinoamericana
Por
Víctor Pliego de Andrés
El dúo de la africana. Un espectáculo de Xavier Albertí y Luïisa Cunillé, a partir de la zarzuela de Manuel Fernández
Caballero y Miguel Echegaray. Reparto: Chantal Aimée, Xavier Albertí, Pere Arquillué, Joan Carreras, Miquel Cobos, Oriol Genís, María Hinojosa / Marta Valero, Alicia Pérez y
Carme Sánchez. Coro de Cámara Fòrum Vocal. Dramaturgia:
Lluïsa Cunillé. Director
del coro: Daniel Mestre. Escenografía: Lluc Castells. Vestuario: María Araujo. Iluminación: Albert Faura. Producción del Teatre Lliure. Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero, Madrid, del
15 de enero al 15 de febrero de 2009

Fotografía: Ros Ribas
El dúo de la Africana triunfó en el Teatro Apolo de Madrid a finales del
siglo XIX donde, tras su estreno, y se estuvo representando
durante tres temporadas seguidas. Es una zarzuela chica que satiriza el mundo
del teatro presentando a una compañía chusca que pretende
llevar a escena L’Aficaine de Meyerbeer.
La obra es genial y redonda, y los añadidos que introducen Albertí y Cunillé para esta
versión del Teatre Llïure
no ayudan mucho. Incluso despistan al respetable durante toda una primera
parte con monólogos ingeniosos y desconcertantes, que parecen llevarnos a un
teatro surrealista. Muchos espectadores acuden esperando ver la zarzuela, y
se encuentran con un espectáculo un tanto vanguardista y arriesgado. La música
tarde en llegar y la incertidumbre se hace tan larga que incluso despierta
los comentarios del público, que se pregunta en voz alta que es lo que está
viendo. Lo mejor de la función son las partes en las que aflora el texto y la
música original. La producción del Teatre Lliure es por lo demás vistosa y más que digna: cuenta
con una preciosa y evocadora realización plástica en la escenografía,
indumentaria e iluminación. El Teatre Lliure además hace con esta función una inesperada
incursión en la zarzuela interpretada en castellano, con acentos peninsulares
y transoceánicos. Los actores son bueno,
pero les falta pasión y algo de voz al hablar. Se nota que no se creen la
versión en la que están embarcados, y no consiguen conectar con un público,
que aplaude por cortesía. Ganan mucho cuando cantan y cuando hacen coros.
Xavier Albertí interpreta sobre el escenario al “Maestro”
y toca los acompañamientos al piano. Las referencias al mundo del teatro que forman
parte de la obra original se enriquecen con otras muchas que deleitan a los más
zarzueleros y eruditos. Hay alusiones a Valle-Inclán,
a Mihura, a Jardiel, a Gómez
de la Serna. No
estamos ante un espectáculo fácil, sino ante un experimento muy complejo de
teatro dentro del teatro y dentro del teatro: una carambola demasiado
rebuscada. Con esta versión han pretendido, de alguna manera, actualizar la
zarzuela, procurando encontrar cierta frescura sin renunciar a la nostalgia. La
acción se traslada a la república de Nueva Peñaranda, donde una compañía grotesca
que está de gira debe convencer con un pase privado a la señora gobernadora de
que les conceda el permiso para actuar. Hay más teatro que zarzuela, y un trasfondo
cuyas intenciones políticas no quedan
del todo claro. Es una reflexión escénica sobre el pasado y futuro de la
zarzuela. La función tarda en alcanzar
la velocidad de crucero, es curiosa, pero también irregular y discutible por
la mezcla de elementos y de pretensiones. Hay calidad en todo el espectáculo y se
pasa un buen rato.
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