Z A C A R I A S  C E R E Z O

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YA SOLO EL AGUA NOS SEPARA

  A Zacarías Cerezo, pintor al agua                                                                         

En la quietud del estudio, el acuarelista de dispone a pintar.

En la radio suena Bach, Beethoven, Vivaldi...Granados acaso o puede que Albéniz o Falla o el maestro Rodrigo.                      Fuera, en la terraza, las macetas del poyete se resuelven en geranios;                                                                                               Las ramas del naranjo, en frutos de oro macizo; los nidos, en trinos. Mozart es ahora quien definitivamente suena al piano.            

 Una idea ronda la cabeza del acuarelista, iluminándole el rostro. El iluminado ya sabe lo que quiere pintar, lo que va a pintar. En la mesa de trabajo ordena los utensilios: los pigmentos, los pinceles de pelo de marta, los godets, la esponja, la goma arábiga…

            Decidido tensa el papel en el tablero, fijándolo con chinchetas. Una voz interna le invita a levantar la mano con el pincel de marta.  Beethoven desquicia la radio, envuelto en metales. Médium del arte, el acuarelista dirige el pincel al rebosante tarro del agua. Intuitivamente roba tres versos sublimes a Juan Ramón Jiménez, tres versos que no le importa sacar de su natural contexto. Moja el pincel de marta en el agua. Suspira hondo. Reta a la idea:

Ya sólo el agua nos separa,                                                                     el agua que se mueve sin descanso,                                                ˇel agua, sólo el agua!

            Entre la idea y su representación, el inspirado acuarelista. Entre el acuarelista y el papel tensado en el tablero, el agua, sólo el agua. Al acuarelista ya sólo el agua le separa de la representación.  Entra el pincel de marta en el vaso rebosante de agua, agitándola. Como el mar, el agua se mueve en el vaso sin descanso. Cantarero de la luna a mano, el acuarelista arrima el agua, ese agua que se mueve sin descanso, a los pigmentos para diluirlos.  

               El cargado pincel del acuarelista pasa por el papel mojado, donde el mundo aún no existe, donde la belleza está por ser inventada. Sobre el soporte blanco el pincel obra el milagro. Minuto primero. Donde mundo no había brota de nuevas como el botón en la rama.

            Primavera de la idea. Sacral instante de la belleza primordial. Transido de emoción, el acuarelista se ilumina como el alabastro traspasado de amor por los sonrosados dedos de la virgiliana aurora.

            Ya sólo el agua nos separa, alerta el acuarelista a la idea. El agua que se mueve sin descanso, ˇel agua, solo el agua!             La obra que empezó en allegro ma non troppo acaba en molto vivace. Suenan vientos. Suenan cuerdas. Suenan metales.

            Ya ni siquiera el agua separa al acuarelista de la representación. La idea felizmente se ha consumado al agua en el papel en blanco.

            El himno a la alegría rubrica la firma del acuarelista.

            Enero 2004

    Antonio Martínez Cerezo Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid