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  DICCIONARIO DE ARTISTAS ESPAÑOLES

DE ANTONIO MARTÍNEZ CEREZO

 

CEREZO, ZACARÍAS

El cabello corto y caneante. La manera calma y reposada. El hablar introspectivo y calmo. Anda en eterna luna de miel con la vida, que le ha regalado una nueva primavera. La acuarela prolonga su mano. Sobre papel de grano refleja la huerta, el jardín. Sus útiles de trabajo son el agua y el pincel. No da cuerda a los relojes. El tiempo para él no cuenta. Vive el afán de cada instante, saboreándolo como un vino. Lo feo y deforme no le interesa. No lamenta que la rosa tenga espinas. Celebra que la espina tenga rosas.

Murcia, 20.I.1951

Guadalupe [de Macías Coque], al noroeste

de la capital murciana, donde la

tierra ensaya ribazos, alcores, altozanos,

cabezos para ver pasar de lejos, abajo, el

serpenteante río Segura. Guadalupe [de Macías

Coque], abrigando en su suelo (regado, a

veces; otras, reseco), el Monasterio de los

Jerónimos (el Escorial murciano). Guadalupe

[de Macías Coque] junto a la localidad de La

Ñora, que toma o nombra el ingenio mecánico

que eleva las aguas de riego para regar los

secanos. Gudalupe [de Macías Coque], sencillo,

rural, hortense. O familiar y cariñosamente:

Maciascoque, sinónimo en Murcia de algo

que está exageradamente lejos; estando, como

está, exageradamente cerca. Reminiscencias

de un tiempo, en que todo estaba lejos porque

los medios de comunicación eran pobres, lentos,

semovientes.

 

Ser aquí nacido es, para Zacarías Cerezo

Ortín, un timbre de orgullo. El veinte de enero

de mil novecientos cincuenta y uno la

familia Cerezo-Ortín está de enhorabuena.

Nace el tercero de sus hijos. Dos más vendrán.

Él, el tercero, enmedio (como los jueves,

sonríe levemente). El padre: Ginés. La

madre: Josefa. Una familia en la que no hay

ningún antecedente artístico reseñable, aunque

los Cerezos del lugar siempre han sido

imaginativos, creativos, soñadores.

 

La infancia discurre plácida, entre juegos,

en un marco muy huertano. Zacarías no

recuerda nada que en cuestiones artísticas le

llamara especialmente la atención. Salvo los

tebeos, en los que tras la aventura relatada

veía dibujo: línea, trama, sombras, figuras

carnalizándose en el plano del papel.

Instintivamente imita esos dibujos, que

traslada a su libreta escolar. Así de elementalmente

empieza la aventura artística a

manifestarse en él. En casa dibuja. En el

colegio también. Su habilidad dibujística se

pone muy pronto de manifiesto. Dibujar le

complace más que nada.

 

En las Escuelas Primarias de Los Jerónimos,

estudia (1956-1967) para hacerse un

hombre de provecho (obsesión de la época).

Dicho queda que el monasterio de Los Jerónimos

abona exagerada fama de ser el Escorial

murciano. Zacarías Cerezo contempla el

monumento desde todos los vientos, soñando

con llegar a saber lo suficiente para representarlo

en el papel un día. Sus conocimientos

de perspectiva son nulos. Sus capacidades

aún rudimentarias. De momento se conforma

con aprenderse la fábrica de obra del

noble edificio de memoria. Día vendrá en

que pueda trasladar al papel la sensación

emocional que la piedra en él despierta.

 

Por naturaleza es callado, reflexivo. Todo

lo contempla con respeto y todo lo pasa por

su cedazo interior. El niño se está construyendo

un jardín interior, un huertecillo de

sentimientos privativos. A su modo, como

advirtiera Platón, él ya es la medida de todas

las cosas, esas cosas que contempla con arrobo

y dibuja con delectación.

 

Llegado el momento de optar, la Formación

Profesional se le ofrece como salida. En

el cercano pueblo de Alcantarilla (la alcántara

chica, el puentecillo) estudia entre los

años 1967-1969, aprobando la rama electrónica

con la que se ganará la vida (y no mal)

trabajando en Telefónica.

 

Para entonces, Zacarías Cerezo ya dibuja y

pinta con asiduidad, aprovechando todo rato

libre. Y toma, también, por costumbre ir a ver

exposiciones a Murcia, exposiciones que

recorre en silencio, viendo lo que hacen los

mayores; y, sobre todo, cómo lo hacen. En él

ya va despertando un cierto sentimiento emocional

hacia el modo artístico que más se acomoda

a sus habilidades: el dibujo a línea y el

óleo (dizque el óleo antes que la acuarela).

 

A partir de estas fechas su vida, como la de

todos, comienza a moverse a saltos. En el

escaque de su particular ajedrez las piezas se

mueven de acuerdo a lo esperado. Vive y se

casa en Gudalupe. Trabaja para ganarse la

vida. Y en los ratos libres: dibuja y pinta.

 

En 1972, siente la necesidad de dar a conocer

a los demás lo que pinta. Este año registra

sus tres primeras exposiciones individuales:

Casino de Molina de Segura, Casino de

Beniaján, Casino de Murcia. En el catálogo

de las tres muestras figura como ZCerezo.

 

Coinciden en ser tres los Casinos que abren

sus salas de exposiciones al joven pintor. Zacarías

Cerezo tiene sólo veintiún años y prueba

con ese ZCerezo que abandona de inmediato

porque no le satisface el invento. Y hace

bien porque su nombre es harto eufónico.

 

La primera de las muestras se abre con una

autopresentación que merece ser recogida in

extenso porque revela su estado de ánimo en

ese inicial momento de su carrera:

«Es bien cierto que toda manifestación

artística delata poco o mucho la personalidad

de su autor y participa de ella.

Y es ahora cuando acabada la obra y los

cuadros amontonados en mi estudio se disponen

a salir de él, que tomo conciencia de

cómo en cada momento, el pincel o la pluma

han estado influidos por mi estado de ánimo

y mis sentimientos. Como si una fuerza

extraña hubiese elegido los colores. Esto al

margen naturalmente de la mayor o menor

perfección con que han sido realizados.

Quizás de aquí nazca la compenetración

entre el autor y su obra, como un diálogo

íntimo entre los dos.

 

He elegido para esta cuelga de cuadros,

veinticinco de los últimos temas que he realizado.

No necesitan presentación ya que si

han de expresar algo lo harán por sí mismos

y lo que ellos no digan tampoco lo sabré

decir yo. Son temas realizados sin grandes

estudios preparatorios, de forma espontánea,

como improvisando sobre la superficie

virgen, pero procurando siempre salvar su

belleza y calidad pictórica.

 

El resultado está a la vista. ¡Ojalá os guste

mi obra!

 

Sea como fuere vuestra sincera crítica,

servirá para mejorarla.»

 

Se autopresenta el autor pleno de seguridad

y lleno de dudas (y no es contradicción).

 

Ya sabe que la obra o es personal o no es,

que el estado de ánimo y la circunstancia

influyen en el resultado, que la obra impone

secretamente su ley, que la pintura no precisa

de explicación porque si no se explica sola

no merece la pena. Confiesa que trabaja sobre

la marcha. Y confía en la crítica sincera

para mejorar el producto.

 

Buen catálogo de intenciones no faltan al

joven autor. El artista pone de manifiesto ya

en esta primera asomada (o ‘colgadura’) una

preocupación social llamada a no tener continuidad

en su obra. Se confirma así, aquí y

en esto, aquella máxima (atribuída por unos

a Camus por otros a Sartre): ‘De jóvenes,

incendiarios; de mayores, bomberos’.

Pues eso: el pintor se aproxima a lo social

en la serie ‘Apunte para la maldición’ y al

expresionismo de denuncia en el dibujo a pluma

que ilustra su exposición en el Casino de

Murcia. En esta última obra el pintor muestra

un talante que le habría llevado muy lejos de

haber proseguido en esa línea, a la que renunció,

tal vez porque le asustara sentir que le

metía demasiada tierra en el corazón.

 

En 1973, expone en Agrupación Cultural

Telefónica. Y en 1979, en Casa de Cultura,

Murcia. El salto entre aquélla y ésta es de

seis largos años de sequía expositiva.

 

En estos años han pasado muchas cosas. El

pintor con preocupaciones sociales ha desaparecido.

Su obra ha viajado de lo social a lo

urbano. Lo que expone en la murciana Casa

de Cultura es paisaje urbano, recreación de

lugares de la ciudad representados tal cual,

sin quitar ni poner, con la técnica que más se

acomoda a su pulso: el punteado a pluma.

 

Representación bella, hermosa, fiel... Todo

muy acorde con la actividad que en ese

momento más le distingue: el dibujo gráfico,

el grafismo, la ilustración.

 

Entre 1979 y 1984, Zacarías Cerezo publica

humor gráfico en La Verdad y otras ediciones

del grupo nacional a que ésta pertenece.

 

Ser firma habitual en el periódico de mayor

tirada de la región da fama, notoriedad

(dinero tal vez no); pero quema. El artista se

autoencasilla. El público le conoce como dibujante,

como ilustrador, como humorista.

Pero no le valora como artista mayor.

 

Y no sin razón. Seis años más hay que

esperar para ver una nueva exposición suya.

Lugar: una sala no convencional ‘P. Sanz

Mobiliario’, Murcia. A partir de esta muestra,

el pintor se afianza y relanza. Abandona

el trabajo de ilustrador en La Verdad y lo reinicia

en La Opinión. Y si bien es cierto que

no se va a distinguir por exponer mucho; sí

lo hará ya de manera metódica, como muestran

los siguientes hitos cronológicos.

 

1986: Casa de Cultura, Mucia. 1987: Gala,

Murcia; ‘Salón del Pequeño Formato’, El

Corte Inglés, Murcia; Casa de Cultura, Murcia.

1988: El Corte Inglés, Murcia. ‘Salón

del Pequeño Formato’, El Corte Inglés, Murcia.

1989: Casino, Murcia. Sala Municipal,

San Javier. ‘Salón del Pequeño Formato’, El

Corte Inglés, Murcia. 1990: Individual, El

Corte Inglés, Murcia. ‘Salón del Pequeño

Formato’, El Corte Inglés, Murcia. Colectiva

del Colegio de Doctores y licenciados en

BB. AA., Murcia.

 

En todas estas muestras la tónica es siempre

la misma: dibujo urbano u hortelano, rincones

de la ciudad o de la huerta, resueltos

con toque puntillista.

 

La exposición de 1988 en El Corte Inglés,

Murcia, refleja un cambio de tendencia. Desaparece

el dibujo a línea. Aparece el color.

Desaparece el grafista. Emerge el pintor.

Pero aún supeditado al dibujante, como revela

el escrito de presentación del crítico de

arte Pedro Alberto Cruz:

 

«Lo primero que podemos apreciar en la

exposición de Zacarías Cerezo, es la preeminencia

que concede al dibujo como elemento

constructivo en torno al cual gira el color, y

todos los demás elementos de la composición

en sí. No deja, salvo en raras ocasiones, fluir

la mancha libre de límites, pues la encierra en

unas líneas maestras y en unos planos nítidos,

de claro valor volumétrico cuando el tema lo

requiere. Y eso, no sólo lo vemos en los paisajes

urbanos o no, quizás menos en las figuras,

sino también en el papel de recursos que

le da al soporte, de fuerte componente lineal,

aunque en ocasiones lo enmascare sobreponiendo

al blanco, blanco.

 

Los resultados son claros, y las obras se

muestran agradables a nuestros ojos, con un

color limpio y la poca agitación que conlleva

el concepto de una pintura basada en la

quietud, en el recreo de espacios silentes,

donde la naturaleza invita a entrar en ella en

un tono de discreta melancolía».

 

La moraleja es clara: el artista ha vivido

mucho tiempo de y para la ilustración.

Ilustrar no es malo. Pero concidiona. El modo

de ver, de sentir, de representar y de resolver.

El catálogo de esta muestra se abre

con una representación urbana en la que el

artista parece abonarse al hiperrealismo con

algo de realismo mágico. Pero es un espejismo.

El resto de la obra busca en la mancha

acuarelística el papel que el punto tiene en

los dibujos en tinta china.

 

En la muestra de 1990 en la misma sala la

dicotomía se acentúa aún más. La obra se

divide en dos: la representada con el color

unido, ligado, y la representada con el color

organizado en forma de pequeñas manchas

(gruesas y duras) que se acumulan esperando

que el ojo del espectador las una.

 

También los motivos aparecen divididos

en dos grandes bloques: el urbano y el hortense,

la ciudad y la huerta.

 

En la década de los noventa Zacarías Cerezo

vuelve a menudear sus exposiciones. En

1991 participa en las colectivas del Colegio

de Doctores y Licenciados en Bellas Artes,

organizadas en Archena y Yecla. Sucesivamente,

expone (años 1992, 1993 y 1994 ) en

El Corte Inglés, Murcia.

 

En 1994 sale por primera vez fuera de la

región, exponiendo en Caja Castilla-La

Mancha, Albacete, y galería Ornato, Orihuela.

Y aborda una actividad nueva: la realización

de un gran mural sobre la obra de Francisco

Salzillo en la Iglesia de Los Dolores,

Murcia. En 1995 realiza pinturas en gran formato

sobre lienzo para esta Iglesia. En 1996,

expone en Cajamurcia Cehegín. Y en 1997,

en Galería Pedro Flores, Murcia.

 

En estos diez años el artista ha tomado decisiones

importantes. Ha dejado las colaboraciones

en la prensa, sucesivamente desarrolladas

en los diarios La Verdad y La Opinión, ha

ingresado en la cofradía de los ‘mayores jóvenes’.

Rebasa los cincuenta años con hambre

de pintar. Le gusta el surrealismo. Vive muy

aislado, pese a ser muy sociable, alterna el

óleo, la acuarela y el dibujo a tinta china. Pero

resuelve que el medio que más le cuadra,

aquel con el que más a gusto se siente es la

acuarela, con la que se considera capaz de hacer

lo que quiere y como lo quiere.

 

La acuarela, como el dibujo, tiene también

sus condicionantes. En nuestro país, donde

tan dados somos a etiquetar, si a alguien se le

etiqueta de acuarelista ya no habrá forma de

que se quite de encima esa losa. Sobre la

acuarela pesa la injusta fama de ser un arte

menor, una expresión menor del arte. Un disparate.

El arte no conoce de medios. Si es

grande, no importa el soporte, el medio ni la

técnica, sino la obra en sí. La obra siempre es

individual. E individualmente ha de ser considerada,

analizada, justipreciada.

 

En la acuarela también hay categorías. Hay

los acuarelistas primorosos y los acuarelistas

de andar por casa.

 

Zacarías Cerezo —que es consciente de

todo esto porque está en el mundo— se apartida

enseguida por un modo de hacer la acuarela

que paulatinamente se va alejando del

modo tradicional en busca del modo propio.

 

Quiere ser él y no los otros.

 

Un atisbo de ese ‘referencial afán de ser’

se pone de manifiesto en las exposiciones de

1991 y 1992 cuando la obra pintada se aparta

de la representación estricta para orientarse

hacia la representación mágica.

 

El paisaje subjetivado.

 

El paisaje pasado por el tamiz del artista.

 

El trasallá de las cosas, el lado mágico de

lo que es, la incidencia de la luz (y del ánimo)

en la representación de lo conocido (calle,

jardín, flor, figura).

 

Serafín Alonso describe la obra de principios

de los noventa:

 

«Sobre un trazo cuidado, definido, entretenido

y minucioso, Zacarías Cerezo aporta su

sensibilidad crativa con texturas de color

—real o imaginario— fruto de su enorme

intuición pictórica; haciendo protagonistas

de sus obras a un escudo sobre una fachada

urbana, un arco, una palmera, un campanario

o una calle antigua, alcanzando así protagonismo

aspectos que en el mirar apresurado

del viandante son simplemente anécdota.

 

Su preocupación constante por la línea y

por la luz ambiente, le llevan a algo tan difícil

en pintura como es la interpretación de

los distintos planos en los que la iluminación

natural se descompone, para presentar esas

zonas de penumbra con luz reflejada, solamente

al alcance de los grandes maestros.

 

Zacarías Cerezo, acertado en los temas y

sus soluciones pictóricas, es una rotunda

realidad, alcanzada tras una entrega apasionada

y constante hacia su decidida vocación

artística».

 

De sus principios expresionistas poco queda.

Su vocación impresionista es ya palmaria.

El pintor sabe que la luz gusta enredar al pintor

con el juego del ratón y el gato. No le

importa saberse ratón con el que la luz juega.

Y, a veces, sentirse él mismo gato que juega

con la luz-ratón. La obra artística o es reto o

no es nada. La obra artística nace del deseo de

alcanzar lo inasequible, ese imposible posible.

 

En 1992, Juan A. Díaz sustantiva su vena

impresionista: «Zacarías Cerezo —escribe—

no pertenece a la aristocracia de la

pintura, ni tiene ascendencia o raíces pictóricas.

Lleva su propio bagaje. Y en su retina,

dotada de una privilegiada sensibilidad, todo

su tesoro no aprendido sino mamado en

su tierra. Peregrino de la luz, sencillo, pero

con aspiraciones, perspectivas y posibilidades;

siempre bañado en la luz del Mediterráneo,

el mar más azul del planeta; y tras

la huella de Sorolla, el pintor de la ‘contundencia

impresionista’». A. Navarro, por su

parte, refiere su incursión en la técnica oleística:

«...Y su obra más reciente (óleo) contiene,

a partes iguales, la inquietud propia de

los jóvenes pintores y la madurez atesorada

tras una carrera tan prolífica».

 

Cierto es que desde entonces Zacarías Cerezo

ha pintado mucho al óleo. Y no menos

cierto, como también se ha señalado anteriormente,

que donde más cómodo se siente

es pintando a la acuarela.

 

Es posible que abandonara temporalmente

el óleo (en arte las idas y venidas nunca son

definitivas) al sentir que se le empastaba demasiado

o que, muy al contrario, tendiera en

el resultado a parecerse a la acuarela.

 

Cumple, en este punto, señalar que a Zacarías

Cerezo nunca le ha apasionado pintar

al natural, cosa que hace sólo ocasionalmente.

Él prefiere pintar en el estudio (de memoria,

en base a apuntes o fotografías) y a no

importa qué hora o con qué luz.

 

Entre sus temas predilectos destaca el paisaje

y el bodegón. El retrato hace tiempo que

lo abandonó porque le condicionaba demasiado

el modelo y sentía que no aportaba nada

nuevo. No obstante, fueron numerosos los

retratos de personalidades murcianas realizados

a pluma para los periódicos, en los que la

carga ilustrativa naturalmente pesaba.

 

Puesto a elegir (optar en arte es el camino

más seguro para encontrarse), Zacarías Cerezo

se orienta definitivamente a la obra sobre

papel y de tamaño no excesivamente

grande. Lo cual comienza de manera imperativa

a manifestarse en 1992.

 

En la exposición de este año ya destacan

un par de obras de lo que ha de ser su obra

definitiva: la obra fragmentada, la aproximación

al detalle, el detalle pintado.

 

Y esto tanto en lo urbanístico como en lo

botánico o naturalista. Lo sorprendente es

que no lo expone. O lo expone apenas, como

con timidez. Asombra que así sea, pues es

donde el pintor (con gran diferencia) se

muestra más personal, más capaz, más ambicioso,

más preciso, más él.

 

A punto está Piriz-Carbonell de fijarlo

cuando en 1997 escribe:

 

«Zacarías Cerezo pinta con dulzura de

artista sensible bajo el denominador común

de una enérgica carga de inconformismo. Y

pinta ‘a lo real’. Es figurativo y a la vez

informal en sus mensajes, teniendo siempre

algo que decir a través de sus pinceles, de

sus bloques de formas, de sus pinturas realizadas

‘para disfrutar’ sí, pero también para

mantener la nostalgia de la conversación social

de quien lo admira y contempla.

 

He aquí, pues, un pintor figurativo que a

ratos sabe, porque quiere, ser revolucionario,

moderno y también ambicioso de trabajar

hasta el futuro de los tiempos. Esto lo

hace interesante, a considerar, mirar, revisar

y también disfrutar. Es en una palabra, y a

pesar de su férrea nostalgia de artista de

siempre, un pintor de la actualidad».

 

Un pintor figurativo que a ratos sabe ser

revolucionario. Quede ahí la fina observación

mientras se fija, por respeto a la cronología, el

resto de su trayectoria, ya de este lado del

siglo que nos vive: el vigesimo primero.

 

2001: Fundación Cajamurcia, Caravaca.

Colectiva en la Galería Artesanos Art Galery

de Coral Gable, Florida, USA. 2002: Fundación

Cajamurcia, Torre Pacheco. 2003: Ilustraciones

en el libro de Alfonso Sánchez sobre

la Semana Santa. Pacheco Galería de

Arte, Caravaca. 2004: Casino, Murcia.

 

Para esta muestra, Zacarías Cerezo produce

el brevísimo pero intenso texto ‘Restando

luz’ que da nombre a la exposición y que por

eso mismo merece la pena analizar:

 

«Al pintor se le da pigmento, agua, pincel y

un papel en blanco que es el máximo de luz

posible en la pintura. Igual que Miguel Ángel

quitaba a golpe de cincel lo que sobraba a la

piedra para que surgiera el David que había

dentro, el pintor va restando luz al papel, pintando

sombras para que surja la forma, el

volumen, el matiz de luz que los ilumina. Esa

es la sencilla labor del pintor: restar luz a un

papel».

 

Acierta plenamente el pintor en su análisis.

Restar luz a un papel es el objetivo del pintor

a la acuarela. El color blanco, la luz, la pone

el fondo del papel, el papel al fondo. Y no el

‘gouache’ blanco como los adulteradores del

medio pretenden hacernos creer que puede

hacerse. La acuarela exige respeto. O se pinta

con tonos transparentes o con tonos opacos. O

lo uno o lo otro. Lo uno y lo otro, no.

 

Al óleo, ídem de lienzo. Recurrir a un

toque de blanco para dar la sensación de luz

en una vasija o para dar la sensación de ola

en una marina es recurso anticuado, artificio.

 

Curiosamente, tanto Soren Peñalver en su

escrito poemático La luz del azahar en la

sombra como yo mismo en Ya sólo el agua

nos separa, coincidimos en destacar esa cualidad

(quitar lo que sobra hasta dar con lo

que falta) como característica del nuevo

modo de hacer de Zacarías Cerezo en este

preciso momento de su producción.

 

El pintor se encuentra en una situación idílica.

Cincuenta y tres años. Dos hijos. Y una

casa, mirando al campo, recién estrenada. En

la nueva casa tiene un rincón para pintar, su

estudio (léase: su ‘fábrica de sueños’), donde

sólo admite la presencia de los músicos barrocos

(a quienes oye mientras pinta). En las

horas muertas, lee. Historia y ensayo, principalmente.

Novela poca. Poesía, tampoco.

Viajar le apasiona, contemplar el paisaje con

hambre apresadora. La tauromaquia hasta

ahora no le ha dicho nada. El teatro y el cine,

sí. La gastronomía sólo le interesa como

motivo para sentarse con amigos (pocos y

escogidos) a dialogar. Distingue el buen vino.

Se siente cómodo con la gente franca,

abierta, con sentido del humor (¡reír con

espontaneidad, vivacidad y ternura es tan

difícil!). Detesta perder vanamente el tiempo.

Entre sus retos pendientes destacan la

escultura y la obra de gran formato.

 

En este momento, tan particular de su vida,

nuestros caminos se cruzan. Escribo de él

antes de conocerle personalmente, motivado

por esa parte de su obra que ya he advertido

que va mostrando una a una, con cuentagotas,

y en la que sinceramente creo que está

condensado todo el pintor.

 

Lo mucho en lo poco. El macrocosmos en

el microcosmos. El Aleph de Borges. Todos

los puntos contenidos en un solo punto.

 

Tras mucho probar, el pintor restando luz

llega a la precisa forma de la forma y restando

asunto llega a lo capital.

 

Eugenio D’Ors previno contra la corriente

en boga de elevar lo accesorio a nivel de categoría.

Zacarías Cerezo obra inversamente,

busca en el fragmento la categoría y se la confiere,

privada de toda anécdota.

 

Del bosque lo que ahora le importa es el

árbol, del árbol el tronco, del tronco la rama,

de la rama el brote, el botón de luz del futo

que apunta en la florecida rama... El casi nada

elevado a glorioso todo, la síntesis.

 

Luego de tantas vueltas y revueltas, de tanto

mirar y ver, de tanto aprehender y representar,

el pintor (ayer barroco) ha devenido

minimalista. Mi consejo a Zacarías Cerezo

huelga. Él ya trae en la mano encendida la

bujía. Le ha robado la luz a los dioses (el

papel ya se vio que es el dios que administra

la luz). Y por primera vez pinta lo que nunca

ha pintado y como nunca lo ha pintado,

desde el mínimo esencial.

 

Haberlo escrito muchas veces no es razón

suficiente para no reiterarlo una vez más. Hay

un momento en pintura en que lo que importa

no es pintar mucho, sino pintar más. Hay un

momento en pintura en el que lo que a ésta le

falta es quitarle lo que le sobra.

 

A tal resolución ha llegado Zacarías Cerezo.

Y en tan preciso momento está. Tantos

años viendo pintura, analizando pintura, me

autorizan a ser profético. La obra, por la que

Zacarías Cerezo ha de quedar, es esa: en la

que nos dice cosas sin contarlas (vívidas

como en las grandes novelas), en las que nos

ofrece la rama en flor, la flor levemente frutecida,

invitándonos a soñar con él la parte

no representada.

 

Minimalizando Zacarías Cerezo alcanza

un conmovedor lirismo. Su mundo actual me

apasiona tanto como no me habría apasionado

el anterior. El pintor ha echado mano de

zoom, aproximando el ojo a lo mínimo ha

acabado dando con lo grande.

 

Lao Tse también lo vio así en el Libro del

Tao. Y San Juan de la Cruz en su inspirada

Subida al monte carmelo.

 

Quitando, desechando, renunciando, rectificando,

el pintor ha llegado a ese momento

en que no sólo ama pintar, sino que amar lo

que pinta es ya todo su oficio.

 

BIBLIOGRAFÍA

ALONSO, SERAFÍN. Una auténtica realidad. El Corte

Inglés, 1990. || Zacarías Cerezo o la preocupación

por la línea. El Corte Inglés. Murcia, 1991.

|| Zacarías Cerezo, o lo diáfano en arte. Pedro

Flores. Murcia, 1997.

ARBOLEDA BALLÉN, EDUARDO. Mensajero de emociones.

Fundación Cajamurcia. Murcia., 2002.

CRUZ, PEDRO ALBERTO. Zacarías Cerezo. El Corte

Inglés. Murcia, 1988. || Casa de Cultura,

Beniaján.

DÍAZ GARCÍA, JUAN ANTONIO. Zacarías Cerezo. El

Corte Inglés. Murcia, 1992. || Ante una exposición.

El Corte Inglés. Murcia, 1993.

LARA, RAFAEL J. ZCerezo. Casino, Beniaján.

MARTÍNEZ CEREZO, ANTONIO. Ya sólo el agua nos

separa. Casino. Murci