Revista mensual de publicación en Internet
Número 88º (Addenda)

> TEMPORADA MUSICAL MADRILEÑA <


Marilyn se mete a monja

Por Víctor Pliego de Andrés

Il trionfo del Tempo e del Disinganno. Oratorio en dos partes. Música de Georg Friedrich Händel. Libreto de Benedetto Pamphili. Reparto: Isabel Rey / Ingela Bohlin ( La Belleza ); Vivica Genaux / Anna Bonitatibus (El Placer); Marijana Mijanovic / Romina Basso (El Desengaño); Steve Davislim / Kobie van Rensburg (El Tiempo). Dirección musical: Paul McCreesh. Dirección de escena: Jürgen Flimm. Escenografía: Erich Gonder. Figurines: Florence von Gerkan. Iluminación: Martin Gebhardt. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Producción de la Opernhaus de Zürich. Teatro Real de Madrid, 2 al 15 de noviembre de 2008.

La música de Händel siempre es un regalo para los oídos: exuberante, apasionada, virtuosística, tanto en lo vocal como en lo instrumental. Su oratorio titulado El triunfo del Tiempo y del Desengaño contiene algunas bellísimas arias que forman parte de un repertorio conocido (“Un pensiero nemico di pace”, “Lascia la spina”…). Este oratorio es una obra magnífica de un joven e inspirado compositor. La idea de llevarla a escena es una interesante y arriesgada propuesta. Del mismo modo que, a veces, las óperas se hacen en concierto, los oratorios y otros géneros de conciertos se pueden escenificar. Hay sospechas, derivadas del propio libreto, de que este oratorio tenía diversos elementos escénicos, pero la puesta en escena realizada por Jürgen Flimm ha ido en otra dirección muy distinta y discutible, ignorando dichas alusiones. La dirección musical, viva, fogosa, rica, variada, de Paul McCreesh ha sido lo mejor de la producción. Ha repetido su éxito del pasado año obteniendo de los profesores de la orquesta, reforzados con algunos instrumentos antiguos, sonoridades sorprendentes. El maestro ha procurado dar continuidad a todos los números bordeando la precipitación, y ha estado más pendiente del foso que de las tablas. El reparto vocal se defiende con holgura a través del peliagudo perfil melódico de las arias, lo cual no es poco, pero le faltó mayor dominio y más ornamentación. No me explico esta carencia que podría haber sido subsanada con un adecuado asesoramiento, dado que los intérpretes de hoy no cuentan con las habilidades improvisatorias que cultivaron en los albores del siglo XVIII. En el primer reparto destaca la calidez y fuerza de Vivica Geneaux, cuyo papel como Placer es sin duda protagonista absoluto de la obra. Isabel Rey, que interpreta la Belleza , se reserva hasta la escena final, y su participación resulta en general fría y distante. Marina Mijannovic presenta una voz tan interesante como turbadora en el Desengaño, y en algunos momentos sorprende. Steve Davislim canta la parte del Tiempo correctamente, con alguna inseguridad. El segundo reparto ha estado mucho mejor que el primero y ha sido más equilibrado. El cuarteto vocal formado por Ingela Bohlin ( La Belleza ), Anna Bonitatibus (El Placer), Romina Basso (El Desengaño) y Kobie van Rensburg (El Tiempo) ha cantado con buena compenetración, más sentido de grupo y con algo más de poder y convicción. También triunfó en este caso Romina Basso como el Desengaño.

Dado que el argumento de este oratorio es algo antiguo y no parece haber sido del gusto del director de escena, este lo ha cambiado por una historia en la que aparece una Marilyn Monroe (que también estuvo el año pasado en otra producción), ¡lesbiana para más señas!, que tras un desengaño amoroso decide meterse a monja (!). La puesta en escena es bonita y a la moda, pero completamente inadecuada. No realiza una lectura verosímil del mundo retórico y religioso en el que se mueve la obra. La ubicación en un restaurante de lujo podría haber servido para modernizar cualquier otro título del repertorio como por ejemplo Rigoletto, Carmen, Parsifal, Turandot El comedor se llena de personajes gratuitos y algo tópicos, que entran y salen con movimientos casi militares, muy rígidos y ausentes, distrayendo al respetable pero sin profundizar en la música ni en el texto. Aparecen camareros, doncellas, modelos de pasarela, aristócratas, el mismísimo Händel, bandidos y otros figurantes de guardarropía. Aunque son tipos a la moda del teatro de ópera, muchos de ellos resultan inexplicables a simple vista, mucho más que las figuras retóricas propias del Barroco. Solo con aclaraciones en una guía impresa (al modo de la Inconología de Cesare Rippa) habría podido el público entender su significado. Diseño e iluminación son bellos, pero los movimientos resultan torpes e inadecuados. Es el triunfo de la frivolidad, algo que casa poco con la densidad estética del Barroco. Menos mal que la música y las voces salvaron, en la medida de sus posibilidades, las funciones y el riesgo que supone tratar de recuperar un género tan infrecuente como el oratorio.

Fotografía: Javier del Real