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CEREZO, ZACARÍAS El cabello corto y caneante. La manera calma y reposada. El hablar introspectivo y calmo. Anda en eterna luna de miel con la vida, que le ha regalado una nueva primavera. La acuarela prolonga su mano. Sobre papel de grano refleja la huerta, el jardín. Sus útiles de trabajo son el agua y el pincel. No da cuerda a los relojes. El tiempo para él no cuenta. Vive el afán de cada instante, saboreándolo como un vino. Lo feo y deforme no le interesa. No lamenta que la rosa tenga espinas. Celebra que la espina tenga rosas. Murcia, 20.I.1951 Guadalupe [de Macías Coque], al noroeste de la capital murciana, donde la tierra ensaya ribazos, alcores, altozanos, cabezos para ver pasar de lejos, abajo, el serpenteante río Segura. Guadalupe [de Macías Coque], abrigando en su suelo (regado, a veces; otras, reseco), el Monasterio de los Jerónimos (el Escorial murciano). Guadalupe [de Macías Coque] junto a la localidad de La Ñora, que toma o nombra el ingenio mecánico que eleva las aguas de riego para regar los secanos. Gudalupe [de Macías Coque], sencillo, rural, hortense. O familiar y cariñosamente: Maciascoque, sinónimo en Murcia de algo que está exageradamente lejos; estando, como está, exageradamente cerca. Reminiscencias de un tiempo, en que todo estaba lejos porque los medios de comunicación eran pobres, lentos, semovientes.
Ser aquí nacido es, para Zacarías Cerezo Ortín, un timbre de orgullo. El veinte de enero de mil novecientos cincuenta y uno la familia Cerezo-Ortín está de enhorabuena. Nace el tercero de sus hijos. Dos más vendrán. Él, el tercero, enmedio (como los jueves, sonríe levemente). El padre: Ginés. La madre: Josefa. Una familia en la que no hay ningún antecedente artístico reseñable, aunque los Cerezos del lugar siempre han sido imaginativos, creativos, soñadores.
La infancia discurre plácida, entre juegos, en un marco muy huertano. Zacarías no recuerda nada que en cuestiones artísticas le llamara especialmente la atención. Salvo los tebeos, en los que tras la aventura relatada veía dibujo: línea, trama, sombras, figuras carnalizándose en el plano del papel. Instintivamente imita esos dibujos, que traslada a su libreta escolar. Así de elementalmente empieza la aventura artística a manifestarse en él. En casa dibuja. En el colegio también. Su habilidad dibujística se pone muy pronto de manifiesto. Dibujar le complace más que nada.
En las Escuelas Primarias de Los Jerónimos, estudia (1956-1967) para hacerse un hombre de provecho (obsesión de la época). Dicho queda que el monasterio de Los Jerónimos abona exagerada fama de ser el Escorial murciano. Zacarías Cerezo contempla el monumento desde todos los vientos, soñando con llegar a saber lo suficiente para representarlo en el papel un día. Sus conocimientos de perspectiva son nulos. Sus capacidades aún rudimentarias. De momento se conforma con aprenderse la fábrica de obra del noble edificio de memoria. Día vendrá en que pueda trasladar al papel la sensación emocional que la piedra en él despierta.
Por naturaleza es callado, reflexivo. Todo lo contempla con respeto y todo lo pasa por su cedazo interior. El niño se está construyendo un jardín interior, un huertecillo de sentimientos privativos. A su modo, como advirtiera Platón, él ya es la medida de todas las cosas, esas cosas que contempla con arrobo y dibuja con delectación.
Llegado el momento de optar, la Formación Profesional se le ofrece como salida. En el cercano pueblo de Alcantarilla (la alcántara chica, el puentecillo) estudia entre los años 1967-1969, aprobando la rama electrónica con la que se ganará la vida (y no mal) trabajando en Telefónica.
Para entonces, Zacarías Cerezo ya dibuja y pinta con asiduidad, aprovechando todo rato libre. Y toma, también, por costumbre ir a ver exposiciones a Murcia, exposiciones que recorre en silencio, viendo lo que hacen los mayores; y, sobre todo, cómo lo hacen. En él ya va despertando un cierto sentimiento emocional hacia el modo artístico que más se acomoda a sus habilidades: el dibujo a línea y el óleo (dizque el óleo antes que la acuarela).
A partir de estas fechas su vida, como la de todos, comienza a moverse a saltos. En el escaque de su particular ajedrez las piezas se mueven de acuerdo a lo esperado. Vive y se casa en Gudalupe. Trabaja para ganarse la vida. Y en los ratos libres: dibuja y pinta.
En 1972, siente la necesidad de dar a conocer a los demás lo que pinta. Este año registra sus tres primeras exposiciones individuales: Casino de Molina de Segura, Casino de Beniaján, Casino de Murcia. En el catálogo de las tres muestras figura como ZCerezo.
Coinciden en ser tres los Casinos que abren sus salas de exposiciones al joven pintor. Zacarías Cerezo tiene sólo veintiún años y prueba con ese ZCerezo que abandona de inmediato porque no le satisface el invento. Y hace bien porque su nombre es harto eufónico.
La primera de las muestras se abre con una autopresentación que merece ser recogida in extenso porque revela su estado de ánimo en ese inicial momento de su carrera: «Es bien cierto que toda manifestación artística delata poco o mucho la personalidad de su autor y participa de ella. Y es ahora cuando acabada la obra y los cuadros amontonados en mi estudio se disponen a salir de él, que tomo conciencia de cómo en cada momento, el pincel o la pluma han estado influidos por mi estado de ánimo y mis sentimientos. Como si una fuerza extraña hubiese elegido los colores. Esto al margen naturalmente de la mayor o menor perfección con que han sido realizados. Quizás de aquí nazca la compenetración entre el autor y su obra, como un diálogo íntimo entre los dos.
He elegido para esta cuelga de cuadros, veinticinco de los últimos temas que he realizado. No necesitan presentación ya que si han de expresar algo lo harán por sí mismos y lo que ellos no digan tampoco lo sabré decir yo. Son temas realizados sin grandes estudios preparatorios, de forma espontánea, como improvisando sobre la superficie virgen, pero procurando siempre salvar su belleza y calidad pictórica.
El resultado está a la vista. ¡Ojalá os guste mi obra!
Sea como fuere vuestra sincera crítica, servirá para mejorarla.»
Se autopresenta el autor pleno de seguridad y lleno de dudas (y no es contradicción).
Ya sabe que la obra o es personal o no es, que el estado de ánimo y la circunstancia influyen en el resultado, que la obra impone secretamente su ley, que la pintura no precisa de explicación porque si no se explica sola no merece la pena. Confiesa que trabaja sobre la marcha. Y confía en la crítica sincera para mejorar el producto.
Buen catálogo de intenciones no faltan al joven autor. El artista pone de manifiesto ya en esta primera asomada (o ‘colgadura’) una preocupación social llamada a no tener continuidad en su obra. Se confirma así, aquí y en esto, aquella máxima (atribuída por unos a Camus por otros a Sartre): ‘De jóvenes, incendiarios; de mayores, bomberos’. Pues eso: el pintor se aproxima a lo social en la serie ‘Apunte para la maldición’ y al expresionismo de denuncia en el dibujo a pluma que ilustra su exposición en el Casino de Murcia. En esta última obra el pintor muestra un talante que le habría llevado muy lejos de haber proseguido en esa línea, a la que renunció, tal vez porque le asustara sentir que le metía demasiada tierra en el corazón.
En 1973, expone en Agrupación Cultural Telefónica. Y en 1979, en Casa de Cultura, Murcia. El salto entre aquélla y ésta es de seis largos años de sequía expositiva.
En estos años han pasado muchas cosas. El pintor con preocupaciones sociales ha desaparecido. Su obra ha viajado de lo social a lo urbano. Lo que expone en la murciana Casa de Cultura es paisaje urbano, recreación de lugares de la ciudad representados tal cual, sin quitar ni poner, con la técnica que más se acomoda a su pulso: el punteado a pluma.
Representación bella, hermosa, fiel... Todo muy acorde con la actividad que en ese momento más le distingue: el dibujo gráfico, el grafismo, la ilustración.
Entre 1979 y 1984, Zacarías Cerezo publica humor gráfico en La Verdad y otras ediciones del grupo nacional a que ésta pertenece.
Ser firma habitual en el periódico de mayor tirada de la región da fama, notoriedad (dinero tal vez no); pero quema. El artista se autoencasilla. El público le conoce como dibujante, como ilustrador, como humorista. Pero no le valora como artista mayor.
Y no sin razón. Seis años más hay que esperar para ver una nueva exposición suya. Lugar: una sala no convencional ‘P. Sanz Mobiliario’, Murcia. A partir de esta muestra, el pintor se afianza y relanza. Abandona el trabajo de ilustrador en La Verdad y lo reinicia en La Opinión. Y si bien es cierto que no se va a distinguir por exponer mucho; sí lo hará ya de manera metódica, como muestran los siguientes hitos cronológicos.
1986: Casa de Cultura, Mucia. 1987: Gala, Murcia; ‘Salón del Pequeño Formato’, El Corte Inglés, Murcia; Casa de Cultura, Murcia. 1988: El Corte Inglés, Murcia. ‘Salón del Pequeño Formato’, El Corte Inglés, Murcia. 1989: Casino, Murcia. Sala Municipal, San Javier. ‘Salón del Pequeño Formato’, El Corte Inglés, Murcia. 1990: Individual, El Corte Inglés, Murcia. ‘Salón del Pequeño Formato’, El Corte Inglés, Murcia. Colectiva del Colegio de Doctores y licenciados en BB. AA., Murcia.
En todas estas muestras la tónica es siempre la misma: dibujo urbano u hortelano, rincones de la ciudad o de la huerta, resueltos con toque puntillista.
La exposición de 1988 en El Corte Inglés, Murcia, refleja un cambio de tendencia. Desaparece el dibujo a línea. Aparece el color. Desaparece el grafista. Emerge el pintor. Pero aún supeditado al dibujante, como revela el escrito de presentación del crítico de arte Pedro Alberto Cruz:
«Lo primero que podemos apreciar en la exposición de Zacarías Cerezo, es la preeminencia que concede al dibujo como elemento constructivo en torno al cual gira el color, y todos los demás elementos de la composición en sí. No deja, salvo en raras ocasiones, fluir la mancha libre de límites, pues la encierra en unas líneas maestras y en unos planos nítidos, de claro valor volumétrico cuando el tema lo requiere. Y eso, no sólo lo vemos en los paisajes urbanos o no, quizás menos en las figuras, sino también en el papel de recursos que le da al soporte, de fuerte componente lineal, aunque en ocasiones lo enmascare sobreponiendo al blanco, blanco.
Los resultados son claros, y las obras se muestran agradables a nuestros ojos, con un color limpio y la poca agitación que conlleva el concepto de una pintura basada en la quietud, en el recreo de espacios silentes, donde la naturaleza invita a entrar en ella en un tono de discreta melancolía».
La moraleja es clara: el artista ha vivido mucho tiempo de y para la ilustración. Ilustrar no es malo. Pero concidiona. El modo de ver, de sentir, de representar y de resolver. El catálogo de esta muestra se abre con una representación urbana en la que el artista parece abonarse al hiperrealismo con algo de realismo mágico. Pero es un espejismo. El resto de la obra busca en la mancha acuarelística el papel que el punto tiene en los dibujos en tinta china.
En la muestra de 1990 en la misma sala la dicotomía se acentúa aún más. La obra se divide en dos: la representada con el color unido, ligado, y la representada con el color organizado en forma de pequeñas manchas (gruesas y duras) que se acumulan esperando que el ojo del espectador las una.
También los motivos aparecen divididos en dos grandes bloques: el urbano y el hortense, la ciudad y la huerta.
En la década de los noventa Zacarías Cerezo vuelve a menudear sus exposiciones. En 1991 participa en las colectivas del Colegio de Doctores y Licenciados en Bellas Artes, organizadas en Archena y Yecla. Sucesivamente, expone (años 1992, 1993 y 1994 ) en El Corte Inglés, Murcia.
En 1994 sale por primera vez fuera de la región, exponiendo en Caja Castilla-La Mancha, Albacete, y galería Ornato, Orihuela. Y aborda una actividad nueva: la realización de un gran mural sobre la obra de Francisco Salzillo en la Iglesia de Los Dolores, Murcia. En 1995 realiza pinturas en gran formato sobre lienzo para esta Iglesia. En 1996, expone en Cajamurcia Cehegín. Y en 1997, en Galería Pedro Flores, Murcia.
En estos diez años el artista ha tomado decisiones importantes. Ha dejado las colaboraciones en la prensa, sucesivamente desarrolladas en los diarios La Verdad y La Opinión, ha ingresado en la cofradía de los ‘mayores jóvenes’. Rebasa los cincuenta años con hambre de pintar. Le gusta el surrealismo. Vive muy aislado, pese a ser muy sociable, alterna el óleo, la acuarela y el dibujo a tinta china. Pero resuelve que el medio que más le cuadra, aquel con el que más a gusto se siente es la acuarela, con la que se considera capaz de hacer lo que quiere y como lo quiere.
La acuarela, como el dibujo, tiene también sus condicionantes. En nuestro país, donde tan dados somos a etiquetar, si a alguien se le etiqueta de acuarelista ya no habrá forma de que se quite de encima esa losa. Sobre la acuarela pesa la injusta fama de ser un arte menor, una expresión menor del arte. Un disparate. El arte no conoce de medios. Si es grande, no importa el soporte, el medio ni la técnica, sino la obra en sí. La obra siempre es individual. E individualmente ha de ser considerada, analizada, justipreciada.
En la acuarela también hay categorías. Hay los acuarelistas primorosos y los acuarelistas de andar por casa.
Zacarías Cerezo —que es consciente de todo esto porque está en el mundo— se apartida enseguida por un modo de hacer la acuarela que paulatinamente se va alejando del modo tradicional en busca del modo propio.
Quiere ser él y no los otros.
Un atisbo de ese ‘referencial afán de ser’ se pone de manifiesto en las exposiciones de 1991 y 1992 cuando la obra pintada se aparta de la representación estricta para orientarse hacia la representación mágica.
El paisaje subjetivado.
El paisaje pasado por el tamiz del artista.
El trasallá de las cosas, el lado mágico de lo que es, la incidencia de la luz (y del ánimo) en la representación de lo conocido (calle, jardín, flor, figura).
Serafín Alonso describe la obra de principios de los noventa:
«Sobre un trazo cuidado, definido, entretenido y minucioso, Zacarías Cerezo aporta su sensibilidad crativa con texturas de color —real o imaginario— fruto de su enorme intuición pictórica; haciendo protagonistas de sus obras a un escudo sobre una fachada urbana, un arco, una palmera, un campanario o una calle antigua, alcanzando así protagonismo aspectos que en el mirar apresurado del viandante son simplemente anécdota.
Su preocupación constante por la línea y por la luz ambiente, le llevan a algo tan difícil en pintura como es la interpretación de los distintos planos en los que la iluminación natural se descompone, para presentar esas zonas de penumbra con luz reflejada, solamente al alcance de los grandes maestros.
Zacarías Cerezo, acertado en los temas y sus soluciones pictóricas, es una rotunda realidad, alcanzada tras una entrega apasionada y constante hacia su decidida vocación artística».
De sus principios expresionistas poco queda. Su vocación impresionista es ya palmaria. El pintor sabe que la luz gusta enredar al pintor con el juego del ratón y el gato. No le importa saberse ratón con el que la luz juega. Y, a veces, sentirse él mismo gato que juega con la luz-ratón. La obra artística o es reto o no es nada. La obra artística nace del deseo de alcanzar lo inasequible, ese imposible posible.
En 1992, Juan A. Díaz sustantiva su vena impresionista: «Zacarías Cerezo —escribe— no pertenece a la aristocracia de la pintura, ni tiene ascendencia o raíces pictóricas. Lleva su propio bagaje. Y en su retina, dotada de una privilegiada sensibilidad, todo su tesoro no aprendido sino mamado en su tierra. Peregrino de la luz, sencillo, pero con aspiraciones, perspectivas y posibilidades; siempre bañado en la luz del Mediterráneo, el mar más azul del planeta; y tras la huella de Sorolla, el pintor de la ‘contundencia impresionista’». A. Navarro, por su parte, refiere su incursión en la técnica oleística: «...Y su obra más reciente (óleo) contiene, a partes iguales, la inquietud propia de los jóvenes pintores y la madurez atesorada tras una carrera tan prolífica».
Cierto es que desde entonces Zacarías Cerezo ha pintado mucho al óleo. Y no menos cierto, como también se ha señalado anteriormente, que donde más cómodo se siente es pintando a la acuarela.
Es posible que abandonara temporalmente el óleo (en arte las idas y venidas nunca son definitivas) al sentir que se le empastaba demasiado o que, muy al contrario, tendiera en el resultado a parecerse a la acuarela.
Cumple, en este punto, señalar que a Zacarías Cerezo nunca le ha apasionado pintar al natural, cosa que hace sólo ocasionalmente. Él prefiere pintar en el estudio (de memoria, en base a apuntes o fotografías) y a no importa qué hora o con qué luz.
Entre sus temas predilectos destaca el paisaje y el bodegón. El retrato hace tiempo que lo abandonó porque le condicionaba demasiado el modelo y sentía que no aportaba nada nuevo. No obstante, fueron numerosos los retratos de personalidades murcianas realizados a pluma para los periódicos, en los que la carga ilustrativa naturalmente pesaba.
Puesto a elegir (optar en arte es el camino más seguro para encontrarse), Zacarías Cerezo se orienta definitivamente a la obra sobre papel y de tamaño no excesivamente grande. Lo cual comienza de manera imperativa a manifestarse en 1992.
En la exposición de este año ya destacan un par de obras de lo que ha de ser su obra definitiva: la obra fragmentada, la aproximación al detalle, el detalle pintado.
Y esto tanto en lo urbanístico como en lo botánico o naturalista. Lo sorprendente es que no lo expone. O lo expone apenas, como con timidez. Asombra que así sea, pues es donde el pintor (con gran diferencia) se muestra más personal, más capaz, más ambicioso, más preciso, más él.
A punto está Piriz-Carbonell de fijarlo cuando en 1997 escribe:
«Zacarías Cerezo pinta con dulzura de artista sensible bajo el denominador común de una enérgica carga de inconformismo. Y pinta ‘a lo real’. Es figurativo y a la vez informal en sus mensajes, teniendo siempre algo que decir a través de sus pinceles, de sus bloques de formas, de sus pinturas realizadas ‘para disfrutar’ sí, pero también para mantener la nostalgia de la conversación social de quien lo admira y contempla.
He aquí, pues, un pintor figurativo que a ratos sabe, porque quiere, ser revolucionario, moderno y también ambicioso de trabajar hasta el futuro de los tiempos. Esto lo hace interesante, a considerar, mirar, revisar y también disfrutar. Es en una palabra, y a pesar de su férrea nostalgia de artista de siempre, un pintor de la actualidad».
Un pintor figurativo que a ratos sabe ser revolucionario. Quede ahí la fina observación mientras se fija, por respeto a la cronología, el resto de su trayectoria, ya de este lado del siglo que nos vive: el vigesimo primero.
2001: Fundación Cajamurcia, Caravaca. Colectiva en la Galería Artesanos Art Galery de Coral Gable, Florida, USA. 2002: Fundación Cajamurcia, Torre Pacheco. 2003: Ilustraciones en el libro de Alfonso Sánchez sobre la Semana Santa. Pacheco Galería de Arte, Caravaca. 2004: Casino, Murcia.
Para esta muestra, Zacarías Cerezo produce el brevísimo pero intenso texto ‘Restando luz’ que da nombre a la exposición y que por eso mismo merece la pena analizar:
«Al pintor se le da pigmento, agua, pincel y un papel en blanco que es el máximo de luz posible en la pintura. Igual que Miguel Ángel quitaba a golpe de cincel lo que sobraba a la piedra para que surgiera el David que había dentro, el pintor va restando luz al papel, pintando sombras para que surja la forma, el volumen, el matiz de luz que los ilumina. Esa es la sencilla labor del pintor: restar luz a un papel».
Acierta plenamente el pintor en su análisis. Restar luz a un papel es el objetivo del pintor a la acuarela. El color blanco, la luz, la pone el fondo del papel, el papel al fondo. Y no el ‘gouache’ blanco como los adulteradores del medio pretenden hacernos creer que puede hacerse. La acuarela exige respeto. O se pinta con tonos transparentes o con tonos opacos. O lo uno o lo otro. Lo uno y lo otro, no.
Al óleo, ídem de lienzo. Recurrir a un toque de blanco para dar la sensación de luz en una vasija o para dar la sensación de ola en una marina es recurso anticuado, artificio.
Curiosamente, tanto Soren Peñalver en su escrito poemático La luz del azahar en la sombra como yo mismo en Ya sólo el agua nos separa, coincidimos en destacar esa cualidad (quitar lo que sobra hasta dar con lo que falta) como característica del nuevo modo de hacer de Zacarías Cerezo en este preciso momento de su producción.
El pintor se encuentra en una situación idílica. Cincuenta y tres años. Dos hijos. Y una casa, mirando al campo, recién estrenada. En la nueva casa tiene un rincón para pintar, su estudio (léase: su ‘fábrica de sueños’), donde sólo admite la presencia de los músicos barrocos (a quienes oye mientras pinta). En las horas muertas, lee. Historia y ensayo, principalmente. Novela poca. Poesía, tampoco. Viajar le apasiona, contemplar el paisaje con hambre apresadora. La tauromaquia hasta ahora no le ha dicho nada. El teatro y el cine, sí. La gastronomía sólo le interesa como motivo para sentarse con amigos (pocos y escogidos) a dialogar. Distingue el buen vino. Se siente cómodo con la gente franca, abierta, con sentido del humor (¡reír con espontaneidad, vivacidad y ternura es tan difícil!). Detesta perder vanamente el tiempo. Entre sus retos pendientes destacan la escultura y la obra de gran formato.
En este momento, tan particular de su vida, nuestros caminos se cruzan. Escribo de él antes de conocerle personalmente, motivado por esa parte de su obra que ya he advertido que va mostrando una a una, con cuentagotas, y en la que sinceramente creo que está condensado todo el pintor.
Lo mucho en lo poco. El macrocosmos en el microcosmos. El Aleph de Borges. Todos los puntos contenidos en un solo punto.
Tras mucho probar, el pintor restando luz llega a la precisa forma de la forma y restando asunto llega a lo capital.
Eugenio D’Ors previno contra la corriente en boga de elevar lo accesorio a nivel de categoría. Zacarías Cerezo obra inversamente, busca en el fragmento la categoría y se la confiere, privada de toda anécdota.
Del bosque lo que ahora le importa es el árbol, del árbol el tronco, del tronco la rama, de la rama el brote, el botón de luz del futo que apunta en la florecida rama... El casi nada elevado a glorioso todo, la síntesis.
Luego de tantas vueltas y revueltas, de tanto mirar y ver, de tanto aprehender y representar, el pintor (ayer barroco) ha devenido minimalista. Mi consejo a Zacarías Cerezo huelga. Él ya trae en la mano encendida la bujía. Le ha robado la luz a los dioses (el papel ya se vio que es el dios que administra la luz). Y por primera vez pinta lo que nunca ha pintado y como nunca lo ha pintado, desde el mínimo esencial.
Haberlo escrito muchas veces no es razón suficiente para no reiterarlo una vez más. Hay un momento en pintura en que lo que importa no es pintar mucho, sino pintar más. Hay un momento en pintura en el que lo que a ésta le falta es quitarle lo que le sobra.
A tal resolución ha llegado Zacarías Cerezo. Y en tan preciso momento está. Tantos años viendo pintura, analizando pintura, me autorizan a ser profético. La obra, por la que Zacarías Cerezo ha de quedar, es esa: en la que nos dice cosas sin contarlas (vívidas como en las grandes novelas), en las que nos ofrece la rama en flor, la flor levemente frutecida, invitándonos a soñar con él la parte no representada.
Minimalizando Zacarías Cerezo alcanza un conmovedor lirismo. Su mundo actual me apasiona tanto como no me habría apasionado el anterior. El pintor ha echado mano de zoom, aproximando el ojo a lo mínimo ha acabado dando con lo grande.
Lao Tse también lo vio así en el Libro del Tao. Y San Juan de la Cruz en su inspirada Subida al monte carmelo.
Quitando, desechando, renunciando, rectificando, el pintor ha llegado a ese momento en que no sólo ama pintar, sino que amar lo que pinta es ya todo su oficio.
BIBLIOGRAFÍA ALONSO, SERAFÍN. Una auténtica realidad. El Corte Inglés, 1990. || Zacarías Cerezo o la preocupación por la línea. El Corte Inglés. Murcia, 1991. || Zacarías Cerezo, o lo diáfano en arte. Pedro Flores. Murcia, 1997. ARBOLEDA BALLÉN, EDUARDO. Mensajero de emociones. Fundación Cajamurcia. Murcia., 2002. CRUZ, PEDRO ALBERTO. Zacarías Cerezo. El Corte Inglés. Murcia, 1988. || Casa de Cultura, Beniaján. DÍAZ GARCÍA, JUAN ANTONIO. Zacarías Cerezo. El Corte Inglés. Murcia, 1992. || Ante una exposición. El Corte Inglés. Murcia, 1993. LARA, RAFAEL J. ZCerezo. Casino, Beniaján. MARTÍNEZ CEREZO, ANTONIO. Ya sólo el agua nos separa. Casino. Murci |