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- LA MIRADA DE ZACARÍAS CEREZO SOBRE EL PAISAJE DE ABANILLA. Cada paisaje retiene en su haber un aporte de factores plásticos que el artista se encarga de delimitar. Se trata de ahormar desde la retina del pintor ese espacio de color, para decirlo con la voz de Cassírer,-quien nos apuntara tantas cosas sobre la naturaleza-,que se derrama en su auténtica mudez. Porque las cosas, los elementos en el paisaje están mudos, se dejan llevar por su eclosión alucinante que tan sólo capta la mirada sensible del artista capaz de organizar su misterioso contenido. Me gustan los paisajes de la región de Murcia, pues no hay que salir fuera para dar alimento al alma del poeta que busca y retiene, se amalgama con la potencia de su contenido, eso que forma parte de los temas que se ensamblan en nuestra zona mediterránea que suena a ánforas y a trirremes en pos de sus periplos apolíneos, desencajados en ocasiones cuando la luz se abrasa en las resecas tierras que se atavían con sus harapos viscerales en la auténtica geografía de la sequedad y del río flaco y escueto que apenas sigue su rumbo por meandros sofocados por gargantas hoscas y terrosas, laminarias fieles a su ancestral vocación de procurar la fertilidad de sus huertas. Pero por estos lares la naturaleza se empecina en dar constancia de su mueca de osamenta que penetra en el alma y se hace gesta, romance de pastor que mueve a sus cabras en el viejo oficio de la trashumancia, en pos de las cañadas que como la de la Alheña, o de la Leña, deja un roce de vetusta contienda entre la encomienda y sus vecinos . Hablamos del paisaje rotundo y seco, de tierras albas que se broncean con sus soles de mediodías fulgurosos y trepidantes. Nos ceñimos a las heridas tierras que merodean por Fortuna y Abanilla, paisajes en cuyas ordenanzas se dejaban listas de hambres en la nomenclatura de estas tierras yermas ha tiempo, abandonadas por el hombre, una tierra desmayada y acosada por almogávares y personas de bandidaje para atribularla aún más.Tierras densas y untadas con las cicatrices de su silencio. Todo este paisaje que vibra en Abanilla, viejo señorío de la Orden de Calatrava, enjuto y domeñado por tensiones de banderías; se apura en su versión épica de profundas raíces cristianas que dan paso a rituales con Mayo de fondo. Pero en todo caso el encuadre que se afinca en este señorío que cuenta con un resto desangelado de castillo de fondo, abruma por su enlace con la crónica y el embrujo del vecino que la habita. Espacio apartado y fresco todavía para que la mirada del artista se sitúe en su ámbito y requiera con pasión su empaste, el que se estruja por cada uno de sus aportes en la dimensión robusta y esquemática de esta tierra que embruja a la mirada. Zacarías Cerezo, pintor acuarelista con muchas horas andadas sobre esta vidriosa técnica, se ha sentido admirado por este paisaje, por el escuálido río que desde Macisvenda , donde nace el Chícamo, sigue su rumbo por azudes, pasa por la garganta del Cager y en el Partidor se bifurca en dos ramales que riegan la huerta de Mahoya y del Sahués, fusionando ejes de bancales y situando la silueta de unos puentes con sus arcos pintorescos. Pues, entre tanto, se van dando cita barrancos y se yerguen altozanos con rutas indefinidas que se aprietan entre laderas gredosas por las que moran alacranes y domina el silencio en la clara y fabulosa presencia de un panorama inhóspito. De vez en vez se aísla la palmera solitaria o conversadora con el tapial deshuesado, que antaño fuera habitáculo de almazara o de bodega. Porque el paisaje se abriga con olivares recios y soberbios, o se dejan ver los almendros que en primavera se visten con galas nupciales, como si en este diorama desgarrado fueran rostros marcados por Cupido para enamorar a la diosa Ceres que se arrima a ellos con ternura. Puede que en una ladera se esconda la pitera con sus puñales azules, quedándose allí mismo para deletrear algún ritual. En todo caso surge en cada instante el lateral de una loma con sus blandas carnes y se anota en lontananza el surco del río que apenas transcurre. Este es el paisaje que nos ha pintado, casi obligatoriamente y con auténtica profusión y deleite Zacarías Cerezo, peregrinando por sus rinconadas y pateando cercanías de la Umbría, por donde penetra el viento de los atardeceres, dejándose caer por la cercanía de Mahoya con su encanto de caserío arabesco y todo un tratado de recia etnografía, cita para el remanso de la acequia que conjuga la voz con el milagroso hallazgo de la reliquia sagrada. Cabe seguir, por sus viejos laminares, engullir recodos de ermitas abandonadas, como la de San Pascual Bailón, cursar caminos por francos parajes deleitosos de El Salado Alto y Bajo para cargar lances en el buen menester de la poesía, o empaparse de los terrones secos de Campules con sus casas y cuevas, desagraviadas almazaras que fueron en su día remanso de un trabajo señero al que acudían de los pueblos comarcanos para dejarse el alma en sus canciones de recogida de la oliva y después encajar su compañía en la sabrosa pitanza en común. No se ceja de aguantar el tipo de artista a través de estas soledades mirando cada cañada y entreviendo la luz que se escancia en sus límites. Puede que el pintor se acongoje por la cuita sutil de un rayo de sol sobre un tronco de árbol, acaso se aturda con la miseria de una casa, puede ser de la Señorita enclavada en una loma, por donde ya se acopla el lagarto a sus anchas. Pero todo este paisaje se hace entero y mantiene sus quilates, fuero de otros aditamentos a los que el pintor requiera en instantes fogosos. Sencillamente nuestro artista al que conozco por su entrega y fidelidad a la naturaleza, se ha acomodado en la ribera de la rambla para otear la hechura agradable y moruna de Ricabacica, con sus palmerales, o se ha encaramado a la altura del Tollé para empastar ocres y amarillos en licuosas manchas amplias, dejando los blancos en el papel que son los puntos de apoyo del acuarelista que se precie de serlo. Nuestro pintor conoce a la perfección la técnica de la acuarela y su práctica le enfrenta a la pintura directa con la naturaleza, dejándose llevar por sus motivos que están relacionados con lo vegeta. Pues en ello siente un regusto añadido, y además se repliega a su mundo con el que juega. De tal forma se empastan sus troncos de árboles, higueras secas que viven por si mismas, como sus encuadres de piteras asumidas con la fidelidad del buen pintor que sabe auscultar y seleccionar. Zacarías busca por este entorno encontrado la belleza que le asiste en la primavera y por ello destaca los almendros en flor que forman parte de su mitología adusta, como deja clara su misión de rebuscar el sendero del río que va surcando sus orillas extensas, por esta tierra que se hace tímida y hosca, que anonada a veces ante la tensión que derrama en su soledad, y ello lo hace sin los otros rebuscos del abigarramiento en el que se involucran figuras con el paisaje, ya que a su mirada le basta el salpullido del color que a veces arrebata, se condensa en pinceladas amarillas y verdes, para dejar en libertad las nubes blancas que lentamente pasan por el firmamento. En torno a cincuenta acuarelas conforman esta especie de homenaje del acuarelista a Abanilla, desde el curso del río que le da prestancia a esta tierra de menudencia y garra, de sutil paraíso terrenal que nos evoca viejas lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, por lo que la textura de estas piezas son como ilustraciones de algo que nos embauca y reclama desde la fidelidad del artista que ha sabido captar su lectura. La otra mañana y por invitación del pintor, me acerqué a su Estudio en una urbanización cercana a la que me encuentro, donde se respira a viento y damos con almendros en flor que entusiasma el alma y la mirada. Es importante acudir a estos espacios encantados donde se intuye el espíritu del artista, su desordenado o no esquema de trabajo, pues en mi caso priva aquel y a mucha honra. En éste, sobre una mesa se ubicaban una colección de más de sesenta acuarelas sobre temas de Abanilla y su paisaje, con la impronta de la personalidad del pintor. Sobre aquellas acuarelas reflexionamos y traté de encajarlas en cada rinconada que ya conocía por mis cuitas por esta tierra tan amada. Observé al amigo artista entregado a su oficio y con la ilusión de quien ha descubierto un emporio de riqueza como en verdad lo es este bello paisaje que Zacarías ha metido en sus acuarelas llenas de color y gracia, una obra completa que se expondrán en reciente Exposición murciana. A Zacarías como a quien estas breves meditaciones escribe, lo que mas le agrada es pintar, sin más, fundirse en el paisaje y ver como estalla la primavera en la naturaleza asombrosa que nos rodea, mientras otros se devanan los sesos con ilusorias versiones del nuevo enfoque del arte que se estremece en su mismo vacío, contando con críticos de pasodoble vanguardista que no tiene sentido, porque la verdad es única y el pintor, cuando se deja llevar por su autenticidad, está en el camino. La pintura nace de la misma tierra en la que se vive, es tan fuerte como la necesidad de acudir a ella para impregnarse de su legado. Todo lo demás es relumbrón y Zacarías, mi estimado y admirado artista lo comprende, como lo hace palpable en esta muestra homenaje a la tierra abanillera.
Saura Mira. Pintor y escritor. Marzo de 20006. /Desde los Conejos en una mañana luminosa. |