Z A C A R I A S  C E R E Z O

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LA LUZ DEL AZAHAR EN LA SOMBRA

Soren Peñalver/ Poeta

            La luz del azahar en la sombra dice que antes era luz todo en su entorno. Una mano fue despejando esa luz, y otra forma, otras formas de luz fueron llenando este espacio. La luz quedó en el azahar, como presente de toda aquella luz una vez abolida. Y otras flores brotaron, cuajaron otros frutos, otras ramas extendieron su gracia verdecida, en el bosque y en el huerto, durante las estaciones todas. La luz que la mano restara no murió… Se tornó grana brillante en unos azufaifos, dorado terso en una rama de dátiles, morado agrisado en unos higos maduros, transparente rosado en la floración del almendro, en los tonos auríferos de los plátanos, el hayedo y las vides otoñales, en los variados encendidos de las rosas, en la púrpura jugosa de la granada, en el tierno verde de las mimbreras, en el maduro ocre de los chumbos.

            La luz del azahar en la sombra hace presente la secreta luz que detrás de todas las oscuridades y colores une y armoniza la realidad aparente. Esa luz ha ido siendo despejada de su abundancia libre, para así ser revestida de la realidad necesaria. La luz, esa luz tiene ya su forma, sus formas, en la sombra, por la mano conducida de Zacarías Cerezo.

Enero 2004

EL COLOR DEL COMIENZO 

       Era cuando entre los colores nonatos de la paleta del Génesis estaba por determinar el blanco. No había entonces ni ahora (como el fuego, la tierra, el aire) color más sediento. Se desnudaba la vida de la sombra, se alzaba del limo a la rama; iba acaparando el luminoso espacio. El agua (elemento afín y misterioso) estaba en lo hondo, impulsándolo todo. Y el color recién inaugurado ya estaba necesitado de esa mezcla, esa forma de amor de la naturaleza cuyo rostro es el paisaje.

       Era cuando detrás de todo estaba el Ser. Aquél que ocultan los soles lejanos e infinitos, pero que igual alienta en un recodo de vida naciente. Un lugar como podría ser este oasis, vestigio desgajado de África, deslumbrante, verde, humedal subterráneo, acabado por las manos ubicuas del Artista.

       Era cuando detrás de las apariencias de lo que contemplamos, soñamos, anhelamos, desconocemos, sigue insistiendo el Misterio. La vida más inmediata oculta la verdad única. La tierra es receptiva de la belleza más simple. Simpleza y grandeza de un hilillo de río, en la floración arbórea, en las palmeras perennes, las solitarias casas de los hombres, sus cultivos; en los barrancos asediados por el sol, los caminos apenas trazados y vueltos a borrar, las parameras y sus guardianes olivos.

        Los nombres no sabemos qué son. Los nombres nos dan una cercanía de las cosas, los lugares, los seres. Abanilla es un nombre lejano, que con seguridad toda viene de lo remoto, de una palabra olvidada y asignada acaso a un color asombroso, surgido del caos primigenio. Zacarías no es un vago nombre, ni tampoco Cerezo. Una evocación bíblica, con la reminiscencia nórdica de un frutal delicado. Abanilla y Zacarías Cerezo son nombres ya cercanos, unidos en el arte, el paisaje, la belleza concretada por los colores, unos pocos colores mezclados, armonizados para determinar uno único, el color que nos llega cada mañana, que es formación de partículas invisibles o tangibles de los elementos (agua, aire, tierra, fuego, vueltos a reunir como al comienzo), emanación del Ser detrás de todas las cosas.

 

Abril 2006