Marilyn se mete a monja Il trionfo del Tempo e del Disinganno. Oratorio en dos partes. Música de Georg Friedrich Händel. Libreto de Benedetto Pamphili.
Reparto: Isabel Rey / Ingela Bohlin (
La música de Händel siempre es un
regalo para los oídos: exuberante, apasionada, virtuosística,
tanto en lo vocal como en lo instrumental. Su oratorio titulado El triunfo del Tiempo y del Desengaño contiene algunas bellísimas arias que forman parte de un repertorio conocido
(“Un pensiero nemico di pace”, “Lascia la spina”…). Este oratorio es una obra magnífica
de un joven e inspirado compositor. La idea de llevarla a escena es una
interesante y arriesgada propuesta. Del mismo modo que, a veces, las óperas
se hacen en concierto, los oratorios y otros géneros de conciertos se pueden
escenificar. Hay sospechas, derivadas del propio libreto, de que este
oratorio tenía diversos elementos escénicos, pero la puesta en escena
realizada por Jürgen Flimm ha ido en otra dirección muy distinta y discutible, ignorando dichas
alusiones. La dirección musical, viva, fogosa, rica, variada, de Paul McCreesh ha sido lo mejor
de la producción. Ha repetido su éxito del pasado año obteniendo de los
profesores de la orquesta, reforzados con algunos instrumentos antiguos,
sonoridades sorprendentes. El maestro ha procurado dar continuidad a todos
los números bordeando la precipitación, y ha estado más pendiente del foso
que de las tablas. El reparto vocal se defiende con holgura a través del
peliagudo perfil melódico de las arias, lo cual no es poco, pero le faltó
mayor dominio y más ornamentación. No me explico esta carencia que podría
haber sido subsanada con un adecuado asesoramiento, dado que los intérpretes
de hoy no cuentan con las habilidades improvisatorias que cultivaron en los albores del siglo XVIII. En
el primer reparto destaca la calidez y fuerza de Vivica Geneaux, cuyo papel como Placer es sin duda
protagonista absoluto de la obra. Isabel Rey, que interpreta
Dado que el argumento de este oratorio es algo antiguo y no
parece haber sido del gusto del director de escena, este lo ha cambiado por
una historia en la que aparece una Marilyn Monroe (que también estuvo el año pasado en otra
producción), ¡lesbiana para más señas!, que tras un desengaño amoroso decide
meterse a monja (!). La puesta en escena es bonita y a la moda, pero completamente
inadecuada. No realiza una lectura verosímil del mundo retórico y religioso
en el que se mueve la obra. La ubicación en un restaurante de lujo podría
haber servido para modernizar cualquier otro título del repertorio como por
ejemplo Rigoletto, Carmen, Parsifal, Turandot… El comedor se llena de personajes gratuitos y algo tópicos, que entran y
salen con movimientos casi militares, muy rígidos y ausentes, distrayendo al
respetable pero sin profundizar en la música ni en el texto. Aparecen camareros,
doncellas, modelos de pasarela, aristócratas, el mismísimo Händel, bandidos y otros figurantes de guardarropía.
Aunque son tipos a la moda del teatro de ópera, muchos de ellos resultan
inexplicables a simple vista, mucho más que las figuras retóricas propias del
Barroco. Solo con aclaraciones en una guía impresa (al modo de
Fotografía: Javier del Real
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